—Lo siento mucho, señora —dice el hombre—. Herbert tuvo un accidente. Una máquina grande, con muchas piezas, lo atrapó. Herbert... ya no vive.
La señora White no puede hablar. El señor White se sienta, muy pálido. Coge la mano de su mujer.
—La empresa lo siente mucho —dice el hombre—. La empresa no es responsable del accidente. Pero la empresa quiere darles dinero, como regalo, por el trabajo de su hijo.
El señor White mira al hombre. Tiene miedo de la respuesta.
—¿Cuánto dinero? —pregunta el señor White, con voz temblorosa.
—Doscientas libras —dice el hombre.
Doscientas libras. La misma cantidad de dinero. El deseo del señor White... y la muerte de su hijo.
El señor White no dice nada más. Se desmaya y cae al suelo.