Después de la fiesta, Hugo se sentó solo detrás del colegio, muy triste y avergonzado por lo ocurrido delante de todo el pueblo. Pensó que sin el amuleto nunca más iba a poder ser valiente de verdad. Al cabo de un rato, su abuelo lo encontró allí con la cabeza baja y triste y se sentó a su lado en silencio, esperando el momento adecuado para poder hablar con él