El episodio del barril - 02
Toby era un perro feo, de largo pelo, mezcla de sabueso y de otra raza también cazadora, color blanco y castaño, de aspecto en extremo ordinario y antipático. Después de alguna vacilación, aceptó el terrón de azúcar que el naturalista me entregó para que le diera, y cuando ya habíamos sellado de esa manera nuestra alianza, me siguió al carruaje, sin negarse en nada á acompañarnos.
Acababan de dar las tres en el reloj del palacio cuando llegué á Pondicherry Lodge. El ex-pugilista Mc. Murdo había sido arrestado como cómplice, y estaba ya en la estación de policía, junto con el señor Sholto.
Dos vigilantes cuidaban la entrada de la casa, pero con sólo mencionar el nombre del detective nos dejaron pasar á mí y al perro.
Holmes estaba parado en la puerta de la casa, con las manos en los bolsillos y fumando su pipa.
- ¡Ah! ¡Lo ha traído usted! - dijo. — ¡Qué buen perro! Athelney Jones ha salido. Durante la ausencia de usted he presenciado un gran despliegue de energía. Ha arrestado, no solamente al amigo Tadeo, sino también al portero, á la ama de llaves y al sirviente indio. Ahora la casa nos pertenece, pues la única persona que ha quedado en ella es un sargento de policía que está arriba. Deje usted el perro aquí, y suba conmigo.
Atamos á Toby á la mesa del vestíbulo, y subimos las escaleras. El cuarto estaba tal como lo habíamos dejado, y el único cambio consistía en que el cadáver había sido cubierto con una sábana. Un sargento de policía, visiblemente aburrido, estaba recostado en un rincón.
- Présteme usted su linterna, sargento - dijo mi compañero. - Ahora, áteme usted ese pedazo de cartón al cuello, de modo que quede colgando por delante. Gracias. Y ahora, tengo que quitarme los botines y las medias. Hágase usted cargo de ellos, Watson. Yo voy á tener necesidad de andar descalzo. Moje usted un pañuelo en la creosota: así. Ahora, venga usted arriba un momento conmigo.
Pasamos por el agujero del techo, y Holmes proyectó otra vez la luz sobre las huellas de pisadas impresas en el polvo.
- Hágame usted el favor de fijarse bien en esas huellas - me dijo. - ¿Observa usted algo de particular en ellas?
- Son de un pie de niño ó de mujer.
- No hablo del tamaño. ¿No nota usted nada más?
- Se parecen á todas las huellas de pisadas.
- ¡De ninguna manera! Mire usted. Esta es la marca dejada por el pie derecho en el polvo. Ahora voy á imprimir al lado la marca de mi pie. ¿Qué diferencia nota usted?
- Que los dedos de usted están juntos y apretados, mientras que en la otra huella están separados uno de otro.
- Exactamente. Ese es el punto, no lo olvide usted. Ahora, ¿quiere usted hacerme el favor de subir á esa claraboya y oler el marco de madera? Yo me quedo aquí, porque tengo este pañuelo en la mano.
Hice lo que me indicaba, y en el acto sentí un fuerte olor á algo como alquitrán.
- Quiero decir que, para salir, apoyó el pie allí. Si usted ha podido descubrir el rastro, me parece que Toby lo hará también, y sin dificultad. Ahora, corra usted abajo, suelte el perro, y fíjese en lo que va á hacer Blondin.
En el tiempo que yo empleé en bajar al jardín, ya Sherlock Holmes estaba en el techo, y desde abajo le vi deslizarse lentamente, como una culebra, por el borde del tejado. Pronto se perdió de vista detrás de un grupo de chimeneas, pero luego reapareció, para desaparecer otra vez, hacia el otro lado del techo. Di la vuelta á la esquina de casa, y lo vi sentado en la punta de una viga.
- ¿Es usted, Watson? - me gritó.
- Sí.
- Este es el sitio. ¿Qué es eso que hay allí?
- Un barril de agua.
- ¿Lleno?
- Sí.
- ¿No ve usted por allí ninguna escala?
- No.
- ¡Diablo de hombre! Este sitio es el más peligroso, y yo debo, por lo menos, bajar por donde él subió. El tubo de aguas parece sólido. Allá vamos, de todos modos.
Oí el roce de sus pies, la linterna comenzó á bajar lentamente por la pared, hasta que Holmes saltó sobre el barril y de allí al suelo.
- Era cosa fácil seguirle los pasos. Las pizarras estaban flojas en todo el trayecto, y el hombre, en su prisa, ha dejado esto, que confirma mi diagnóstico, como dicen ustedes los doctores.
El objeto que me enseñaba era una pequeña bolsa tejida, de paja de colores, parecida en la forma y en el tamaño á una petaca de cigarrillos. Dentro de ella había una media docena de espinas de madera obscura, agudas en una punta y romas en la otra, iguales á la que había herido á Bartolomé Sholto.
- ¡Cuidado! ¡Tenga usted cuidado con estas infernales cosas! No se vaya usted á pinchar los dedos. Mucho me complace haberlas encontrado, pues éstas eran probablemente las únicas que le quedaban, y ya no corremos usted y yo el peligro de encontrarnos una de ellas en el pellejo. Por mi parte, más difícilmente afrontaría una bala Martini que una de estas espinas. ¿Es usted hombre de emprender una caminata de seis millas, Watson?
- Ya lo creo.
- ¿La soportarán sus piernas?
- ¡Oh, sí!
- ¡Ya estás aquí, tú! ¡Valiente Toby! ¡Huele, Toby, huele! - y puso en la nariz del perro el pañuelo mojado en creosota: el animal se quedó parado, con las piernas abiertas y la cabeza en la más cómica actitud, parecida á la de un catador oliendo el bouquet de un famoso vino.
Holmes arrojó lejos el pañuelo, amarró una fuerte cuerda al collar del perro y condujo éste hasta el pie del barril. El animal prorrumpió en el acto en una serie de aullidos agudos y trémulos, y, la nariz en el suelo y la cola en el aire, partió siguiendo el rastro, á un paso que mantenía tirante la cuerda y á nosotros nos hacía andar con la mayor velocidad de que éramos capaces.
El horizonte había ido aclarando hacia el Este, y ya podíamos distinguir hasta cierta distancia á la luz de la fría y gris mañana. La casa, cuadrada y maciza, se destacaba detrás de nosotros, con sus negruzcas ventanas herméticamente cerradas y sus paredes altas y desnudas. El perro nos llevaba á través de los terrenos dependientes de la casa, subiendo y bajando por los montículos que los obstruían. Todo el lugar, con sus montones de tierra y sus huecos sombríos, presentaba un aspecto que armonizaba con la horrible tragedia sucedida en la casa.