Mientras tanto, en la biblioteca del colegio, Rafael, el bibliotecario, revisaba las estanterías. Notaba que faltaban varios libros importantes. Comprobó el registro de préstamos y descubrió que ninguno de esos libros aparecía como prestado a nadie. Aquello le pareció muy extraño, porque los libros no podían desaparecer solos.
Decidió empezar a observar con más atención quién entraba y salía de la biblioteca cada día.