El intercambio se convirtió, sin que ninguno de los dos lo planeara del todo, en una pequeña costumbre semanal. Álvaro empezó a fijarse en los libros que elegía, intentando adivinar algo de la persona que escribía aquellas notas. Parecía alguien sensible, algo tímida, con un sentido del humor discreto. Él, por su parte, empezó a compartir pequeños detalles de su vida en cada nota, sin dar nunca su nombre completo, solo firmando con una letra al final.
Firmaba con una A pequeña en la esquina del papel.