Lucía trabaja en la oficina de objetos perdidos de la estación de Atocha. Allí llegan muchos teléfonos móviles, casi todos sin batería.
Pero aquel móvil sí tenía batería. Y sonaba. Sonó a las nueve, a las diez y a las once. En la pantalla ponía siempre lo mismo: Mamá.
A las doce, Lucía ya no pudo más y contestó.
—¿Diga?
—¿Quién es usted? ¿Dónde está mi hijo? —preguntó una mujer muy nerviosa.
Lucía le explicó que trabajaba en objetos perdidos y que alguien había olvidado el móvil en un tren. La mujer se tranquilizó un poco. Se llamaba Rocío y vivía en Cádiz. Su hijo, Javi, estudiaba en Madrid y no contestaba desde el día anterior.
—Seguro que está bien —dijo Lucía—. Solo ha perdido el móvil.
Una hora después entró un chico despeinado. Era Javi. Lucía le dio el móvil y justo en ese momento sonó otra vez: Mamá.
Javi contestó. Lucía oyó la voz de Rocío desde el otro lado del mostrador. Estaba enfadada, pero también muy contenta.