Una noche, después de varias semanas de viaje, la casa se detuvo por fin frente a las ruinas de un pueblo pequeño cubierto de hierba alta y árboles jóvenes que habían crecido entre las casas abandonadas. Sobre una piedra medio caída todavía podía leerse, con letras gastadas por el tiempo, el nombre del lugar: Robledal. La familia entendió, con el corazón acelerado, que por fin habían llegado al destino final de aquel extraño viaje nocturno que llevaba semanas desconcertándolos.