La extraña historia de Jonathan Small - 05
La gente oirá decir que Achmet el comerciante ha muerto, y nada más, pero nosotros nos repartiremos el tesoro del rajá. ¿Qué dice usted, sahib?
En Worcestershire consideramos grande y sagrada la vida de un hombre, pero en un país donde todo en vuestro derredor es fuego y sangre, y se tropieza con la muerte á la vuelta de cada esquina, el asunto varía de aspecto. Que Achmet el comerciante hubiera existido ó no, me era indiferente, mientras que al oír hablar del tesoro, el corazón me había dado un vuelco, ante la idea de todo lo que podría hacer con el dinero en mi tierra natal, y de la cara que mis parientes pondrían al ver que su «nunca bueno para nada» regresaba con los bolsillos llenos de oro. Así, pues, en el acto me decidí; pero Abdullah Khan creyó verme vacilante y se empeñó en hacer más patente su demostración.
- Pienso usted, sahib – continuó, - en que si este hombre cae en manos del comandante, será ahorcado ó fusilado y las joyas irán á parar á manos del Gobierno, con lo que nadie ganará ni una rupia. Y si á nosotros nos toca arrestar al hombre, ¿por qué no nos ha de tocar igualmente el tesoro? Las joyas estarán mejor en nuestro poder que en las arcas de la compañía. Con ellas tendremos los cuatro más que suficiente para ser muy ricos y grandes jefes. Nadie sabrá lo que ocurra, porque aquí estamos aislados de todos los hombres. ¿Qué otra cosa podríamos exigir? Díganos usted, pues, otra vez, sahib, si está con nosotros ó si debemos considerarlo como enemigo.
- Estoy con ustedes en cuerpo y alma - le contesté.
- Bien - me dijo él entonces, devolviéndome la carabina. - Ya ve usted que tengo confianza en su palabra, y que sé que no ha de faltar usted á ella como nosotros no faltaremos á la nuestra. Ahora no tenemos más que esperar á mi hermano y al comerciante.
- ¿Y su hermano sabe lo que va á pasar? - le pregunté.
- Suyo es el plan: él lo ha combinado. Ahora vamos á la puerta á reunirnos con Mahomet Singh.
La menuda lluvia seguía cayendo: era el principio de la estación lluviosa. Negros nubarrones cruzaban el firmamento, y era difícil distinguir nada á la distancia. Delante de la puerta había un barranco, en cuyos bordes estaba el suelo casi seco: el paso hasta el fuerte era fácil. Yo me asombraba de verme en aquel sitio en compañía de dos feroces punjabeses, esperando á un hombre para asesinarlo.
De pronto distinguí el fulgor de una linterna sorda al otro lado del charco. La luz desaparecía luego en una ondulación del terreno, y á poco volvió á aparecer, avanzando lentamente en nuestra dirección.
- ¡Allí están! exclamé.
- ¡Déles usted el quién vive! sahib, como de costumbre - murmuró Abdullah. - Que no tengan motivos de desconfianza. Después hágalos usted entrar con nosotros, y espérese aquí de guardia mientras nosotros hacemos lo demás. Tenga usted lista la linterna para verles bien la cara y convencernos de que viene el hombre que esperamos.
La luz se acercaba, ya deteniéndose un instante, ya avanzando lentamente, hasta que vi dos bultos negros al otro lado del barranco y ya en la misma orilla. Antes de darles el ¡quién vive! dejé que bajaran al fondo, atravesaran el agua empozada allí y se encontraran á medio subir la pendiente de nuestro lado.
- ¿Quién vive? - dije á media voz.
- ¡Amigos! - fué la respuesta.
Abrí mi linterna, y el torrente de luz les dió de lleno.
El primero era un enorme sika, con una barba negra que llegaba casi hasta la cintura. Yo no había visto jamás un hombre tan alto, á no ser en alguna exhibición. El otro era chiquito, gordo, redondo, con un turbante amarillo, y un bulto en la mano, envuelto en un chal. Parecía tener mucho miedo, pues las manos le temblaban como si tuviera tercianas y movía la cabeza incesantemente á derecha é izquierda, paseando por todas partes sus ojos diminutos y brillantes se asemejaba á un ratón en el momento de salir del agujero. La idea de que íbamos á matarlo me dió un calofrío; pero luego pensé en el tesoro, y el corazón se me puso duro como una piedra.
Cuando el hombre vió mi cara blanca dió un chillido de gozo y corrió hacia mí.
¡Protéjame usted, sahib - dijo con voz entrecortada, - protéjame usted! - He atravesado todo el Rajpootona para buscar refugio en el fuerte de Agra. Me han robado, me han maltratado, me han ultrajado porque he sido fiel á la compañía. Bendita sea esta noche, en que por fin me encuentro en salvo, con mis escasos bienes.
- ¿Qué trae usted en ese bulto? - le pregunté.
- Una caja de hierro que contiene algunos objetos de familia que no desearía perder, aunque no son de valor. Esto no quiere decir que yo sea un mendigo, y tanto á usted, joven sahib, como al gobernador, los recompensaré si me dan el asilo que vengo á pedir.
- Imposible me fué seguir hablando con aquel hombre. Mientras más miraba su gorda y asustada cara más duro se me hacía pensar en que lo íbamos á matar á sangre fría. Lo mejor era concluir de una vez.