La extraña historia de Jonathan Small - 03
Detuve mi caballo, reflexionando qué dirección tomaría, pero en este momento vi que la casa de Abel White salía una columna de humo, y poco después las llamas se abrieron paso á través del techo. Comprendí entonces que nada podía hacer por mi patrón, y que con mezclarme en el asunto arriesgaría inútilmente la vida. Desde el lugar en que me encontraba distinguía centenares de esos endemoniados negros, todavía vestidos con la casaca roja, que bailaban y aullaban en torno de la casa quemada. Algunos de ellos llamaron la atención de los otros sobre mí y sentí el silbido de un par de balas cerca de mi cabeza; entonces lancé mi caballo por entre los terrenos sembrados, y tarde de la noche me encontré en Agra, sano y salvo.
Pero pronto vi que allí tampoco estábamos muy seguros. El país se agitaba de un extremo á otro como un avispero. En los lugares en que los ingleses conseguían reunirse en pequeñas partidas, apenas podían dominar el terreno que se hallaba dentro del alcance de sus cañones, y los que no se ponían á cubierto de esos refugios, andaban fugitivos y desamparados. Era una lucha de millones contra centenares, y lo más cruel era que los hombres contra quienes luchábamos, ya pertenecieran á la infantería, la caballería ó la artillería, salían de nuestras tropas escogidos, enseñados y disciplinados por nosotros, manejaban nuestras armas y tocaban nuestras cornetas para reunirse y atacarnos.
En Agra estaba el tercero de fusileros de Bengala, algunos sikas, dos escuadrones de caballería y una batería de artillería. Se había formado además un cuerpo de voluntarios, compuesto de empleados públicos y comerciantes, y á él me incorporé á pesar de mi pierna de madera. A principio de julio salimos al encuentro de los rebeldes de Shahgungé, y les infligimos una primera derrota; pero la pólvora se nos agotó y tuvimos que replegarnos sobre la ciudad.
De todos los alrededores no recibíamos más que malas noticias, lo que no debe causarles admiración á ustedes, pues, si echan una ojeada al mapa, verán que nos hallábamos precisamente en el corazón de la revuelta. Lucknow está á menos de cien millas al este de Agra, y Cawnpore á una distancia casi igual hacia el Sur. En cualquier dirección que hubiéramos mirado, no habríamos visto más que torturas, asesinatos y violaciones.
La ciudad de Agra es grande, y en ella hormigueaban toda clase de fanáticos y feroces adoradores del diablo en todas sus formas. Eramos un puñado de hombres y estábamos perdidos si seguíamos en esas calles estrechas y tortuosas, por lo cual nuestro jefe resolvió que nos trasladásemos á la otra orilla del río y que tomáramos posesión de la antigua fortaleza de Agra.
No sé si alguno de ustedes, señores, ha oído hablar alguna vez de esa vieja fortaleza. Es un lugar muy raro, el más curioso en que jamás me he hallado, y eso que no he dejado de rodar por algunos extraños rincones. Antes que todo su extensión es enorme; me atrevería á asegurar que sus muros encierran varios acres de terreno. La parte moderna es muy grande, y en ella se estableció la guarnición con mujeres, niños, almacenes y el resto. Pero con ser tan grande esta parte moderna, no cabe comparación entre ella y la antigua, adonde nadie va, y que los escorpiones y ciempiés poseen en propiedad absoluta. La componen enormes y desiertos patios, pasadizos azotados por el viento, y largos corredores que se cruzan y enmarañan de tal manera, que lo más fácil es perderse en ellos. Por esa razón era muy rara la vez que alguien se aventuraba por allí, á no ser cuando algún grupo emprendía una exploración, auxiliado por buenas antorchas.
Las aguas del río lamen la parte delantera del fuerte, y le sirven así de protección; pero en las fachadas laterales y en las de atrás, tanto de la parte vieja del edificio como de la nueva, hay muchas puertas, que naturalmente tenían que ser bien custodiadas. La guarnición era reducida, y el número de hombres que la componía difícilmente podía alcanzar para cubrir los puestos de los cuatro ángulos y manejar los cañones. De allí resultaba la imposibilidad de apostar una fuerte guardia en cada una de las innumerables entradas, y lo que hicimos fué organizar un cuerpo central de guardia en el medio del fuerte, y dejar cada puerta á cargo de un europeo y dos ó tres indígenas.
Yo fuí escogido para guardar durante ciertas horas de la noche una pequeña puerta que se hallaba en el costado sudoeste del edificio, bastante aislada. Me pusieron dos soldados sikas á mis órdenes, y me dieron instrucciones de disparar mi carabina en el caso de que ocurriera algo, á fin de que en el acto acudiera gente del cuerpo de guardia central á auxiliarme. Pero el cuerpo central estaba por lo menos á doscientos pasos de mi puesto, y en ese espacio se enredaba un laberinto de pasadizos y corredores, por lo que siempre abrigué serias dudas en cuanto á la posibilidad de que la gente llegara á tiempo, en el caso de un ataque.
De todos modos, yo estaba bastante orgulloso con el comando que se me había dado, considerando que no era más que un simple recluta y que me faltaba una pierna. Durante dos noches hice la guardia con mis dos punjabeses, un par de individuos altos y de aspecto imponente, llamados Mahomet Singh y Abdullah Khan, ambos guerreros consumados que habían peleado contra nosotros en Chillah Wallah.
Uno y otro hablaban bien el inglés, pero, sin embargo, apenas conseguí que conversaran conmigo. Preferían estar juntos y charlar en su extraña jerga sika.