Al terminar la ronda final, Mateo quedó en último lugar, muy lejos de los demás finalistas. Salió del salón de actos con la cabeza baja, sin querer mirar a nadie a los ojos. Se sentó solo en un rincón del patio y, por fin, dejó salir todas las lágrimas que había guardado durante días. Se sentía tonto, avergonzado y muy solo, sin entender cómo había llegado a ese punto.