El episodio del barril - 04
- ¿Qué podría hacer Jonathan Small? Seguir observando de cerca y en secreto los esfuerzos que se hacían para encontrar el tesoro. Es posible que se ausentara de Inglaterra y sólo volviese de tiempo en tiempo. Sobreviene el descubrimiento del cuartito de arriba, y él lo sabe en el acto, lo que nos revela de nuevo que tenía un aliado dentro de la casa. Con su pierna de palo es literalmente incapaz de trepar solo hasta la elevada habitación de Bartolomé Sholto, y entonces aparece asociado con un compañero bastante raro, que vence la dificultad, pero mete su pie desnudo en la creosota, dando lugar así á la intervención de Toby, y proporcionando una correría de seis millas á un oficial retirado y herido en el talón de Aquiles.
Pero quien cometió el crimen no fué Jonathan, sino su extraño compañero.
- Eso es, y probablemente contra la voluntad de Jonathan, á juzgar por la prisa que se dió éste para volver á salir del cuarto apenas estuvo adentro. Jonathan no tenía prevención alguna contra Bartolomé Sholto, y se habría contentado simplemente con maniatarlo y ponerle una mordaza; por otra parte, ningún interés había para él en arriesgar su propia cabeza. Pero ya la cosa no tenía remedio, los salvajes instintos de su compañero se habían ejercitado libremente, y el veneno había realizado su obra. No tuvo, pues, Jonathan Small otro recurso que dejar la famosa nota, bajar el cofre del tesoro al jardín, y escaparse con él. Tal ha sido el curso de los acontecimientos, conforme á mi manera de descifrar el enigma. En cuanto á los datos que he dado respecto á su persona, claro está que debe ser ya de cierta edad, y estar quemado por el sol después de permanecer por largo tiempo en un horno como las islas Andaman. Su estatura es fácil calcularla por el largo de sus pasos, y en cuanto á la barba, ya sabíamos que la tenía, pues usted recordará que una de las cosas que más impresionó á Tadeo Sholto, cuando apareció en la ventana, fué lo hirsuto de su cara. Y con esto creo que no tengo más que decir.
- ¿Y el compañero?
- ¡Ah! Bueno; á ese respecto no hay tampoco un gran misterio, y muy pronto lo sabrá usted todo. Pero, ¡qué linda mañana! Mire usted esa nubecilla: ¡con cuánta gracia flota, como una pluma roja arrancada á alguna ave gigantesca! Ya comienzan los rojos rayos del sol á avanzar hacia el nublado Londres. Este buen sol brilla sobre un respetable número de personas, pero yo me atrevería á apostar que entre todas ellas no hay una sola ocupada en una excursión tan original como la nuestra. ¡Cuán pequeños somos, con nuestras mezquinas ambiciones y nuestros ridículos afanes, en presencia de las grandes fuerzas de la Naturaleza! ¿Conoce usted bien á Juan Pablo?
- ¡Ya lo creo! Lo he estudiado con el auxilio de Carlyle.
- Como si hubiese usted remontado el curso del río hasta dar en el lago de donde nace. Juan Pablo hace una observación curiosa pero profunda la de que la prueba principal de la grandeza del hombre es la percepción de su propia pequeñez. Y la verdad es que ésta nos da el poder de comparación y de apreciación, que es, en sí mismo, una prueba de nobleza. Cualquier página de Richter nos proporciona gran cantidad de alimento para las ideas. ¿Lleva usted consigo su revólver?
- No tengo más que mi bastón.
- Es muy posible que necesitemos algo por el estilo, si damos con la guarida. A usted lo dejaré entenderse con Jonathan; pero si el otro viene con alguna maldad, yo lo tiendo de un balazo.
Diciendo esto, sacó su revólver, le puso dos cápsulas, y se lo guardó otra vez en el bolsillo derecho de su saco.
Durante nuestra conversación nos había llevado Toby, siempre en dirección á la metrópoli, por caminos flanqueados á un lado y otro por «villas» medio rurales y medio urbanas. Pero ya comenzábamos á entrar en calles casi completas, de las que iban saliendo obreros y trabajadores de los muelles, mientras las mujeres, todas desgreñadas, abrían las puertas y barrían la acera. En las tabernas de las esquinas comenzaba ya el movimiento: algunos individuos de aspecto vulgar salían de estos establecimientos, limpiándose con la manga el bigote mojado por el primer trago del día. Estrafalarios perros se nos acercaban y nos miraban con expresión meditativa; pero nuestro inimitable Toby no miraba á la derecha ni á la izquierda, y seguía trotando en línea recta, con el hocico pegado al suelo y lanzando á ratos un alegre gruñido, indicio de que se encontraba con nuevas señales del rastro.
Habíamos pasado por Streatham, Brixton y Camberwell, y estábamos ya en Kennington Lane, después de desviarnos por algunas calles excéntricas, hacia el Este del Ovalo. Los sujetos cuyas huellas seguíamos habían hecho indudablemente todos esos ziszás con el propósito de escapar á la observación de los transeuntes. En ningún caso en que pudieran pasar por una calle extraviada, habían tomado el camino principal. Hacia el término de Kennington Lane se habían apartado hacia la izquierda por las calles Bond y Miles; y cuando llegamos al punto en que ésta va á entrar ya en la plaza Knight, Toby se detuvo, para echar luego correr para atrás y para adelante, con una oreja parada y la otra caída, vivo retrato de la indecisión canina. Después se puso á dar vueltas y formar círculos, mirándonos de vez en cuando, como si en sus tribulaciones nos pidiera ayuda.
- ¿Qué demontres le pasa ahora á este perro? - gruñó Holmes. - No vamos á suponer que de aquí han seguido en coche ó en globo.
- Puede ser que se detuvieran un rato en este sitio - sugerí yo.
- ¡Ah! Ya está. Toby se pone otra vez en marcha - dijo mi compañero con acento de alivio.
Sí, y en activa marcha, pues al cabo de un instante, empleado en olfatear á un lado y otro, y de reflexionar seriamente, había echado á andar con una energía y decisión mayores que nunca. Parecía sentir el rastro con más fuerza que antes, pues ya no se preocupaba de pegar la nariz al suelo; su único empeño era correr con la mayor velocidad posible, y tiraba de la cuerda con todas sus fuerzas. Un rápido fulgor que noté en los ojos de Holmes me hizo comprender que éste creía acercarse ya al fin de la jornada.
Pasamos por Nueve Olmos y llegamos á los aserraderos de Boderick y Nelson, situados un poco más allá de la taberna del Aguila. Una vez allí, el perro, presa de frenética exaltación, se metió por una puerta lateral dentro del establecimiento, donde ya los aserradores estaban trabajando. Toby se lanzó por entre el aserrín y virutas, cruzó una pequeña calle, dió vuelta por un corredor abierto entre dos pilas de madera, y, por fin, lanzando un ladrido de triunfo, se precipitó sobre un voluminoso barril que todavía se hallaba en la carretilla de mano que había servido para transportarlo. La lengua afuera y los ojos brillantes, Toby permanecía de pie sobre el barril, mirándonos á uno y á otro, solicitando una señal de agradecimiento. Los flejes del barril y las ruedas de la carretilla estaban chorreados de un líquido obscuro, y el espacio impregnado de un olor á creosota.
Sherlock Holmes y yo, nos miramos mutuamente con ojos espantados, y luego rompimos á la vez en una incontenible explosión de risa.