Una noche, mientras terminaba el libro de aventuras, Mateo pensó en todo lo que había vivido en los últimos meses. Entendió que saber muchas cosas no era lo mismo que entenderlas de verdad. La prisa por aprender rápido le había hecho perder amigos y tiempo importante con su familia. Se prometió a sí mismo leer siempre con calma, sin buscar atajos mágicos nunca más.