En la habitación, Mateo sacó el libro extraño de debajo de la cama y arrancó otro trocito de página, esta vez sobre matemáticas. Lo comió despacio y, segundos después, sintió que entendía las fracciones perfectamente, algo que antes le costaba mucho. Se rio solo, emocionado con su nuevo secreto. Pensó que ya no necesitaba estudiar nunca más, solo comer un poco de papel cada noche.
Y esa idea le pareció maravillosa.