Fue entonces cuando, casi por accidente, descubrió que ayudar directamente a quien sufría parecía disminuir, aunque fuera levemente, la intensidad del dolor que él mismo sentía en ese momento. A partir de aquel descubrimiento, Mateo empezó a salir de casa para ayudar a quienes veía sufrir. No por generosidad genuina al principio, sino con la esperanza egoísta de reducir su propia carga. Ayudó al anciano con la leña, acompañó a la vecina que lloraba la pérdida de su gato y visitó regularmente a familias que atravesaban dificultades económicas.
Con el paso de las semanas, notó que cada vez necesitaba menos calcular el beneficio propio antes de actuar. Porque algo en su interior había empezado a cambiar de verdad, más allá del simple alivio físico que generaba que buscaba al principio.