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Sherlock Holmes - La faja atigrada, La faja atigrada - 08 – Text to read

Sherlock Holmes - La faja atigrada, La faja atigrada - 08

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La faja atigrada - 08

Al anochecer, vimos pasar en carruaje al doctor Grimesby Roylott, su voluminoso cuerpo alzándose al lado del muchachito que tenía las riendas. El chico no pudo correr muy pronto el cerrojo de las pesadas puertas de hierro, y entonces oímos la ronca voz del doctor y vimos el ademán furioso con que blandió sus apretados puños en la dirección del muchacho. El coche entró en la avenida y pocos minutos después vimos una luz que brotaba repentinamente por entre los árboles, al encenderse la lámpara de una de las salas.

—¿Sabe usted, Watson?—dijo Holmes, sentándose a mi lado en la obscuridad que se hacía más y más densa. —Tengo, en realidad, escrúpulos de llevarlo a usted conmigo esta noche. Hay en el asunto un visible elemento de peligro.

—¿Puedo servir de algo?

—Su presencia de usted puede ser de altísimo valor.

—Entonces, iré de todos modos.

—Esa es una gran prueba de la bondad de usted.

—Usted habla de peligro. Evidentemente ha visto usted en esos cuartos más que lo que estaba visible para mí.

—No. Pero creo que sí he deducido de lo que hemos visto algo más que usted. Esto porque supongo que usted vio todo lo que yo vi.

—Nada de notable vi, a no ser el cordón de la campanilla, y confieso que es superior a lo que yo pueda imaginar el propósito a que su extraña colocación pueda obedecer.

—¿Vio usted el ventilador también?

—Sí, pero que no es una cosa tan rara el que haya una pequeña abertura entre dos cuartos, y esa es tan pequeña que difícilmente podría una rata pasar por allí.

—Desde antes de venir a Stoke Moran, sabía que encontraríamos ese respiradero.

—¡Mi querido Holmes!

—¡Oh, sí, lo sabía! Usted recordará que ella nos dijo que su hermana sentía el olor del cigarro del doctor: eso me sugirió en el acto la idea de que debía haber una comunicación entre los dos cuartos. Y solo podía ser un agujero pequeño, porque si no, habría sido visto en la investigación del coroner. He ahí como deduje que había un respiradero.

—Pero, ¿qué mal puede haber en ello?

—Pues, por lo menos, hay una curiosa coincidencia de fechas. Abren un respiradero, cuelgan un cordón y una mujer que duerme en la cama muere. ¿No le llama a usted eso la atención?

—No alcanzo todavía a ver ninguna conexión entre esos hechos.

—¿Observó usted algo de raro en la cama?

—No.

—Estaba clavada en el suelo. ¿Ha visto usted antes otra cama sujeta así?

—No puedo decir que la he visto.

—La joven no podía mover su cama. Ésta tenía, pues, que estar siempre en la misma posición con relación al ventilador a la cuerda, como tenemos que llamarla, pues en ningún momento estuvo destinada a tocar una campanilla.

—¡Holmes!—grité. —Me parece que veo confusamente lo que usted quiere decir. Hemos llegado apenas a tiempo para impedir que se cometa un crimen sutil y terrible.

—Bastante sutil y bastante terrible. Cuando un médico entra por la senda del mal, es el mayor de los criminales. Pues es hombre de nervio y conoce muchas cosas. Palmer y Pritchard eran de los más notables en su profesión. Este hombre va aún más lejos, pero creo, Watson, que nosotros vamos a poder ir todavía más lejos que él. Antes de que vuelva el sol a alumbrar, vamos a ver verdaderos horrores. Por favor, fumemos tranquilamente una pipa, y durante unas horas volvamos nuestros pensamientos a algo más agradable.

Como a las nueve se apagó la luz que brillaba por entre los árboles, y todo quedó en la obscuridad por el lado de la casa de Roylott, dos horas transcurrieron lentamente, y luego de improviso. En el momento en que sonaban las once, una luz clara brilló enfrente de nosotros.

—Esa es nuestra señal —dijo Holmes parándose rápidamente. —Viene de la ventana de en medio.

Al salir de la casa, Holmes cambió algunas palabras con el dueño de la posada para explicarle que íbamos a visitar a un amigo y que probablemente pasaríamos la noche con él. Un momento después, estábamos afuera en el obscuro camino. Un viento helado nos azotaba la cara, y una luz amarilla parpadeaba enfrente de nosotros en medio de las tinieblas, guiándonos en nuestra silenciosa excursión.

Poco trabajo nos costó entrar en el parque, pues en el viejo muro abundaban las brechas.

Dirigiendo nuestros pasos por entre los árboles, llegamos al césped, lo atravesamos, e íbamos a entrar por la ventana, cuando de un bosquecillo de laureles saltó uno que parecía un niño deforma y repugnante, cayó de cuatro pies en el césped, y corriendo velozmente se perdió en la obscuridad.

—¡Dios mío! —murmuré. —¿Ha visto usted?

Holmes, en el primer momento, se sorprendió tanto como yo. Su mano se aferró como un garfio a mi brazo. Luego prorrumpió en una sorda carcajada y acercó su boca a mi oído.

—¡Linda cosa! —susurró— es el cinocéfalo.

Yo había olvidado a los extraños favoritos del doctor. Había también un leopardo en la casa. Quizás íbamos a verle caer sobre nosotros de un momento a otro. Confieso que me sentí más a mis anchas cuando, siguiendo el ejemplo de Holmes en quitarme zapatos, me encontré dentro del dormitorio. Mi compañero cerró silenciosamente la ventana, puso la lámpara en la mesa y pasó la mirada por el cuarto. Todo estaba tal como lo habíamos visto en el día. Enseguida, deslizándose hasta mí y formando una bocina con la mano, murmuró otra vez en mi oído tan quedó que solo pude entender esto:

—El menor sonido puede ser fatal para nuestros planes.

Yo hice un movimiento afirmativo con la cabeza para que viera que le había comprendido.

—Tenemos que apagar la luz. Él la vería por el respiradero.

Volví a hacer el mismo movimiento.

—No se duerma usted, su vida depende de eso. Tenga usted su revolver listo para el caso de que lo necesitemos. Yo voy a sentarme en el borde de la cama, y usted en esa silla.

Saqué mi revólver y lo puse en la esquina de la mesa.

Holmes había llevado consigo un junco largo y delgado y lo puso a su lado en la cama, junto a una caja de fósforos y un cabo de vela. Enseguida apagó la lámpara y nos hallamos en tinieblas.

¿Cómo podría olvidar aquella espantosa velada? Mis oídos no percibían el menor sonido, ni siquiera una respiración y, sin embargo, yo sabía que mi compañero estaba sentado con los ojos abiertos a pocos pies de distancia de mí en el mismo estado de tensión nerviosa en que yo me encontraba.

De afuera llegaba a ratos el grito de alguna ave nocturna Y una vez, en nuestra misma ventana, un rugido prolongado y con algo del maullido del gato, que nos revelaba que el leopardo estaba en plena libertad. De allá lejos, oíamos la bronca campana del reloj del campanario que daba los cuartos de hora. ¡Qué largos me parecían esos cuartos de hora! Dieron las doce, y la una, y las dos, y las tres, y nosotros seguíamos sentados, esperando silenciosamente lo que pudiera suceder.

De repente, arriba, en el sitio del ventilador, apareció un resplandor que se desvaneció inmediatamente, y luego sentimos un fuerte olor de aceite quemado y de metal caliente. Alguien había encendido una linterna sorda en el cuarto contiguo, oí un leve sonido de algo que se movía, y todo volvió a quedar sumido en el silencio, pero el olor se acentuaba más. Durante media hora seguí sentado, abusando el oído, después, bruscamente, otro sonido llegó hasta mí, un sonido suave, muy ligero, como el de un pequeño chorro de vapor que se escapara continuamente de una tetera. En el instante en que oímos eso, Holmes saltó de la cama, encendió un fósforo y azotó furiosamente el cordón de la campanilla con el junco.

—¿Ve usted, Watson?—rugió. —¿Ve usted?

Pero yo nada vi. En el instante en que Holmes encendió el fósforo había oído un silbido leve, claro, pero el repentino fulgor penetrando en mis cansados ojos me imposibilitó de saber qué era aquello que mi amigo azotaba con tanto furor. Vi, sin embargo, que su cara estaba mortalmente pálida y llena de horror y de ira.

Había cesado de golpear y tenía la vista fija en el respiradero cuando, de repente, en el silencio de la noche estalló el más horrible grito que yo había oído en mi vida. Subió más y más un ronco alarido de dolor, de miedo y de cólera, todo mezclado en el espantoso grito. La gente de la aldea y hasta la de la lejana casa parroquial dicen que ese grito los hizo salir de sus camas. A nosotros nos heló los corazones. Holmes me miraba fijamente, y yo a él, hasta que los últimos ecos se perdieron en el silencio de donde había surgido el grito.

—¿Qué significa eso?—balbuce.

—Significa que todo ha concluido—me contestó Holmes. —Y tal vez, al fin y al cabo, ha sido mejor así. Tome usted su revólver, y vamos al cuarto del Dr. Roylott.

Con una grave expresión en el semblante, encendió la lámpara y echó a andar por delante en el corredor. Dos veces golpeó la puerta y no obtuvo respuesta. Entonces dio vuelta al picaporte y entró, y yo detrás de él, con el revólver amartillado en la mano.

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