×

Χρησιμοποιούμε cookies για να βελτιώσουμε τη λειτουργία του LingQ. Επισκέπτοντας τον ιστότοπο, συμφωνείς στην cookie policy.


image

Los Desposeidos (The Dispossessed) Ursula K Le Guin, Los desposeídos (7)

Los desposeídos (7)

Los de once años fueron detrás. Se arrastraron por debajo del edificio y llegaron a la celda. Shevek quitó una de las cuñas, Tirin la otra. La puerta de la prisión cayó hacia afuera con un golpe sordo.

Allí, tirado en el suelo, encogido sobre un costado, estaba Kadagv. Se sentó, y luego, muy lentamente, se levantó y salió. El techo de la celda era bajo, pero Kadagv pareció encorvarse más de lo necesario, y parpadeó a la luz de la linterna; no obstante, tenía el aspecto cíe siempre. El olor que salió con él era inverosímil. Por alguna causa había tenido un ataque de diarrea. La celda estaba toda sucia, y en la camisa de Kadagv había manchas amarillas de materias fecales. Cuando las vio a la luz de la linterna, trató de ocultarlas con la mano. Nadie hizo mayores comentarios.

Cuando se hubieron arrastrado fuera del hueco, mientras iban al dormitorio, Kadagv preguntó:

—¿Cuánto tiempo ha pasado?

—Unas treinta horas, teniendo en cuenta las cuatro primeras.

—Bastante largo —dijo Kadagv sin convicción.

Después de acompañarlo a los baños para que se limpiase, Shevek se precipitó a la letrina, y allí se inclinó y vomitó. Los espasmos le duraron un cuarto de hora y lo dejaron tembloroso y exhausto. Fue al dormitorio común, leyó un poco de física, y se acostó temprano. Ninguno de los cinco chicos volvió jamás a la prisión bajo el centro de aprendizaje. Ninguno mencionó jamás el episodio, excepto Gibesh, quien una vez quiso jactarse ante algunos chicos y chicas mayores; pero ellos no comprendieron y Gibesh abandonó el tema.

La Luna brillaba alta sobre el Instituto Regional de Ciencias Nobles y Materiales de Poniente del Norte. Cuatro muchachos de quince o dieciséis años estaban sentados en la cresta de una colina entre matas enmarañadas de holum rastrero, mirando el Instituto Regional abajo, y la Luna allá arriba.

—Curioso —dijo Tirin—. Nunca se me había ocurrido pensar...

Comentarios de los otros tres sobre lo obvio de la observación.

—Nunca se me había ocurrido pensar —dijo Tirin, imperturbable— en el hecho de que allá arriba, en Urras, hay gente sentada en una colina que mira a Anarres, que nos mira a nosotros, y dice: «Mira, ahí está la Luna». Para ellos nuestra Tierra es la Luna de ellos, y nuestra Luna es la Tierra.

—¿Dónde, entonces, está la verdad? —declamó Bedap, y bostezó.

—En la colina en que estás sentado —dijo Tirin. Todos siguieron contemplando la turquesa neblinosa y brillante que un día después del plenilunio ya no era completamente redonda. El casquete de hielo septentrional resplandecía.

—Está claro en el norte —dijo Shevek—. Hay sol. Allí está A-Io, ese bulto parduzco.

—Están todos desnudos, tirados al sol—dijo Kvetur— con joyas en los ombligos, y sin un pelo. Hubo un silencio.

Habían subido a la cresta de la colina en busca de compañía masculina. La presencia de mujeres era opresiva para todos ellos. Tenían la impresión de que en los últimos tiempos el mundo se había llenado de muchachas. Por donde miraban, despiertos o dormidos, veían muchachas. Todos habían tratado de copular con ellas; algunos, desesperados, también habían tratado de no copular con ellas. Pero eso no cambiaba las cosas. Las muchachas estaban allí.

Tres días antes, en un curso de Historia del Movimiento Odoniano, todos habían asistido a la misma clase y la imagen de las joyas iridiscentes en los huecos tersos de los vientres de las mujeres, bruñidos y untuosos, se les había aparecido a todos en privado una y otra vez.

También habían visto cadáveres de niños, velludos como ellos, amontonados como chatarra, rígidos y herrumbrosos, sobre una playa, y unos hombres que vertían petróleo sobre los niños y encendían hogueras.

—Una hambruna en la provincia de Bachifoil en la nación de Thu —había dicho la voz del relator—. Los cuerpos de los niños muertos de hambre y enfermedades son cremados en las playas. En las playas de Tius, a setecientos kilómetros de distancia, en la nación de A-Io (y entonces habían aparecido los ombligos enjoyados), las mujeres reservadas para la satisfacción sexual de los miembros masculinos de la clase propietaria (usaban las palabras ióticas, porque en právico no había equivalentes de los dos vocablos) descansan todo el día hasta que gentes de la clase desposeída les sirven la cena.

Un primer plano de la hora de la comida: bocas delicadas mascando y sonriendo, manos suaves tendidas hacia manjares suculentos apilados en fuentes de plata. Luego, otra vez, el rostro ciego y obtuso de un niño muerto, la boca abierta, vacía, negra, reseca.

—Lado a lado —había dicho la voz serena.

Pero la imagen que como una burbuja oleosa e irisada había trepado a la mente de los muchachos era en todos la misma.

—¿Qué edad tendrán esas películas? —dijo Tirin—. ¿Serán anteriores a la Emigración, o contemporáneas? Nunca lo dicen.

—¿Qué importa? —dijo Kvetur—. Así vivían en Urras antes de la Revolución Odoniana. Todos los odonianos emigraron y vinieron aquí, a Anarres. Así que probablemente nada ha cambiado... todavía siguen en eso, allá. —Señaló la gran Luna verdeazul.

—¿Cómo podemos saberlo?

—¿Qué quieres decir, Tir? —preguntó Shev.

—Si esas películas tienen ciento cincuenta años, tal vez ahora en Urras las cosas sean muy diferentes. No digo que lo sean, pero si lo fueran ¿cómo lo sabríamos? No vamos a Urras, no hablamos, no nos comunicamos con ellos. En realidad, no tenemos ninguna idea de cómo es hoy la vida en Urras.

—La gente de la CPD lo sabe. Ellos hablan con los urrasti de los cargueros que llegan al Puerto de Anarres. Ellos están informados. Necesitan estarlo, para que podamos continuar nuestro intercambio con Urras, y saben además hasta qué punto pueden ser una amenaza para nosotros. —Bedap había hablado con serenidad, pero la respuesta de Tirin fue áspera.

—Quizá los de la CPD estén informados, pero no nosotros.

—¡Informados! —dijo Kvetur—. ¡He oído hablar de Urras toda mi vida! ¡Me importa un bledo si nunca más veo una fotografía de las asquerosas ciudades urrasti y de los cuerpos grasientos de las mujeres urrasti!

—De eso se trata precisamente —dijo Tirin con el júbilo de quien se atiene a una lógica—. El material sobre Urras accesible a los estudiantes es siempre el mismo. Repulsivo, inmoral, excrementicio. Pero piensa un poco. Si ese mundo era tan malo como dicen cuando emigraron los Colonos, ¿cómo ha logrado sobrevivir ciento cincuenta años? Si estaban tan enfermos ¿por qué no se han muerto? ¿Por qué no se han derrumbado las sociedades propietarias? ¿Por qué les tenemos tanto miedo?

—Contaminación —dijo Bedap.

—¿Tan débiles somos que no nos atrevemos a correr un pequeño riesgo? En todo caso, no es posible que todos estén enfermos. Como quiera que sea la sociedad en que viven, algunos han de ser decentes. También aquí la gente es distinta ¿no? ¡Acuérdate de ese infame de Pesus!

—Pero en un organismo enfermo, hasta una célula sana está condenada —dijo Bedap.

—Oh, nada puedes probar con la analogía, y bien que lo sabes. De cualquier modo, ¿cómo sabemos que toda esa sociedad está realmente enferma?

Bedap se mordisqueó la uña del pulgar.

—¿Estás tratando de decir que la CPD y el Sindicato de Material Educativo nos mienten sobre Urras?

—No; dije que sólo sabemos lo que ellos dicen. ¿Y sabéis qué nos dicen? —El rostro moreno, de nariz respingada de Tirin, claro a la brillante luz azulada de la Luna, se volvió hacia ellos.— Kvet lo dijo, hace apenas un minuto. Él recibió el mensaje. Vosotros lo oísteis: detestad a Urras, odiad a Urras, temed a Urras.

—¿Por qué no? —preguntó Kvetur—. ¡Ya ves cómo nos trataron a nosotros, los odonianos!

—Nos dieron la Luna de ellos ¿sí o no?

—Sí, para evitar que les arruináramos sus negocios e instaurásemos allí la sociedad justa. Apuesto a que ni bien se desembarazaron de nosotros, se pusieron a organizar gobiernos y ejércitos con más rapidez que antes, porque no quedaba nadie que lo impidiese. Si les abriésemos el Puerto, ¿crees que vendrían como amigos y hermanos? ¿Ellos mil millones, y nosotros veinte? Nos exterminarían, o nos convertirían a todos,.. ¿cómo se dice, cuál es la palabra?... en esclavos, ¡y trabajaríamos para ellos en las minas!

—Está bien. Admito que quizá es prudente temer a Urras. Pero ¿por qué odiar? El odio no es funcional. ¿Por qué nos lo enseñan? ¿No será porque si realmente supiéramos cómo es Urras nos gustaría... algo de allá... a algunos de nosotros? ¿Que la CPD no sólo quiere impedir que ellos vengan aquí, sino también que algunos de aquí quieran ir allá?

—¿Ir a Urras? —dijo Shevek, desconcertado.

Discutían por el gusto de discutir, de dejar que el pensamiento recorriera libremente los caminos de lo posible, de cuestionar lo incuestionable. Eran inteligentes, de mentes ya habituadas a la claridad de la ciencia, y tenían dieciséis años. Pero en ese momento, como antes Kvetur, Shevek ya no tuvo ganas de continuar la discusión. Se sentía perturbado.

—¿Quién querría ir a Urras?—inquirió—. ¿Para qué?

—Para averiguar cómo es otro mundo. Para ver cómo es un caballo.

—Esas son niñerías —dijo Kvetur—. También hay vida en otros sistemas siderales —movió una mano hacia el cielo bañado por la Luna—, dicen. ¿Y qué? ¡Nosotros tuvimos la suerte de nacer aquí!

—Si somos mejores que todas las otras sociedades humanas —dijo Tirin—, entonces tendríamos que ayudarlas. Pero nos lo prohíben.

—¿Prohíben? Una palabra inorgánica. ¿Quién prohíbe? Estás objetivando la función integrativa misma —dijo Shevek, inclinando el torso hacia adelante y hablando con pasión—. ¿El «orden» no es lo mismo que las «órdenes»? No nos vamos de Anarres porque somos Anarres. Tú, por ser Tirin, no puedes salir del pellejo de Tirin. Tal vez te gustaría tratar de ser otro, por curiosidad, pero no puedes. ¿Pero acaso te lo impiden por la fuerza? ¿Acaso nos retienen aquí por la fuerza? ¿Qué fuerza... qué leyes, qué gobiernos, qué policía? Nada ni nadie. Sólo nuestro ser, nuestra naturaleza de odonianos. Tu naturaleza está en ser Tirin, y la mía está en ser Shevek, y nuestra naturaleza común es la de ser odonianos, mutuamente responsables. Y en esta responsabilidad se funda nuestra libertad. Eludir la responsabilidad equivaldría a dejar de ser libres. ¿Te gustaría de veras vivir en una sociedad en la que no hubiera ninguna responsabilidad, ninguna libertad, ninguna opción, a no ser la falsa opción de la obediencia a la ley, o la desobediencia seguida del castigo? ¿Querrías realmente vivir en una cárcel?

—Oh, demonios, no. ¿No puedo hablar? El problema contigo, Shev, es que nunca dices nada hasta que has amontonado toda una carga de malditos argumentos, pesados como ladrillos, y entonces los largas todos de golpe, y nunca se te ocurre mirar el cuerpo ensangrentado y maltrecho bajo el montón...

Shevek echó el torso hacia atrás, como si se defendiera. Pero Bedap, un muchacho robusto, de cara cuadrada, siguió mordiéndose la uña del pulgar y dijo:

—De todos modos, lo que dice Tir es válido. Sería bueno estar seguros de que sabemos toda la verdad acerca de Urras.

—¿Quién crees que nos está mintiendo? —preguntó Shevek.

Bedap enfrentó serenamente la mirada de Shevek.

—¿Quién, hermano? ¿Quién sino nosotros mismos?

El otro planeta resplandecía en lo alto, sereno y brillante, como un hermoso ejemplo de la improbabilidad de lo real.

La repoblación forestal del oeste del litoral temeniano, uno de los grandes proyectos de la quinceava década de la colonización anarresti, había ocupado a cerca de dieciocho mil personas durante dos años.

Aunque las extensas playas del sudeste eran fértiles, permitiendo la subsistencia de numerosas comunidades pesqueras y agrícolas, el área cultivable era apenas una franja contigua al mar. En el interior, hacia el oeste, y hasta las dilatadas planicies del sudeste, se extendía un territorio deshabitado, salvo unas pocas y aisladas poblaciones mineras. Era la región llamada La Polvareda.

En la era geológica anterior, La Polvareda había sido un enorme bosque de holum, la especie ubicua que dominaba en Anarres.


Los desposeídos (7)

Los de once años fueron detrás. Se arrastraron por debajo del edificio y llegaron a la celda. Shevek quitó una de las cuñas, Tirin la otra. La puerta de la prisión cayó hacia afuera con un golpe sordo.

Allí, tirado en el suelo, encogido sobre un costado, estaba Kadagv. Se sentó, y luego, muy lentamente, se levantó y salió. El techo de la celda era bajo, pero Kadagv pareció encorvarse más de lo necesario, y parpadeó a la luz de la linterna; no obstante, tenía el aspecto cíe siempre. El olor que salió con él era inverosímil. Por alguna causa había tenido un ataque de diarrea. La celda estaba toda sucia, y en la camisa de Kadagv había manchas amarillas de materias fecales. Cuando las vio a la luz de la linterna, trató de ocultarlas con la mano. Nadie hizo mayores comentarios.

Cuando se hubieron arrastrado fuera del hueco, mientras iban al dormitorio, Kadagv preguntó:

—¿Cuánto tiempo ha pasado?

—Unas treinta horas, teniendo en cuenta las cuatro primeras.

—Bastante largo —dijo Kadagv sin convicción.

Después de acompañarlo a los baños para que se limpiase, Shevek se precipitó a la letrina, y allí se inclinó y vomitó. Los espasmos le duraron un cuarto de hora y lo dejaron tembloroso y exhausto. Fue al dormitorio común, leyó un poco de física, y se acostó temprano. Ninguno de los cinco chicos volvió jamás a la prisión bajo el centro de aprendizaje. Ninguno mencionó jamás el episodio, excepto Gibesh, quien una vez quiso jactarse ante algunos chicos y chicas mayores; pero ellos no comprendieron y Gibesh abandonó el tema.

La Luna brillaba alta sobre el Instituto Regional de Ciencias Nobles y Materiales de Poniente del Norte. Cuatro muchachos de quince o dieciséis años estaban sentados en la cresta de una colina entre matas enmarañadas de holum rastrero, mirando el Instituto Regional abajo, y la Luna allá arriba.

—Curioso —dijo Tirin—. Nunca se me había ocurrido pensar...

Comentarios de los otros tres sobre lo obvio de la observación.

—Nunca se me había ocurrido pensar —dijo Tirin, imperturbable— en el hecho de que allá arriba, en Urras, hay gente sentada en una colina que mira a Anarres, que nos mira a nosotros, y dice: «Mira, ahí está la Luna». Para ellos nuestra Tierra es la Luna de ellos, y nuestra Luna es la Tierra.

—¿Dónde, entonces, está la verdad? —declamó Bedap, y bostezó.

—En la colina en que estás sentado —dijo Tirin. Todos siguieron contemplando la turquesa neblinosa y brillante que un día después del plenilunio ya no era completamente redonda. El casquete de hielo septentrional resplandecía.

—Está claro en el norte —dijo Shevek—. Hay sol. Allí está A-Io, ese bulto parduzco.

—Están todos desnudos, tirados al sol—dijo Kvetur— con joyas en los ombligos, y sin un pelo. Hubo un silencio.

Habían subido a la cresta de la colina en busca de compañía masculina. La presencia de mujeres era opresiva para todos ellos. Tenían la impresión de que en los últimos tiempos el mundo se había llenado de muchachas. Por donde miraban, despiertos o dormidos, veían muchachas. Todos habían tratado de copular con ellas; algunos, desesperados, también habían tratado de no copular con ellas. Pero eso no cambiaba las cosas. Las muchachas estaban allí.

Tres días antes, en un curso de Historia del Movimiento Odoniano, todos habían asistido a la misma clase y la imagen de las joyas iridiscentes en los huecos tersos de los vientres de las mujeres, bruñidos y untuosos, se les había aparecido a todos en privado una y otra vez.

También habían visto cadáveres de niños, velludos como ellos, amontonados como chatarra, rígidos y herrumbrosos, sobre una playa, y unos hombres que vertían petróleo sobre los niños y encendían hogueras.

—Una hambruna en la provincia de Bachifoil en la nación de Thu —había dicho la voz del relator—. Los cuerpos de los niños muertos de hambre y enfermedades son cremados en las playas. En las playas de Tius, a setecientos kilómetros de distancia, en la nación de A-Io (y entonces habían aparecido los ombligos enjoyados), las mujeres reservadas para la satisfacción sexual de los miembros masculinos de la clase propietaria (usaban las palabras ióticas, porque en právico no había equivalentes de los dos vocablos) descansan todo el día hasta que gentes de la clase desposeída les sirven la cena.

Un primer plano de la hora de la comida: bocas delicadas mascando y sonriendo, manos suaves tendidas hacia manjares suculentos apilados en fuentes de plata. Luego, otra vez, el rostro ciego y obtuso de un niño muerto, la boca abierta, vacía, negra, reseca.

—Lado a lado —había dicho la voz serena.

Pero la imagen que como una burbuja oleosa e irisada había trepado a la mente de los muchachos era en todos la misma.

—¿Qué edad tendrán esas películas? —dijo Tirin—. ¿Serán anteriores a la Emigración, o contemporáneas? Nunca lo dicen.

—¿Qué importa? —dijo Kvetur—. Así vivían en Urras antes de la Revolución Odoniana. Todos los odonianos emigraron y vinieron aquí, a Anarres. Así que probablemente nada ha cambiado... todavía siguen en eso, allá. —Señaló la gran Luna verdeazul.

—¿Cómo podemos saberlo?

—¿Qué quieres decir, Tir? —preguntó Shev.

—Si esas películas tienen ciento cincuenta años, tal vez ahora en Urras las cosas sean muy diferentes. No digo que lo sean, pero si lo fueran ¿cómo lo sabríamos? No vamos a Urras, no hablamos, no nos comunicamos con ellos. En realidad, no tenemos ninguna idea de cómo es hoy la vida en Urras.

—La gente de la CPD lo sabe. Ellos hablan con los urrasti de los cargueros que llegan al Puerto de Anarres. Ellos están informados. Necesitan estarlo, para que podamos continuar nuestro intercambio con Urras, y saben además hasta qué punto pueden ser una amenaza para nosotros. —Bedap había hablado con serenidad, pero la respuesta de Tirin fue áspera.

—Quizá los de la CPD estén informados, pero no nosotros.

—¡Informados! —dijo Kvetur—. ¡He oído hablar de Urras toda mi vida! ¡Me importa un bledo si nunca más veo una fotografía de las asquerosas ciudades urrasti y de los cuerpos grasientos de las mujeres urrasti!

—De eso se trata precisamente —dijo Tirin con el júbilo de quien se atiene a una lógica—. El material sobre Urras accesible a los estudiantes es siempre el mismo. Repulsivo, inmoral, excrementicio. Pero piensa un poco. Si ese mundo era tan malo como dicen cuando emigraron los Colonos, ¿cómo ha logrado sobrevivir ciento cincuenta años? Si estaban tan enfermos ¿por qué no se han muerto? ¿Por qué no se han derrumbado las sociedades propietarias? ¿Por qué les tenemos tanto miedo?

—Contaminación —dijo Bedap.

—¿Tan débiles somos que no nos atrevemos a correr un pequeño riesgo? En todo caso, no es posible que todos estén enfermos. Como quiera que sea la sociedad en que viven, algunos han de ser decentes. También aquí la gente es distinta ¿no? ¡Acuérdate de ese infame de Pesus!

—Pero en un organismo enfermo, hasta una célula sana está condenada —dijo Bedap.

—Oh, nada puedes probar con la analogía, y bien que lo sabes. De cualquier modo, ¿cómo sabemos que toda esa sociedad está realmente enferma?

Bedap se mordisqueó la uña del pulgar.

—¿Estás tratando de decir que la CPD y el Sindicato de Material Educativo nos mienten sobre Urras?

—No; dije que sólo sabemos lo que ellos dicen. ¿Y sabéis qué nos dicen? —El rostro moreno, de nariz respingada de Tirin, claro a la brillante luz azulada de la Luna, se volvió hacia ellos.— Kvet lo dijo, hace apenas un minuto. Él recibió el mensaje. Vosotros lo oísteis: detestad a Urras, odiad a Urras, temed a Urras.

—¿Por qué no? —preguntó Kvetur—. ¡Ya ves cómo nos trataron a nosotros, los odonianos!

—Nos dieron la Luna de ellos ¿sí o no?

—Sí, para evitar que les arruináramos sus negocios e instaurásemos allí la sociedad justa. Apuesto a que ni bien se desembarazaron de nosotros, se pusieron a organizar gobiernos y ejércitos con más rapidez que antes, porque no quedaba nadie que lo impidiese. Si les abriésemos el Puerto, ¿crees que vendrían como amigos y hermanos? ¿Ellos mil millones, y nosotros veinte? Nos exterminarían, o nos convertirían a todos,.. ¿cómo se dice, cuál es la palabra?... en esclavos, ¡y trabajaríamos para ellos en las minas!

—Está bien. Admito que quizá es prudente temer a Urras. Pero ¿por qué odiar? El odio no es funcional. ¿Por qué nos lo enseñan? ¿No será porque si realmente supiéramos cómo es Urras nos gustaría... algo de allá... a algunos de nosotros? ¿Que la CPD no sólo quiere impedir que ellos vengan aquí, sino también que algunos de aquí quieran ir allá?

—¿Ir a Urras? —dijo Shevek, desconcertado.

Discutían por el gusto de discutir, de dejar que el pensamiento recorriera libremente los caminos de lo posible, de cuestionar lo incuestionable. Eran inteligentes, de mentes ya habituadas a la claridad de la ciencia, y tenían dieciséis años. Pero en ese momento, como antes Kvetur, Shevek ya no tuvo ganas de continuar la discusión. Se sentía perturbado.

—¿Quién querría ir a Urras?—inquirió—. ¿Para qué?

—Para averiguar cómo es otro mundo. Para ver cómo es un caballo.

—Esas son niñerías —dijo Kvetur—. También hay vida en otros sistemas siderales —movió una mano hacia el cielo bañado por la Luna—, dicen. ¿Y qué? ¡Nosotros tuvimos la suerte de nacer aquí!

—Si somos mejores que todas las otras sociedades humanas —dijo Tirin—, entonces tendríamos que ayudarlas. Pero nos lo prohíben.

—¿Prohíben? Una palabra inorgánica. ¿Quién prohíbe? Estás objetivando la función integrativa misma —dijo Shevek, inclinando el torso hacia adelante y hablando con pasión—. ¿El «orden» no es lo mismo que las «órdenes»? No nos vamos de Anarres porque somos Anarres. Tú, por ser Tirin, no puedes salir del pellejo de Tirin. Tal vez te gustaría tratar de ser otro, por curiosidad, pero no puedes. ¿Pero acaso te lo impiden por la fuerza? ¿Acaso nos retienen aquí por la fuerza? ¿Qué fuerza... qué leyes, qué gobiernos, qué policía? Nada ni nadie. Sólo nuestro ser, nuestra naturaleza de odonianos. Tu naturaleza está en ser Tirin, y la mía está en ser Shevek, y nuestra naturaleza común es la de ser odonianos, mutuamente responsables. Y en esta responsabilidad se funda nuestra libertad. Eludir la responsabilidad equivaldría a dejar de ser libres. ¿Te gustaría de veras vivir en una sociedad en la que no hubiera ninguna responsabilidad, ninguna libertad, ninguna opción, a no ser la falsa opción de la obediencia a la ley, o la desobediencia seguida del castigo? ¿Querrías realmente vivir en una cárcel?

—Oh, demonios, no. ¿No puedo hablar? El problema contigo, Shev, es que nunca dices nada hasta que has amontonado toda una carga de malditos argumentos, pesados como ladrillos, y entonces los largas todos de golpe, y nunca se te ocurre mirar el cuerpo ensangrentado y maltrecho bajo el montón...

Shevek echó el torso hacia atrás, como si se defendiera. Pero Bedap, un muchacho robusto, de cara cuadrada, siguió mordiéndose la uña del pulgar y dijo:

—De todos modos, lo que dice Tir es válido. Sería bueno estar seguros de que sabemos toda la verdad acerca de Urras.

—¿Quién crees que nos está mintiendo? —preguntó Shevek.

Bedap enfrentó serenamente la mirada de Shevek.

—¿Quién, hermano? ¿Quién sino nosotros mismos?

El otro planeta resplandecía en lo alto, sereno y brillante, como un hermoso ejemplo de la improbabilidad de lo real.

La repoblación forestal del oeste del litoral temeniano, uno de los grandes proyectos de la quinceava década de la colonización anarresti, había ocupado a cerca de dieciocho mil personas durante dos años.

Aunque las extensas playas del sudeste eran fértiles, permitiendo la subsistencia de numerosas comunidades pesqueras y agrícolas, el área cultivable era apenas una franja contigua al mar. En el interior, hacia el oeste, y hasta las dilatadas planicies del sudeste, se extendía un territorio deshabitado, salvo unas pocas y aisladas poblaciones mineras. Era la región llamada La Polvareda.

En la era geológica anterior, La Polvareda había sido un enorme bosque de holum, la especie ubicua que dominaba en Anarres.