Marina, por su lado, firmaba sus notas con una simple M. Poco a poco, las notas dejaron de hablar solo de libros y empezaron a mencionar pequeños trozos de la vida diaria: un mal día en el trabajo, una canción que no dejaba de sonar en la cabeza, un plato de comida que había salido especialmente bien. Cada vez que Marina encontraba una nota nueva de aquella misteriosa A, sentía una alegría pequeña pero real, como si alguien en algún lugar del barrio la estuviera esperando sin conocerla todavía.