Mientras Mateo lloraba en el patio, alguien se acercó despacio y se sentó a su lado en silencio. Era Rafael, el bibliotecario, que había visto todo el concurso desde el fondo del salón. No dijo nada al principio, solo le ofreció un pañuelo y esperó a que Mateo se calmara un poco. Después de unos minutos, Rafael empezó a hablar con calma.
Estaba dispuesto a contarle algo importante sobre los libros de verdad.