Esa misma noche, Alba subió a su habitación y abrió con cuidado el tarro dorado. Pensó que si dejaba salir la risa otra vez, quizás su abuela volvería a estar bien enseguida. Abrió la tapa y la burbuja de color voló por la ventana hacia la noche oscura. Pero nada pareció cambiar.
Alba se quedó esperando una señal, pero la tristeza de su abuela no desapareció de esa manera tan sencilla.