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Ciencia de andar por casa, ¿Por qué no puedes hacerte cosqu… – Text att läsa

Ciencia de andar por casa, ¿Por qué no puedes hacerte cosquillas_

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Haz una prueba ahora mismo. Si estás en casa y nadie te mira, pásate los dedos muy suavemente por la planta del pie o por las costillas. ¿Nada? Ahora imagina que lo hiciera un amigo o tu hermano.

Probablemente, te retorcerías de risa antes de que te tocara del todo. Es el mismo roce, en el mismo sitio y con la misma fuerza, pero cuando lo haces tú, no pasa nada. Hoy, en ciencia de andar por casa, vamos a ver por qué no puedes hacerte cosquillas a ti mismo. La respuesta dice mucho de cómo funciona tu cerebro, que no se limita a recibir sensaciones.

Las está prediciendo todo el tiempo. Empecemos por un hecho. Cuando decides mover el brazo, tu cerebro no solo manda la orden a los músculos, también hace una especie de copia de esa orden y la usa para calcular qué vas a notar. Es un aviso interno: voy a mover la mano, así que dentro de un momento sentiré un roce.

Cuando el roce llega, tu cerebro ya lo esperaba y lo trata como una sensación sin importancia. Le baja el volumen. Esta idea la pusieron a prueba en 1998 tres investigadores británicos. Metieron a unos voluntarios en un escáner de resonancia magnética, una máquina que permiten ver qué zonas del cerebro se activan, y les aplicaron un roce suave.

Unas veces se lo producían ellos mismos con un movimiento. Otras veces lo producía otra cosa, sin que ellos hicieran nada. Los resultados fueron claros. Los participantes notaban el roce producido por ellos mismos como menos cosquilloso que el mismo roce producido desde fuera.

Y el escáner lo confirmaba. La zona de la corteza cerebral que procesa el tacto, llamada corteza somatosensorial, se activaba más cuando el roce venía de fuera. Cuando lo producían ellos, esa zona se activaba menos. ¿Quién baja el volumen?

Según los autores, el cerebelo, una parte del cerebro situada en la nuca que se conoce sobre todo por coordinar los movimientos. Ellos observaron que el cerebelo tenía menos actividad cuando un movimiento producía un roce que cuando el movimiento no producía ninguno. Su conclusión es que el cerebelo predice las consecuencias de nuestros movimientos y envía una señal que cancela parte de la sensación. También vieron menos actividad en otra zona, llamada corteza cingulada anterior, que participa en juntar la información del movimiento y del tacto.

Y aquí llegamos a la idea central. Una explicación posible es que las cosquillas necesitan un elemento de sorpresa. Cuando otra persona te toca, tu cerebro no ha recibido ningún aviso. El roce es imprevisible.

Podría venir de cualquier lado y de cualquier manera. Cuando lo haces tú, no hay sorpresa. Y sin sorpresa, no hay cosquillas. Piensa en algo parecido que te ha pasado con las escaleras.

Bajas una escalera que conoces de memoria, casi sin mirar, y de pronto falta un escalón. El susto es enorme, mucho mayor que cualquier otra sensación de esa bajada. Tu cerebro esperaba otra cosa. Con las cosquillas ocurre lo contrario.

Si tu cerebro lo espera, no se asusta ni se ríe. Pero hay algo más. Las cosquillas son una de las pocas situaciones en las que puedes notar cómo trabaja tu cerebro. Cada movimiento voluntario que haces está acompañado de una predicción y casi nunca te enteras.

Las cosquillas te lo demuestran de una manera muy simple. No funcionan cuando lo intentas tú. Así que ya sabes la respuesta. No puedes hacerte cosquillas porque tu cerebro ya sabe lo que vas a hacer.

Y cuando algo ya se sabe, cuesta reírse

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