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Sherlock Holmes - El Signo de los Cuatro, La cadena se rompe - 02

La cadena se rompe - 02

Cuando nos reunimos á tomar el desayuno, estaba desencajado y mustio, y una mancha rojiza en cada mejilla denotaba la fiebre que lo quemaba.

- Está usted trabajando contra su salud, amigo mío - le observé. - Toda la noche le he sentido pasearse por el cuarto.

- No; no he podido dormir - me contestó. - Este infernal problema me consume. Es demasiado encontrarse detenido por un obstáculo tan insignificante cuando todos los demás han sido vencidos. Sabemos quiénes son los hombres, cuál es la lancha, todo, y, sin embargo, no podemos tener noticias de ellos. He puesto en movimiento a otras personas, y empleado cuantos medios tenía á mi disposición. El río entero ha sido registrado en una y otra orilla, pero sin resultado, ni tampoco la señora Smith sabe nada de su marido.

- Voy á tener que creer que han echado á pique la lancha. Sin embargo, esa suposición tiene sus objeciones.

- Puede ser también, que la señora Smith nos haya puesto en una falsa pista.

- No, yo creo que no debemos admitir esa hipótesis. He hecho averiguaciones que me prueban la existencia de una lancha de las señas que ella nos dió.

- ¿Y no se habrán ido río arriba?

- También he tenido en cuenta esa posibilidad, y he enviado gente á escudriñar el río hasta Richmond. Si hoy ó mañana no tenemos noticias, yo mismo me pondré en marcha, ya no en busca de la embarcación, sino de los hombres. Pero es seguro, seguro, que hoy vamos á saber algo.

Pero no fué así. Ni Wiggins, ni los otros comisionados de Holmes nos enviaron la menor noticia. Llegaron los periódicos, la mayor parte con artículos sobre la tragedia de Norwood, todos más bien hostiles al infortunado Tadeo Sholto, sin que ninguno de ellos contuviera nuevos datos, á no ser el de que al día siguiente iba instaurarse el sumario.

Por la noche fuí á Camberwell, á comunicar nuestro fracaso á las señoras, y cuando volví á casa, Holmes estaba más preocupado que nunca, y de bastante mal humor. Apenas contestó á mis preguntas, y pasó toda la noche en un abstruso análisis químico, que exigía un considerable calentar de retortas y una gran destilación de vapores, cuyo término fué llenar el cuarto de olores suficientemente poderosos para hacerme salir precipitadamente. Hasta las primeras horas de la mañana pude oír el choque de los aparatos, lo que me indicaba que mi amigo continuaba sumergido en sus mal olientes operaciones.

Era todavía muy temprano cuando me desperté bruscamente, y con sorpresa lo vi de pie delante de mi cama, vestido con un tosco traje de marinero. Tenía una camiseta con pintas de color, y una ordinaria corbata roja.

- Me voy río abajo, Watson - me dijo. - He dado muchas vueltas al asunto en mi mente, y no veo más que un medio de salir del paso. De todos modos, vale la pena de probarlo.

- ¿No habrá inconveniente para que yo vaya con usted?

- No, usted puede ser mucho más útil quedándose aquí, en mi lugar. Yo mismo siento tener que ausentarme, pues es casi seguro que en el curso del día tengamos aviso de algo, aunque Wiggins parecía anoche haber perdido las esperanzas. Abra usted todas las cartas y telegramas, y si hay alguna noticia, proceda como mejor le parezca. ¿Puedo contar con usted?

- Con toda seguridad.

- Temo que no le sea posible á usted telegrafiarme, pues no sabría decirle desde ahora dónde me hallaré más tarde. Sin embargo, si tengo buena suerte, no iré muy lejos, y de cualquier modo no volveré sin noticias.

A la hora del almuerzo no sabía aún qué había sido de él; pero leyendo el Standard, encontré nuevas alusiones al asunto.

«Respecto á la tragedia de Upper Norwood, decía el artículo, tenemos motivos para creer que el asunto promete ser más complejo y misterioso aún que lo que al principio se suponía. Hay recientes indicios que prueban la casi imposibilidad de que el señor Tadeo Sholto estuviera complicado en el crimen. Anoche se le puso en libertad, lo mismo que al ama de llaves, señora Bernstone. Se cree, sin embargo, que la policía sigue la pista á los verdaderos culpables, y el asunto está en las manos del señor Athelney Jones, de Scotland Yard, quien se ocupa de él con su reconocida energía y sagacidad. Otras personas serán arrestadas de un momento á otro.»

- Tal como están las cosas - pensé, - la situación es satisfactoria. Sea lo que sea, el amigo Sholto está en salvo. No alcanzo á imaginarme cuál será la pista que ahora se sigue, aunque no hay que hacer gran caso de la insinuación, pues es una frase estereotipada para los casos en que la policía comete un desatino.

Tiré el diario sobre la mesa, pero mi vista tropezó en el mismo instante con un aviso de la sección de «personas perdidas.» Decía así:

»Desaparecido. - Mordecai Smith, patrón de embarcaciones, y su hijo Jim, salieron del muelle Smith el martes, á las tres de la mañana, poco más ó menos, en la lancha de vapor La Aurora, pintada de negro con dos bandas rojas, chimenea negra, faja blanca. Se pagará la suma de veinticinco pesos á la persona que dé noticias del paradero del citado Mordecai Smith y de la lancha La Aurora, á la señora Smith, en el muelle Smith, ó en la calle Baker, 221 B. »

Claro estaba que el aviso era obra de Holmes: la dirección de la calle Baker bastaba para probarlo. El procedimiento me pareció ingenioso, pues si los fugitivos leían el aviso, no verían en él más que la natural ansiedad de una esposa cansada por la desaparición de su marido.

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