Aquella tarde, los padres de Mía la buscaron por todo el jardín y por toda la casa, sin encontrarla por ningún lado. Solo encontraron, junto al agujero, un zapato pequeño y la pala que Mía había usado esa misma mañana. Nadie supo explicar qué había pasado exactamente con Mía ni con todas las cosas que habían desaparecido del jardín durante los últimos días. El agujero siguió allí, junto al árbol grande, pequeño y oscuro, guardando su secreto para siempre.