×

Мы используем cookie-файлы, чтобы сделать работу LingQ лучше. Находясь на нашем сайте, вы соглашаетесь на наши правила обработки файлов «cookie».


image

Los Desposeidos (The Dispossessed) Ursula K Le Guin, Los desposeídos (37)

Los desposeídos (37)

Estaban conversando, todos en forma un tanto inconexa excepto Takver, Había bailado durante horas, había comido grandes cantidades de pan frito y encurtidos, y se sentía muy animada.

—¿Por qué a Kvigot lo han mandado a las pesquerías del Mar de Keran, donde tendrá que empezar todo de nuevo, mientras que a Turib le permiten investigar aquí mismo? —estaba diciendo. El sindicato de Takver había sido incorporado a un proyecto que dependía directamente de fa CPD, y Takver se había convertido en una decidida defensora de algunas ideas de Bedap—. Pues Kvigot es un biólogo excelente que no está de acuerdo con las farragosas teorías de Simas, y Turib es una nulidad que en los baños le friega la espalda a Simas. Ya veréis quién se encarga del programa cuando Simas se retire. ¡Ella, Turib, os lo apuesto!

—¿Qué significa esa expresión? —preguntó alguien que no se sentía dispuesto a la crítica social.

Bedap, que había engordado de cintura y tomaba muy en serio la gimnasia, trotaba concienzudamente alrededor del campo de juegos. Los otros, sentados debajo de los árboles en un bando polvoriento, practicaban la gimnasia verbal.

—Es un verbo iótico —explicó Shevek—. Un juego de probabilidades común entre los urrasti. El que adivina gana la propiedad del otro. —Había dejado hacía tiempo e obedecer a Sabul, que le había prohibido hablar de la lengua iótica.

—¿Cómo se incorporó esa palabra al právico?

—Los Colonizadores —explicó otro—. Tuvieron que aprender právico de adultos; durante mucho tiempo pensaron sin duda con los conceptos de las lenguas antiguas. Leí en alguna parte que la palabra maldición no figura en el diccionario právico; es iótico, también. Farigv no pensó en incluir maldiciones cuando inventó el idioma, o las computadoras no lo consideraron necesario.

—¿Qué es infierno, entonces? —preguntó Takver—. Yo pensaba que quería decir el depósito de mierda del pueblo en que crecí. «¡Vete al infierno!» El peor lugar del mundo.

Desar, el matemático, que ahora tenía un puesto permanente en el Instituto, y que siempre rondaba alrededor de Shevek, aunque rara vez hablaba con Takver, dijo en su estilo criptográfico:

—Significa Urras.

—En Urras, significa el lugar al que van a parar los condenados.

—Es un puesto veraniego en el Sudoeste —dijo Ternis, una ecologista, una vieja amiga de Takver.

—En iótico, el sentido es religioso.

—Ya sé que tienes que leer en iótico, Shev, ¿pero tienes que leer libros de religión?

—Los conceptos de la antigua física urrasti son todos religiosos. «Infierno» significa el lugar del mal absoluto.

—El depósito de estiércol de Valle Redondo —dijo Takver—. Como yo pensaba.

Bedap llegó resoplando, blanco de polvo, chorreando sudor. Se sentó pesadamente al lado de Shevek y jadeó.

—Di algo en iótico —pidió Richat, una alumna de Shevek—. ¿Cómo suena?

—Tú sabes: ¡Infierno! ¡Maldición!

—Acaba de maldecirme —dijo la chica, riendo—; di una frase entera.

Shevek dijo una frase en iótico.

—En realidad no sé cómo se pronuncia —añadió—, trato de adivinar.

—¿Qué quiere decir?

—«Si el paso del tiempo es cualidad de la conciencia humana, el pasado y el futuro son funciones de la mente». De un presecuencista, Keremcho.

—¡Qué extraño pensar en gente que habla y que uno no la puede entender!

—Ni siquiera entre ellos pueden entenderse. Hablan centenares de lenguas, esos anarquistas locos de la Luna...

—Agua, agua —dijo Bedap, todavía jadeando.

—No hay agua —dijo Terrus—. No ha llovido una sola vez en dieciocho décadas. Ciento ochenta y tres días exactamente. La sequía más larga en Abbenay desde hace cuarenta años.

—Si continúa, tendremos que reciclar la orina, como en el año 20. ¿Un vaso de pis, Shev?

—No bromees —dijo Terrus—. En esa cuerda floja estamos ahora. ¿Lloverá bastante? Las cosechas de hoja de Levante del Sur ya están todas perdidas. Ni una gota de lluvia en treinta décadas.

Todos contemplaron el cielo dorado, brumoso. Las hojas dentadas de los árboles a cuya sombra estaban sentados, altas especies exóticas originarias del Viejo Mundo, colgaban mustias de las ramas, polvorientas, rizadas por la sequía.

—No más Gran Sequía —dijo Desar—. Laboratorios modernos desalinizadores. Prevención.

—Podrían ayudar a aliviarla —dijo Terrus.

El invierno llegó temprano aquel año, frío y seco en el hemisferio norte. Un polvo escarchado flotó en el viento por las calles bajas, anchas de Abbenay. El agua para los baños fue estrictamente racionada: la sed y el hambre eran más urgentes que la higiene. El alimento y la vestimenta para los veinte millones de habitantes de Anarres procedían de las plantas de holum, hoja» semilla, fibra, raíz. Había pilas de tejidos en los depósitos y almacenes, pero nunca había habido una reserva importante de alimentos. El agua iba a la tierra, para mantener vivas las plantas. El polvo traído por el viento desde las regiones más secas del sur y del oeste manchaba de amarillo el cielo de la ciudad, antes despejado, diáfano, sin una nube. A veces, cuando el viento soplaba desde el norte, desde el Ne Theras, la neblina amarilla se disipaba y aparecía el cielo, brillante y vacío, de un azul oscuro, purpúreo en el cenit.

Takver estaba embarazada, y por lo general se sentía soñolienta y de buen talante.

—Soy un pez —decía—, un pez en el agua. Estoy dentro del bebé que está dentro de mí.

Pero a veces el trabajo la extenuaba, o se quedaba con hambre, pues habían reducido un poco las raciones. Las mujeres embarazadas, lo mismo que los niños y los viejos, tenían derecho a una comida extra diaria, un refrigerio a las once, pero Takver los omitía a menudo a causa de las exigencias del trabajo. Ella podía prescindir de una comida, pero no los peces del laboratorio. Los amigos solían llevarle una parte de sus propias raciones, o de las sobras del comedor, un bollo relleno o una fruta. Takver lo comía todo agradecida, pero tenía una desesperada necesidad de cosas dulces, y los dulces escaseaban. Cuando estaba cansada perdía la paciencia y se irritaba con facilidad, y bastaba una palabra para que estallase.

Al final de otoño Shevek completó el manuscrito de los Principios de la Simultaneidad. Se lo entregó a Sabul para que lo aprobara y lo hiciera imprimir. Sabul lo retuvo una década, dos décadas, tres décadas, y no decía nada. Shevek preguntó. Sabul respondió que aún no había tenido tiempo de leerlo, que estaba demasiado ocupado. Shevek esperó. Mediaba el invierno. El viento seco soplaba día tras día; el suelo estaba escarchado. Todo parecía haberse detenido, en una pausa sin sosiego, en espera de la lluvia, del nacimiento.

El cuarto estaba a oscuras. En la ciudad acababan de encenderse las luces; parecían débiles bajo el cielo alto, de un gris sombrío. Takver entró, encendió la lámpara y se arrebujó en el abrigo junto a la reja del calefactor.

—¡Oh, qué frío! ¡Qué frío terrible! Siento los pies como si hubiera estado caminando sobre glaciares, casi lloro en el camino, tanto me dolían. ¡Estas podridas botas de propietario! ¿Por qué no somos capaces de hacer un par de Dotas decentes? ¿Por qué estás sentado ahí, en la oscuridad?

—No sé.

—¿Fuiste al comedor? Yo comí un bocado camino a casa, en Excedentes. Tuve que quedarme, las crías de los kukuri estaban a punto de romper el cascarón, y tuvimos que sacar los peces del estanque antes que los adultos se los comieran. ¿Comiste?

—No.

—No te pongas lúgubre. Por favor no te pongas lúgubre esta noche. Si una sola cosa más anda mal, me echaré a llorar. ¡Estoy harta de llorar! ¡Estas estúpidas hormonas! Ojalá pudiera tener bebés como los peces, poner los huevos y alejarme nadando. A menos que nadara de vuelta y me los comiera... No te quedes así, inmóvil como una estatua. No lo puedo soportar. —Gimoteaba cuando se agachó para recibir el soplo cálido de la reja, mientras trataba de aflojarse las botas con los dedos entumecidos.

Shevek no dijo nada.

—¿Qué te pasa? ¡No te quedarás así inmóvil todo el tiempo!

—Sabul me citó hoy. No va a recomendar que se publiquen los Principios ni que se exporten.

Takver dejó de forcejear con los cordones de las botas y se quedó muy quieta. Miró a Shevek por encima del nombro.

—¿Qué dijo, exactamente? —preguntó al fin.

—La crítica está sobre la mesa.

Ella se levantó, y arrastrando los píes con una bota todavía puesta llegó hasta la mesa, y leyó el papel, inclinándose, las manos en los bolsillos del abrigo.

—«El principio de que la física secuencial fundamenta la filosofía del tiempo ha sido reconocido y aceptado de común acuerdo en la sociedad odoniana desde la colonización de Anarres. Toda desviación egoísta de esta solidaridad primaria sólo puede conducir a devaneos estériles, hipótesis impracticables e inútiles para el organismo social, o a la reiteración de las especulaciones supersticiosas de irresponsables científicos a sueldo, en los Estados explotadores de Urras...» ¡Ese aprovechado! ¡Ese farsante miserable y envidioso, predicando a Odo! ¿Mandará esta crítica a la prensa?

Takver se arrodilló para tratar de sacarse la bota. Le echó alguna mirada a Shevek, pero no se le acercó ni trató de tocarlo, y durante un rato no dijo nada. Habló con una voz que no era fuerte y tensa como un momento antes; ahora tenía otra vez aquella calidad natural propia, grave y aterciopelada.

—¿Qué vas a hacer, Shev?

—No hay nada que hacer.

—Nosotros imprimiremos el libro. Fundaremos un sindicato de prensa y aprenderemos tipografía.

—El papel está racionado al mínimo. Nada de impresiones no esenciales. Sólo las publicaciones de la CPD, hasta que las plantaciones de árboles holum estén a salvo.

—Entonces ¿no podrías alterar de algún modo la presentación? Disfrazar lo que dices. Decorarlo con galones secuenciales. Para que lo acepte.

—No puedes disfrazar lo negro de blanco.

Ella no preguntó si no podía eludir el control de Sabul, o pasar por encima de él. Nadie en Anarres pasaba por encima de nadie. No había subterfugios. Si uno no podía trabajar en solidaridad con los síndicos, trabajaba solo.

—Y si... —Se interrumpió. Se incorporó y puso las botas a secar cerca del calefactor. Se quitó el abrigo, lo colgó, se echó sobre los hombros un grueso chal tejido a mano. Luego se sentó en la cama, que rechinó ligeramente al hundirse. Miró a Shevek, que seguía sentado de perfil entre ella y la ventana.

—¿Y si le propusieras que lo firme como coautor? Como el primer trabajo que escribiste.

—Sabul no prestará su nombre para «especulaciones supersticiosas».

—¿Estás seguro? ¿Estás seguro de que no es justamente eso lo que quiere? Él sabe de qué se trata lo que tú has hecho. Siempre dijiste que era astuto. Sabe que tu libro lo echaría a él y a toda la escuela secuencial en el recipiente de reciclaje. ¿Pero si lo pudiera compartir contigo, compartir el mérito? Es un ego puro, eso es lo que es. Si pudiera decir que es su libro...

Shevek dijo amargamente:

—Compartir con él el libro sería como compartirte a ti.

—No lo tomes de esa manera, Shev. Es el libro lo que importa... las ideas. Escúchame. Nosotros queremos conservar a este niño, a este bebé que va a nacer, queremos amarlo. Pero si por alguna razón tuviera que morir si se quedara con nosotros, si sólo pudiera vivir en un hogar de niños, si nunca pudiéramos verlo ni saber cómo lo llaman... si tuviéramos esa opción, ¿qué elegiríamos? ¿Conservar al niño? ¿O darle la vida?

—No sé —dijo él. Hundió la cara entre las manos y se frotó la frente con angustia—. Sí, desde luego. Sí. Pero esto... pero yo...

—Hermano, corazón amado —dijo Takver. Cruzó las manos por delante del regazo, pero no las tendió hacia él—. No importa el nombre que figure en el libro. La gente sabrá. La verdad es el libro.

—Yo soy ese libro —dijo él. Cerró los ojos y se quedó muy quieto. Takver se le acercó, tímidamente, y lo tocó con cuidado, como si tocara una herida.

A principios del año 164 se imprimió en Abbenay la primera versión incompleta, drásticamente abreviada de los Principios de la Simultaneidad, firmada por Sabul y Shevek como coautores.


Los desposeídos (37)

Estaban conversando, todos en forma un tanto inconexa excepto Takver, Había bailado durante horas, había comido grandes cantidades de pan frito y encurtidos, y se sentía muy animada.

—¿Por qué a Kvigot lo han mandado a las pesquerías del Mar de Keran, donde tendrá que empezar todo de nuevo, mientras que a Turib le permiten investigar aquí mismo? —estaba diciendo. El sindicato de Takver había sido incorporado a un proyecto que dependía directamente de fa CPD, y Takver se había convertido en una decidida defensora de algunas ideas de Bedap—. Pues Kvigot es un biólogo excelente que no está de acuerdo con las farragosas teorías de Simas, y Turib es una nulidad que en los baños le friega la espalda a Simas. Ya veréis quién se encarga del programa cuando Simas se retire. ¡Ella, Turib, os lo apuesto!

—¿Qué significa esa expresión? —preguntó alguien que no se sentía dispuesto a la crítica social.

Bedap, que había engordado de cintura y tomaba muy en serio la gimnasia, trotaba concienzudamente alrededor del campo de juegos. Los otros, sentados debajo de los árboles en un bando polvoriento, practicaban la gimnasia verbal.

—Es un verbo iótico —explicó Shevek—. Un juego de probabilidades común entre los urrasti. El que adivina gana la propiedad del otro. —Había dejado hacía tiempo e obedecer a Sabul, que le había prohibido hablar de la lengua iótica.

—¿Cómo se incorporó esa palabra al právico?

—Los Colonizadores —explicó otro—. Tuvieron que aprender právico de adultos; durante mucho tiempo pensaron sin duda con los conceptos de las lenguas antiguas. Leí en alguna parte que la palabra maldición no figura en el diccionario právico; es iótico, también. Farigv no pensó en incluir maldiciones cuando inventó el idioma, o las computadoras no lo consideraron necesario.

—¿Qué es infierno, entonces? —preguntó Takver—. Yo pensaba que quería decir el depósito de mierda del pueblo en que crecí. «¡Vete al infierno!» El peor lugar del mundo.

Desar, el matemático, que ahora tenía un puesto permanente en el Instituto, y que siempre rondaba alrededor de Shevek, aunque rara vez hablaba con Takver, dijo en su estilo criptográfico:

—Significa Urras.

—En Urras, significa el lugar al que van a parar los condenados.

—Es un puesto veraniego en el Sudoeste —dijo Ternis, una ecologista, una vieja amiga de Takver.

—En iótico, el sentido es religioso.

—Ya sé que tienes que leer en iótico, Shev, ¿pero tienes que leer libros de religión?

—Los conceptos de la antigua física urrasti son todos religiosos. «Infierno» significa el lugar del mal absoluto.

—El depósito de estiércol de Valle Redondo —dijo Takver—. Como yo pensaba.

Bedap llegó resoplando, blanco de polvo, chorreando sudor. Se sentó pesadamente al lado de Shevek y jadeó.

—Di algo en iótico —pidió Richat, una alumna de Shevek—. ¿Cómo suena?

—Tú sabes: ¡Infierno! ¡Maldición!

—Acaba de maldecirme —dijo la chica, riendo—; di una frase entera.

Shevek dijo una frase en iótico.

—En realidad no sé cómo se pronuncia —añadió—, trato de adivinar.

—¿Qué quiere decir?

—«Si el paso del tiempo es cualidad de la conciencia humana, el pasado y el futuro son funciones de la mente». De un presecuencista, Keremcho.

—¡Qué extraño pensar en gente que habla y que uno no la puede entender!

—Ni siquiera entre ellos pueden entenderse. Hablan centenares de lenguas, esos anarquistas locos de la Luna...

—Agua, agua —dijo Bedap, todavía jadeando.

—No hay agua —dijo Terrus—. No ha llovido una sola vez en dieciocho décadas. Ciento ochenta y tres días exactamente. La sequía más larga en Abbenay desde hace cuarenta años.

—Si continúa, tendremos que reciclar la orina, como en el año 20. ¿Un vaso de pis, Shev?

—No bromees —dijo Terrus—. En esa cuerda floja estamos ahora. ¿Lloverá bastante? Las cosechas de hoja de Levante del Sur ya están todas perdidas. Ni una gota de lluvia en treinta décadas.

Todos contemplaron el cielo dorado, brumoso. Las hojas dentadas de los árboles a cuya sombra estaban sentados, altas especies exóticas originarias del Viejo Mundo, colgaban mustias de las ramas, polvorientas, rizadas por la sequía.

—No más Gran Sequía —dijo Desar—. Laboratorios modernos desalinizadores. Prevención.

—Podrían ayudar a aliviarla —dijo Terrus.

El invierno llegó temprano aquel año, frío y seco en el hemisferio norte. Un polvo escarchado flotó en el viento por las calles bajas, anchas de Abbenay. El agua para los baños fue estrictamente racionada: la sed y el hambre eran más urgentes que la higiene. El alimento y la vestimenta para los veinte millones de habitantes de Anarres procedían de las plantas de holum, hoja» semilla, fibra, raíz. Había pilas de tejidos en los depósitos y almacenes, pero nunca había habido una reserva importante de alimentos. El agua iba a la tierra, para mantener vivas las plantas. El polvo traído por el viento desde las regiones más secas del sur y del oeste manchaba de amarillo el cielo de la ciudad, antes despejado, diáfano, sin una nube. A veces, cuando el viento soplaba desde el norte, desde el Ne Theras, la neblina amarilla se disipaba y aparecía el cielo, brillante y vacío, de un azul oscuro, purpúreo en el cenit.

Takver estaba embarazada, y por lo general se sentía soñolienta y de buen talante.

—Soy un pez —decía—, un pez en el agua. Estoy dentro del bebé que está dentro de mí.

Pero a veces el trabajo la extenuaba, o se quedaba con hambre, pues habían reducido un poco las raciones. Las mujeres embarazadas, lo mismo que los niños y los viejos, tenían derecho a una comida extra diaria, un refrigerio a las once, pero Takver los omitía a menudo a causa de las exigencias del trabajo. Ella podía prescindir de una comida, pero no los peces del laboratorio. Los amigos solían llevarle una parte de sus propias raciones, o de las sobras del comedor, un bollo relleno o una fruta. Takver lo comía todo agradecida, pero tenía una desesperada necesidad de cosas dulces, y los dulces escaseaban. Cuando estaba cansada perdía la paciencia y se irritaba con facilidad, y bastaba una palabra para que estallase.

Al final de otoño Shevek completó el manuscrito de los Principios de la Simultaneidad. Se lo entregó a Sabul para que lo aprobara y lo hiciera imprimir. Sabul lo retuvo una década, dos décadas, tres décadas, y no decía nada. Shevek preguntó. Sabul respondió que aún no había tenido tiempo de leerlo, que estaba demasiado ocupado. Shevek esperó. Mediaba el invierno. El viento seco soplaba día tras día; el suelo estaba escarchado. Todo parecía haberse detenido, en una pausa sin sosiego, en espera de la lluvia, del nacimiento.

El cuarto estaba a oscuras. En la ciudad acababan de encenderse las luces; parecían débiles bajo el cielo alto, de un gris sombrío. Takver entró, encendió la lámpara y se arrebujó en el abrigo junto a la reja del calefactor.

—¡Oh, qué frío! ¡Qué frío terrible! Siento los pies como si hubiera estado caminando sobre glaciares, casi lloro en el camino, tanto me dolían. ¡Estas podridas botas de propietario! ¿Por qué no somos capaces de hacer un par de Dotas decentes? ¿Por qué estás sentado ahí, en la oscuridad?

—No sé.

—¿Fuiste al comedor? Yo comí un bocado camino a casa, en Excedentes. Tuve que quedarme, las crías de los kukuri estaban a punto de romper el cascarón, y tuvimos que sacar los peces del estanque antes que los adultos se los comieran. ¿Comiste?

—No.

—No te pongas lúgubre. Por favor no te pongas lúgubre esta noche. Si una sola cosa más anda mal, me echaré a llorar. ¡Estoy harta de llorar! ¡Estas estúpidas hormonas! Ojalá pudiera tener bebés como los peces, poner los huevos y alejarme nadando. A menos que nadara de vuelta y me los comiera... No te quedes así, inmóvil como una estatua. No lo puedo soportar. —Gimoteaba cuando se agachó para recibir el soplo cálido de la reja, mientras trataba de aflojarse las botas con los dedos entumecidos.

Shevek no dijo nada.

—¿Qué te pasa? ¡No te quedarás así inmóvil todo el tiempo!

—Sabul me citó hoy. No va a recomendar que se publiquen los Principios ni que se exporten.

Takver dejó de forcejear con los cordones de las botas y se quedó muy quieta. Miró a Shevek por encima del nombro.

—¿Qué dijo, exactamente? —preguntó al fin.

—La crítica está sobre la mesa.

Ella se levantó, y arrastrando los píes con una bota todavía puesta llegó hasta la mesa, y leyó el papel, inclinándose, las manos en los bolsillos del abrigo.

—«El principio de que la física secuencial fundamenta la filosofía del tiempo ha sido reconocido y aceptado de común acuerdo en la sociedad odoniana desde la colonización de Anarres. Toda desviación egoísta de esta solidaridad primaria sólo puede conducir a devaneos estériles, hipótesis impracticables e inútiles para el organismo social, o a la reiteración de las especulaciones supersticiosas de irresponsables científicos a sueldo, en los Estados explotadores de Urras...» ¡Ese aprovechado! ¡Ese farsante miserable y envidioso, predicando a Odo! ¿Mandará esta crítica a la prensa?

Takver se arrodilló para tratar de sacarse la bota. Le echó alguna mirada a Shevek, pero no se le acercó ni trató de tocarlo, y durante un rato no dijo nada. Habló con una voz que no era fuerte y tensa como un momento antes; ahora tenía otra vez aquella calidad natural propia, grave y aterciopelada.

—¿Qué vas a hacer, Shev?

—No hay nada que hacer.

—Nosotros imprimiremos el libro. Fundaremos un sindicato de prensa y aprenderemos tipografía.

—El papel está racionado al mínimo. Nada de impresiones no esenciales. Sólo las publicaciones de la CPD, hasta que las plantaciones de árboles holum estén a salvo.

—Entonces ¿no podrías alterar de algún modo la presentación? Disfrazar lo que dices. Decorarlo con galones secuenciales. Para que lo acepte.

—No puedes disfrazar lo negro de blanco.

Ella no preguntó si no podía eludir el control de Sabul, o pasar por encima de él. Nadie en Anarres pasaba por encima de nadie. No había subterfugios. Si uno no podía trabajar en solidaridad con los síndicos, trabajaba solo.

—Y si... —Se interrumpió. Se incorporó y puso las botas a secar cerca del calefactor. Se quitó el abrigo, lo colgó, se echó sobre los hombros un grueso chal tejido a mano. Luego se sentó en la cama, que rechinó ligeramente al hundirse. Miró a Shevek, que seguía sentado de perfil entre ella y la ventana.

—¿Y si le propusieras que lo firme como coautor? Como el primer trabajo que escribiste.

—Sabul no prestará su nombre para «especulaciones supersticiosas».

—¿Estás seguro? ¿Estás seguro de que no es justamente eso lo que quiere? Él sabe de qué se trata lo que tú has hecho. Siempre dijiste que era astuto. Sabe que tu libro lo echaría a él y a toda la escuela secuencial en el recipiente de reciclaje. ¿Pero si lo pudiera compartir contigo, compartir el mérito? Es un ego puro, eso es lo que es. Si pudiera decir que es su libro...

Shevek dijo amargamente:

—Compartir con él el libro sería como compartirte a ti.

—No lo tomes de esa manera, Shev. Es el libro lo que importa... las ideas. Escúchame. Nosotros queremos conservar a este niño, a este bebé que va a nacer, queremos amarlo. Pero si por alguna razón tuviera que morir si se quedara con nosotros, si sólo pudiera vivir en un hogar de niños, si nunca pudiéramos verlo ni saber cómo lo llaman... si tuviéramos esa opción, ¿qué elegiríamos? ¿Conservar al niño? ¿O darle la vida?

—No sé —dijo él. Hundió la cara entre las manos y se frotó la frente con angustia—. Sí, desde luego. Sí. Pero esto... pero yo...

—Hermano, corazón amado —dijo Takver. Cruzó las manos por delante del regazo, pero no las tendió hacia él—. No importa el nombre que figure en el libro. La gente sabrá. La verdad es el libro.

—Yo soy ese libro —dijo él. Cerró los ojos y se quedó muy quieto. Takver se le acercó, tímidamente, y lo tocó con cuidado, como si tocara una herida.

A principios del año 164 se imprimió en Abbenay la primera versión incompleta, drásticamente abreviada de los Principios de la Simultaneidad, firmada por Sabul y Shevek como coautores.