Un domingo, mientras comían en familia, la abuela de Alba contó una de sus historias antiguas. Toda la mesa se rió con muchas ganas, incluida Alba. Esta vez, ella no sacó ningún tarro de cristal del bolsillo. Simplemente disfrutó del momento, riendo de verdad junto a las personas que más quería.
Por fin había entendido que las mejores risas no se coleccionan ni se roban, sino que se comparten.