Carmen llegó a la calle Bordadores, entró en el portal y subió al primer piso. Delante de la puerta de la sala, buscó la llave en el bolsillo del abrigo. Esta vez sí estaba. Abrió la puerta.
La sala olía a madera y a polvo. La ventana daba a un patio donde había una higuera. Carmen dejó el bolso en una silla, se quitó el abrigo y se sentó en el banco del piano. Puso las manos en las teclas sin tocar nada todavía.
Solo las dejó allí, quietas, un momento.