El día de la velada, Elena leyó su texto con la voz un poco temblorosa al principio, pero sin ninguna frase ajena escondida entre líneas. Al terminar, el público aplaudió con sinceridad y Marta, desde su asiento, le dedicó una sonrisa que valía más que cualquier elogio recibido meses atrás por sus antiguos relatos prestados. Por fin, Elena había entendido que las palabras más bonitas eran siempre las que salían con esfuerzo de una misma