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Sherlock Holmes - El Signo de los Cuatro, La extraña historia de Jonathan Small - 01

La extraña historia de Jonathan Small - 01

Hombre muy paciente era el inspector que me esperaba en el carruaje, pues mucho tiempo pasó antes de que yo bajara. Su rostro se cubrió de sombras cuando le enseñé el cofre vacío.

- ¡Adiós justificación! - dijo con melancólico acento. - No hay dinero de por medio, inútil esperar la recompensa. Esta noche nos habría producido á Sam Brown y á mí lo menos cincuenta pesos á cada uno, si el tesoro hubiera estado en la caja.

- El señor Tadeo Sholto es rico - le observé, - y con tesoro ó no los gratificará á ustedes.

Sin embargo, el inspector movió la cabeza desconsoladamente.

- Mala operación - repitió; - y lo mismo ha de pensar el señor Athelney Jones.

Su predicción era correcta, pues el detective se puso lívido cuando, al llegar á casa, le hice ver el cofre vacío. Jones y Holmes acababan de llegar con el preso, habiendo cambiado sus planes en el sentido de presentarse en una estación de policía del tránsito, y dar parte de lo ocurrido.

Mi compañero estaba medio tendido en su sillón, con su acostumbrada impresión de indiferencia, y Small, sentado frente de él, la pierna de palo cruzada con la de carne y hueso, fijaba en el espacio su estoica mirada. Cuando abrí el cofre para enseñar su interior vacío, el cojo se recostó en el respaldo de la silla, y se echó á reir ruidosamente.

- Eso es obra de usted, Small - le dijo Athelney Jones, colérico.

- Sí; y el tesoro está en un lugar en que jamás podrán ustedes apoderarse de él - exclamó triunfante. Ese tesoro es mío, y ya que no me es posible gozarlo, he tomado mis medidas para que nadie se aproveche de él. He dicho y repito que ningún ser viviente, aparte de mí y tres presidiarios que se encuentran todavía en las Andaman, tienen derecho á esas riquezas; y viendo que no iban á servirnos á mí ni á ellos, resolví hacerlas desaparecer, tanto por ellos como por mí; ellos me han autorizado para obrar, así como para dejar siempre constancia de «La señal de los cuatro.»

Bueno, pues sabiendo que mis compañeros me aprobarían, he echado el tesoro en el Támesis, para que no lo gocen las crías de Sholto ni las de Morstan. No fué para enriquecer á éstos por lo que nosotros suprimimos á Achmet. Si quiere usted encontrar el tesoro vaya á buscarlo en el mismo sitio en que están la llave y el Tonguita. Apenas vi que la lancha de ustedes iba á alcanzarnos, lo eché todo al agua. Por esta vez no hay rupias para ustedes.

- Usted quiere engañarnos, Small - le dijo Athelney Jones en tono severo. - Si usted hubiera querido en realidad arrojar el tesoro al Támesis, más fácil le habría sido arrojarlo con cofre y todo.

- Fácil para mí arrojarlo, pero más fácil para usted recuperarlo- contestó el presidiario, mirándolo de soslayo y con encono. - La persona con suficiente inteligencia para haberme descubierto y perseguido, lo sería también para sacar una caja de hierro del fondo del río. Pero ahora que las joyas están desparramadas en un espacio de cinco millas ó algo así, la tarea será un poco más difícil. Confieso que, al hacerlo, me dolió el corazón, pero, cuando vi que ustedes iban á alcanzarnos, me puse como un loco. Sin embargo no hay motivo para afligirse. He tenido altos y bajos en mi vida, y me he acostumbrado ya á no lamentarme cuando se derrama la leche.

- El asunto es de los más serios, Small - dijo el detective. Si en vez de proceder así, hubiera usted tratado de ayudar á la justicia, ésta habría sido benévola para con usted.

- ¡Justicia! - rugió el presidiario. - ¡Linda justicia! ¿Para quién es la justicia? ¿Para nosotros? ¿Dónde está la justicia, para participar de ella los que la necesitan? ¡Miren ustedes cuánto me ha favorecido á mí! Veinte largos años en aquel pantano, semillero de fiebres, todo el día trabajando en pleno sol, toda la noche encadenado dentro de las inmundas cuadras, devorado por los mosquitos, consumido por las tercianas, maltratado por cada uno de esos infames negros empleados como guardianes, que se complacen en sacar la piel á los blancos.

Ese es el precio que yo he pagado por el tesoro de Agra, ¡y usted me habla de justicia porque ve que no me es posible soportar la idea de que otro venga á gozar del fruto casual de mis desventuras! Preferiría ser ahorcado veinte veces, ó recibir en el pecho uno de los dardos del Tonga, á vivir en un calabozo de presidiario y saber que otra persona vive cómodamente en un palacio, con un dinero que me pertenece á mí.

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