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Sherlock Holmes - El Signo de los Cuatro, La extraña historia de Jonathan Small - 04

La extraña historia de Jonathan Small - 04

Por mi parte, pasaba el tiempo al lado exterior de la puerta, la vista perdida en el ancho río y en las temblorosas luces de la gran ciudad. El ruido de los tambores y tantanes, los alaridos y aullidos de los rebeldes, ebrios de opio y licor, eran suficientes para recordarnos, durante toda la noche, que al otro lado del río estaban nuestros peligrosos vecinos. El oficial de servicio pasaba cada dos horas por cada uno de los puestos, para cerciorarse de que no había novedad.

La tercera noche de mi guardia fué obscura y una menuda lluvia caía de través, empujada por el viento. No era divertido con semejante tiempo quedarse hora tras hora en la puerta, por lo que traté una y otra vez de hacer hablar á mis sikas, pero no obtuve resultado.

La ronda pasó á las dos de la mañana, y por un momento rompió el fastidio de la noche. Viendo que mis compañeros no querían aceptar mi conversación, saqué mi pipa, y puse en el suelo mi carabina para encender un fósforo. En el mismo instante me asaltaron los dos sikas: el uno me apuntó á la cabeza con la carabina, el otro me puso en el cuello la punta de un gran cuchillo, jurando entre dientes que al menor movimiento de mi parte, lo hundiría hasta el puño.

Mi primer pensamiento fué que los dos estaban confabulados con los rebeldes, y que ese no era más que el acto preparatorio de un asalto. Caída esa entrada en manos de los rebeldes, el fuerte entero les pertenecería, y las mujeres y niños que estaban dentro serían tratados como los de Cawnpore.

Ustedes creerán, tal vez, señores, que yo trato de presentarme con méritos que no tengo; pero les doy mi palabra de que, cuando esa idea me pasó por la mente, abrí la boca, aunque sentía en mi garganta la punta del cuchillo, con la intención de lanzar un grito, seguramente el último que saliera de mi boca, y hacer que la guardia acudiera.

El hombre del cuchillo adivinó probablemente mi pensamiento, pues en el instante me murmuró al oído:

- No haga usted ruido. El fuerte está seguro. En este lado del río no hay ni uno de esos perros rebeldes.

En sus palabras se notaba el acento de la verdad, y, además, en sus negros ojos leí que si gritaba era hombre muerto. Esperé, pues, en silencio, á ver lo que querían de mí.

- Oigame usted, sahib- dijo el más alto de los dos, el de mirada más terrible, aquel que se llamaba Abdullah Khan. - O es usted de los nuestros, ó lo hacemos callar para siempre. La cosa es demasiado grande para que dudemos un instante. Si no nos jura usted sobre la cruz de los cristianos estar en cuerpo y alma con nosotros, su cadáver amanecerá en el río, y nosotros nos pasaremos á nuestros hermanos del ejército rebelde. No hay término medio. ¿Qué escoge usted: la muerte ó la vida? No podemos darle más de tres minutos para reflexionar, pues el tiempo pasa, y el asunto debe quedar concluido antes de que la ronda vuelva á pasar.

- ¿Qué puedo decidir yo? - le dije; — usted no me ha dicho todavía si se trata de algo contra la seguridad del fuerte. En cuanto á esto, es inútil hablar: cláveme usted su cuchillo, adiós.

- No es nada contra el fuerte - me contestó. - Lo único que le pedimos á usted es que haga aquello por que vienen á este país todos sus compatriotas; le pedimos que quiera ser rico. Si consiente usted en ser de los nuestros, le juraremos sobre la hoja del cuchillo y con el triple juramento jamás quebrantado por un sika, que usted tendrá una buena porción del lote. La cuarta parte del tesoro será suya. No podemos ser más justos.

- Pero, ¿cuál es ese tesoro, pues? Yo estoy tan dispuesto a ser rico como pueden estarlo ustedes, y sólo espero que me indiquen la manera de conseguirlo.

- ¿Jura usted, entonces, por los huesos de su padre, por la honra de su madre, por la cruz de su religión, no alzar la mano ni pronunciar una palabra contra nosotros, ahora ni después?

- Lo juro - le contesté, - con tal de que en ello no corra peligro el fuerte.

- Pues entonces, mi compañero y yo le juramos que usted recibirá la cuarta parte del tesoro, el que será dividido por igual entre nosotros cuatro.

- Pero no somos más que tres - observé.

- No: Dort Akbar debe tener su parte.

Mientras vienen, voy á decirle á usted de qué se trata. Póngase usted en la puerta, Mahomet Singh, y avisenos cuando vengan.

- La cuestión es ésta, sahib, y voy á decírsela á usted porque sé que cuando un hombre jura, hay que tener confianza en su juramento. Si hubiera usted sido uno de esos mentirosos hindús, aunque hubiese jurado por todos los dioses de sus falsos templos, su sangre habría corrido bajo el cuchillo, y su cuerpo rodaría por las aguas. Pero los sikas conocen á los ingleses y los ingleses conocen á los sikas. Escuche usted, pues, lo que voy á contarle:

En las provincias del Norte hay un rajá que tiene una gran fortuna, aunque su territorio es pequeño. Una parte la ha heredado de su padre, pero lo más lo ha acumulado él mismo, pues es hombre de carácter ruín y prefiere guardar el oro á gastarlo. Cuando estalló la revuelta, quiso ser amigo del león y del tigre á la vez - de los cipayos y de las fuerzas de la compañía; - pero luego creyó que el fin de los blancos había llegado, al oír que en todo el país no se hablaba más que de su expulsión y de su muerte.

Sin embargo, siendo como es hombre de precauciones, trazó sus planes de manera que, sucediera lo que sucediera, por lo menos le quedara la mitad de su tesoro. Todo lo que era oro y plata lo guardó en los sótanos de su palacio; y las piedras más preciosas y las perlas más escogidas que poseía las puso en un cofre de hierro, que entregó á un servidor fiel para que, disfrazado de comerciante, lo trajera al fuerte de Agra y lo escondiera aquí hasta que el país volviera á la paz. De esa manera, si los rebeldes triunfaban, le quedaba el dinero; si la compañía era la victoriosa, las joyas estaban aquí. Una vez dividida su fortuna, se arrojó en la lucha, en favor de los cipayos, porque éstos eran los más fuertes en su comarca. Al proceder así, fíjese usted, sahib, sus bienes pueden pasar á poder de los que han sido fieles al juramento que prestaron.

Ese supuesto comerciante, que viaja con el nombre de Achmet, está ahora en la ciudad de Agra, y desea venir al fuerte. Trae por compañero á mi hermano de leche, Dort Akbar, quien conoce el secreto; y le he prometido conducirlo esta noche hasta una de las puertas laterales de la fortaleza y ha escogido ésta. Dentro de un momento estarán aquí, y nos encontrarán á Mahomet Singh y á mí esperándolos. El lugar es solitario y nadie sabrá que han venido.

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