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Los Desposeidos (The Dispossessed) Ursula K Le Guin, Los desposeídos (3)

Los desposeídos (3)

Yo voy al mundo de ustedes, no tengo dinero, no podré comprar, de manera que hubiera tenido que traer. Pero ¿cuánto podría traer? Ropa, sí, podría traer un par de mudas. Pero ¿comida? ¿Cómo podría traer comida en cantidad suficiente? No pude traer, no podré comprar. Si tienen interés en que siga viviendo, tendrán que proporcionarme comida. Soy un anarresti, y obligo a los urrasti a comportarse como anarresti: a dar, no a vender. Si lo desean. Naturalmente, no tienen ninguna obligación de conservarme vivo. Soy el Mendigo, ya lo ve.

—De ninguna manera, señor, no, no. Usted es un huésped muy honrado. Le ruego que no nos juzgue por la tripulación de esta nave, son muy ignorantes, hombres limitados... no tiene usted idea de la acogida que le espera en Urras. Al fin y al cabo, usted es un científico famoso mundialmente... ¡galácticamente famoso! ¡Y nuestro primer visitante de Anarres! Las cosas serán muy diferentes cuando lleguemos a Campo Peier, se lo aseguro.

—No dudo que serán diferentes —dijo Shevek.

La Travesía Lunar, de ida o de vuelta, demoraba normalmente cuatro días y medio, pero en esta ocasión se agregaron al viaje de regreso cinco días para la adaptación del pasajero. Shevek y el doctor Kimoe los dedicaron a vacunas y conversaciones, y el capitán del Alerta a mantener la nave en órbita y a echar maldiciones. Cada vez que tenía que hablarle a Shevek empleaba un tono de enojosa irreverencia. El doctor, que parecía preparado para explicar todas las cosas, tenía siempre un análisis a flor de labios:

—Está acostumbrado a considerar como inferiores a todos los extraños, como menos que humanos.

—La creación de seudo-especies, la llamaba Odo. Sí. Yo creía que tal vez en Urras la gente no pensaba ya de esa manera, puesto que hay allí tantas lenguas y naciones, y hasta visitantes de otros sistemas solares.

—De ésos pocos en verdad, pues los viajes interestelares son muy costosos y lentos. Quizá no siempre sea así —añadió el doctor Kimoe, sin duda con el propósito de halagar a Shevek, o de hacerlo hablar, cosa que Shevek ignoró.

—El segundo oficial —dijo— parece tenerme miedo.

—Oh, en él es fanatismo religioso. Es un epifanista intransigente. Recita las primas todas las noches. Un espíritu absolutamente rígido.

—Entonces ve en mí... ¿qué?

—Un ateo peligroso.

—¡Un ateo! ¿Por qué?

—Bueno, porque usted es un odoniano de Anarres... no hay religión en Anarres.

—¿No hay religión? ¿Somos piedras, en Anarres?

—Una religión establecida, quiero decir... iglesias, credos... —Kimoe se aturullaba con facilidad. Tenía el aplomo común del médico, pero Shevek lo confundía. Todas las explicaciones de Kimoe concluían al cabo de dos o tres preguntas de Shevek en titubeos y vacilaciones. Cada uno de ellos consideraba como válidas ciertas relaciones que el otro ni siquiera vislumbraba. Este curioso asunto de la superioridad y la inferioridad, por ejemplo. Shevek sabía que el concepto de superioridad, de jerarquía relativa, era importante para los urrasti; allí donde un anarresti emplearía la expresión «más importante», los urrasti solían emplear la palabra «superior» como sinónimo de «mejor». Pero ¿qué relación tenía la superioridad con el hecho de ser extranjero? Un enigma entre otros centenares.

—Entiendo —dijo ahora, a medida que aclaraba ese nuevo enigma—. Ustedes no admiten ninguna religión fuera de las iglesias, así como no admiten una moral fuera de las leyes. Curioso, nunca lo había interpretado así, en mis lecturas de libros urrasti.

—Bueno, hoy cualquier persona culta admitiría...

—Es el vocabulario lo que complica las cosas —dijo Shevek, progresando en su descubrimiento—. En právico la palabra religión es poco... No, como dicen ustedes... rara. Insólita. Por supuesto, es una de las Categorías: el Cuarto Modo. Pocas personas aprenden a practicar todos los Modos. Pero los Modos son una consecuencia de las facultades mentales innatas, una aptitud religiosa. No supondrá que hubiéramos podido desarrollar las ciencias físicas sin entender la muy profunda relación que hay entre el hombre y el cosmos.

—Oh, no, de ninguna manera...

—Eso equivaldría, en verdad, a convertirnos en una seudo-especie.

—La gente educada lo comprenderá sin duda, estos oficiales son muy ignorantes.

—Pero entonces, ¿sólo a los fanáticos les permiten viajar por el cosmos?

Todas las conversaciones se asemejaban a ésta, agotadoras para el médico e insatisfactorias para Shevek, y a la vez intensamente interesantes para ambos. Eran el único medio de que disponía Shevek para explorar el mundo nuevo que lo aguardaba. La nave misma, y la mente de Kimoe, le parecían un microcosmos. No había libros a bordo del Alerta, los oficiales evitaban a Shevek, y a la tripulación se le prohibía estrictamente acercarse a él. En cuanto a la mente del doctor, aunque inteligente y bien intencionada sin lugar a dudas, era un verdadero laberinto de artificios intelectuales más enigmáticos aún que todos los aparatos, dispositivos y enseres que colmaban la nave. A estos últimos, Shevek los encontraba entretenidos: todo era tan ostentoso, tan imaginativo y elegante; el mobiliario del intelecto de Kimoe le parecía, en cambio, menos cómodo. Las ideas del médico nunca seguían una línea recta: un rodeo por aquí, un esguince por allá, para acabar chocando contra una pared. Todos los pensamientos de Kimoe estaban cercados por paredes, de cuya existencia no parecía tener idea alguna, aunque no hacía otra cosa que esconderse detrás. Sólo en una oportunidad, durante todos aquellos días de conversación entre los mundos, Shevek vio abrirse una pequeña brecha.

Había preguntado por qué no había mujeres en la nave, y Kimoe le había contestado que el mando de un carguero del espacio no era tarea propia de mujeres. Shevek no dijo nada más; la historia que conocía y su conocimiento de los escritos de Odo eran un contexto suficiente para interpretar aquella respuesta tautológica. Pero el médico le hizo a su vez una pregunta, una pregunta sobre Anarres.

—¿Es cieno, doctor Shevek, que en la sociedad de ustedes tratan a las mujeres exactamente igual que a los hombres?

—Eso equivaldría a desperdiciar un muy buen equipo —respondió, riendo, y cuando advirtió hasta qué punto la idea era ridícula se echó a reír otra vez.

El doctor titubeó, procurando visiblemente sortear uno de sus acostumbrados escollos mentales; luego dijo como azorado:

—Oh, no, no quise decir sexualmente... es obvio que ustedes... que ellas... Me refería a la condición social de las mujeres.

—¿Condición es lo mismo que clase?

Kimoe no encontró modo de explicar lo que significaba condición social, y volvió al tema anterior.

—¿No hay realmente diferencia alguna entre el trabajo de los hombres y el de las mujeres?

—Bueno, no, parece un fundamento demasiado mecánico para establecer una división del trabajo, ¿no lo cree usted así? Una persona elige el trabajo de acuerdo con sus intereses, talento, fuerza. ¿Qué tiene que ver el sexo con todo esto?

—Los hombres son físicamente más fuertes —sentenció el doctor con contundencia profesional.

—Sí, a menudo, y más corpulentos, pero ¿qué puede importar esto si tenemos máquinas? Y si no las tenemos, si hemos de utilizar la pala para cavar y la espalda para cargar, es posible que los hombres sean más rápidos, pero las mujeres son más resistentes... Cuántas veces he deseado tener la resistencia de una mujer.

Kimoe, habitualmente cortés y comedido, clavó en Shevek una mirada escandalizada.

—Pero la pérdida de... de todo lo femenino... de la delicadeza... Ningún hombre podría respetarse a sí mismo. No pretenderá, por cierto, en el trabajo de usted, que las mujeres son iguales. ¿En física, en matemáticas, en el intelecto? No pretenderá rebajarse constantemente al nivel de ellas.

Shevek se sentó en el sillón blando y confortable y miró alrededor. En la pantalla la curva brillante de Urras colgaba aún en el espacio negro como un ópalo azul. Durante los últimos días se había familiarizado con aquella imagen encantadora, y aun con la sala de oficiales, pero ahora los colores brillantes, los asientos curvilíneos, las luces veladas, las mesas de juego, las pantallas de televisión y las alfombras mullidas, todo le parecía tan extraño como cuando lo viera por primera vez.

—No creo pretender demasiado, Kimoe —dijo.

—Por supuesto, he conocido mujeres capaces de pensar como un hombre —se apresuró a decir el médico, consciente de que había estado hablando a los gritos, como aporreando con las manos, pensó Shevek, una puerta cerrada.

Shevek cambió de tema. La cuestión de la superioridad y la inferioridad parecía tener gran importancia en la vida social de los urrasti. Si para respetarse a sí mismo Kimoe tenía necesidad de considerar que la mitad del género humano era inferior a él, ¿cómo harían las mujeres para respetarse ellas mismas? ¿Acaso considerarían inferiores a los hombres? ¿Y de qué modo afectaría todo eso la vida sexual de los urrasti? Sabía por los escritos de Odo que doscientos años atrás las instituciones sexuales más importantes de los urrasti eran el «matrimonio», una asociación autorizada y reforzada por sanciones legales y económicas, y la «prostitución», un término que al parecer sólo se diferenciaba del primero por una mayor liberalidad: la copulación dentro de un contexto económico.

Odo había condenado una y otra, y sin embargo Odo había estado «casada». De todos modos, era posible que las instituciones hubiesen cambiado considerablemente en doscientos años. Si iba a vivir en Urras y con los urrasti, le convenía informarse.

Le parecía extraño que hasta el sexo, fuente de tanto solaz y deleite durante muchos años, pudiese transformarse de la noche a la mañana en un territorio desconocido, en el que tendría que pisar con cautela, consciente de su ignorancia, pero era así. No sólo los insólitos estallidos de sarcasmo y de furia de Kimoe lo habían puesto en guardia, sino también una oscura impresión anterior, que el incidente entre ellos había iluminado de algún modo. Cuando se encontró a bordo de la nave, en los primeros días, durante las largas horas de fiebre y desesperación, lo había sorprendido la blandura complaciente de la cama, una sensación a ratos placentera, a ratos irritante. Aunque no era más que una tarima, el colchón se hundía bajo su cuerpo con una elasticidad acariciadora. Se hundía, cedía con tanta insistencia que todavía ahora, mientras se dormía, tenía siempre conciencia de aquella molicie. Y tanto el placer como la irritación eran de naturaleza claramente erótica. También el artefacto aquel, la boquilla-toalla: el mismo efecto. Un cosquilleo. Y el diseño del mobiliario en la sala de oficiales, las curvas suaves impuestas a la dureza de la madera y el metal, la tersura y la delicadeza de las superficies y texturas: ¿no eran también vaga, sutilmente eróticas? Shevek se conocía lo bastante como para saber que unos pocos días sin Takver, incluso bajo los efectos de una gran tensión, no podían ser suficientes para que se excitara al punto de sentir una mujer en la superficie pulida de cada mesa. No a menos que la mujer estuviese realmente presente.

¿Serían célibes todos los ebanistas urrasti?

Renunció a dilucidar el enigma; no tardaría en resolverlo en Urras.

Momentos antes de que volvieran a atarlo para el descenso, el médico fue a la cabina a verificar los progresos de las diversas inmunizaciones, la última de las cuales, la inoculación de una peste, había dejado a Shevek mareado y con náuseas. Kimoe le dio una nueva píldora.

—Esto lo reanimará para el aterrizaje. —Estoico, Shevek tragó la píldora. El médico buscó algo en el botiquín y de pronto se puso a hablar, agriadamente:

—Doctor Shevek, no creo que se me permita volver a atenderlo, aunque quizá... pero aun así quería decirle que... que yo, que ha sido un inmenso privilegio para mí. No porque... sino porque he aprendido a respetar... a apreciar... simplemente como ser humano, la bondad, la genuina bondad que hay en usted...

No encontrando una respuesta adecuada, atormentado por el dolor de cabeza, Shevek se adelantó, tomó la mano de Kimoe, y dijo:

—¡Entonces volvamos a vernos, hermano!

Kimoe le estrechó la mano nerviosamente, a la usanza urrasti, y salió de prisa de la cabina.


Los desposeídos (3) The dispossessed (3)

Yo voy al mundo de ustedes, no tengo dinero, no podré comprar, de manera que hubiera tenido que traer. I am going to your world, I have no money, I will not be able to buy, so I would have had to bring. Pero ¿cuánto podría traer? Ropa, sí, podría traer un par de mudas. Pero ¿comida? ¿Cómo podría traer comida en cantidad suficiente? No pude traer, no podré comprar. Si tienen interés en que siga viviendo, tendrán que proporcionarme comida. Soy un anarresti, y obligo a los urrasti a comportarse como anarresti: a dar, no a vender. Si lo desean. Naturalmente, no tienen ninguna obligación de conservarme vivo. Soy el Mendigo, ya lo ve.

—De ninguna manera, señor, no, no. Usted es un huésped muy honrado. Le ruego que no nos juzgue por la tripulación de esta nave, son muy ignorantes, hombres limitados... no tiene usted idea de la acogida que le espera en Urras. Al fin y al cabo, usted es un científico famoso mundialmente... ¡galácticamente famoso! ¡Y nuestro primer visitante de Anarres! Las cosas serán muy diferentes cuando lleguemos a Campo Peier, se lo aseguro.

—No dudo que serán diferentes —dijo Shevek.

La Travesía Lunar, de ida o de vuelta, demoraba normalmente cuatro días y medio, pero en esta ocasión se agregaron al viaje de regreso cinco días para la adaptación del pasajero. Shevek y el doctor Kimoe los dedicaron a vacunas y conversaciones, y el capitán del Alerta a mantener la nave en órbita y a echar maldiciones. Cada vez que tenía que hablarle a Shevek empleaba un tono de enojosa irreverencia. El doctor, que parecía preparado para explicar todas las cosas, tenía siempre un análisis a flor de labios: The doctor, who seemed prepared to explain everything, always had an analysis on his lips:

—Está acostumbrado a considerar como inferiores a todos los extraños, como menos que humanos.

—La creación de seudo-especies, la llamaba Odo. Sí. Yo creía que tal vez en Urras la gente no pensaba ya de esa manera, puesto que hay allí tantas lenguas y naciones, y hasta visitantes de otros sistemas solares.

—De ésos pocos en verdad, pues los viajes interestelares son muy costosos y lentos. —One of those few indeed, since interstellar travel is very expensive and slow. Quizá no siempre sea así —añadió el doctor Kimoe, sin duda con el propósito de halagar a Shevek, o de hacerlo hablar, cosa que Shevek ignoró. It may not always be so,” Dr. Kimoe added, no doubt meant to flatter Shevek, or to make him talk, which Shevek ignored.

—El segundo oficial —dijo— parece tenerme miedo.

—Oh, en él es fanatismo religioso. Es un epifanista intransigente. Recita las primas todas las noches. Un espíritu absolutamente rígido.

—Entonces ve en mí... ¿qué? "Then go into me... what?"

—Un ateo peligroso. 'A dangerous atheist.

—¡Un ateo! ¿Por qué?

—Bueno, porque usted es un odoniano de Anarres... no hay religión en Anarres.

—¿No hay religión? ¿Somos piedras, en Anarres? Are we stones, in Anarres?

—Una religión establecida, quiero decir... iglesias, credos... —Kimoe se aturullaba con facilidad. "An established religion, I mean... churches, creeds..." Kimoe was easily flustered. Tenía el aplomo común del médico, pero Shevek lo confundía. He had the common poise of a doctor, but Shevek confused him. Todas las explicaciones de Kimoe concluían al cabo de dos o tres preguntas de Shevek en titubeos y vacilaciones. All Kimoe's explanations ended after two or three questions from Shevek in hesitations and hesitations. Cada uno de ellos consideraba como válidas ciertas relaciones que el otro ni siquiera vislumbraba. Each of them considered as valid certain relationships that the other did not even glimpse. Este curioso asunto de la superioridad y la inferioridad, por ejemplo. Shevek sabía que el concepto de superioridad, de jerarquía relativa, era importante para los urrasti; allí donde un anarresti emplearía la expresión «más importante», los urrasti solían emplear la palabra «superior» como sinónimo de «mejor». Pero ¿qué relación tenía la superioridad con el hecho de ser extranjero? Un enigma entre otros centenares.

—Entiendo —dijo ahora, a medida que aclaraba ese nuevo enigma—. Ustedes no admiten ninguna religión fuera de las iglesias, así como no admiten una moral fuera de las leyes. Curioso, nunca lo había interpretado así, en mis lecturas de libros urrasti.

—Bueno, hoy cualquier persona culta admitiría... "Well, today any educated person would admit...

—Es el vocabulario lo que complica las cosas —dijo Shevek, progresando en su descubrimiento—. En právico la palabra religión es poco... No, como dicen ustedes... rara. Insólita. Por supuesto, es una de las Categorías: el Cuarto Modo. Of course, it is one of the Categories: the Fourth Way. Pocas personas aprenden a practicar todos los Modos. Few people learn to practice all the Modes. Pero los Modos son una consecuencia de las facultades mentales innatas, una aptitud religiosa. No supondrá que hubiéramos podido desarrollar las ciencias físicas sin entender la muy profunda relación que hay entre el hombre y el cosmos.

—Oh, no, de ninguna manera...

—Eso equivaldría, en verdad, a convertirnos en una seudo-especie. "That would be tantamount, indeed, to becoming a pseudo-species."

—La gente educada lo comprenderá sin duda, estos oficiales son muy ignorantes.

—Pero entonces, ¿sólo a los fanáticos les permiten viajar por el cosmos?

Todas las conversaciones se asemejaban a ésta, agotadoras para el médico e insatisfactorias para Shevek, y a la vez intensamente interesantes para ambos. Eran el único medio de que disponía Shevek para explorar el mundo nuevo que lo aguardaba. La nave misma, y la mente de Kimoe, le parecían un microcosmos. No había libros a bordo del Alerta, los oficiales evitaban a Shevek, y a la tripulación se le prohibía estrictamente acercarse a él. En cuanto a la mente del doctor, aunque inteligente y bien intencionada sin lugar a dudas, era un verdadero laberinto de artificios intelectuales más enigmáticos aún que todos los aparatos, dispositivos y enseres que colmaban la nave. A estos últimos, Shevek los encontraba entretenidos: todo era tan ostentoso, tan imaginativo y elegante; el mobiliario del intelecto de Kimoe le parecía, en cambio, menos cómodo. The latter Shevek found entertaining: everything was so ostentatious, so imaginative and elegant; the furniture of Kimoe's intellect seemed, however, less comfortable. Las ideas del médico nunca seguían una línea recta: un rodeo por aquí, un esguince por allá, para acabar chocando contra una pared. Todos los pensamientos de Kimoe estaban cercados por paredes, de cuya existencia no parecía tener idea alguna, aunque no hacía otra cosa que esconderse detrás. All Kimoe's thoughts were surrounded by walls, of whose existence she seemed to have no idea, although she did nothing but hide behind. Sólo en una oportunidad, durante todos aquellos días de conversación entre los mundos, Shevek vio abrirse una pequeña brecha.

Había preguntado por qué no había mujeres en la nave, y Kimoe le había contestado que el mando de un carguero del espacio no era tarea propia de mujeres. Shevek no dijo nada más; la historia que conocía y su conocimiento de los escritos de Odo eran un contexto suficiente para interpretar aquella respuesta tautológica. Pero el médico le hizo a su vez una pregunta, una pregunta sobre Anarres.

—¿Es cieno, doctor Shevek, que en la sociedad de ustedes tratan a las mujeres exactamente igual que a los hombres?

—Eso equivaldría a desperdiciar un muy buen equipo —respondió, riendo, y cuando advirtió hasta qué punto la idea era ridícula se echó a reír otra vez. "That would be a waste of some very good equipment," he replied, laughing, and when he realized how ridiculous the idea was, he laughed again.

El doctor titubeó, procurando visiblemente sortear uno de sus acostumbrados escollos mentales; luego dijo como azorado: The doctor hesitated, visibly trying to avoid one of his usual mental pitfalls; then he said as if embarrassed:

—Oh, no, no quise decir sexualmente... es obvio que ustedes... que ellas... Me refería a la condición social de las mujeres. —Oh, no, I didn't mean sexually... it's obvious that you... that they... I was referring to the social status of women.

—¿Condición es lo mismo que clase? "Is condition the same as class?"

Kimoe no encontró modo de explicar lo que significaba condición social, y volvió al tema anterior.

—¿No hay realmente diferencia alguna entre el trabajo de los hombres y el de las mujeres?

—Bueno, no, parece un fundamento demasiado mecánico para establecer una división del trabajo, ¿no lo cree usted así? "Well, no, it seems too mechanical a basis for establishing a division of labor, don't you think so?" Una persona elige el trabajo de acuerdo con sus intereses, talento, fuerza. A person chooses work according to his interests, talent, strength. ¿Qué tiene que ver el sexo con todo esto?

—Los hombres son físicamente más fuertes —sentenció el doctor con contundencia profesional. "Men are physically stronger," the doctor stated with professional forcefulness.

—Sí, a menudo, y más corpulentos, pero ¿qué puede importar esto si tenemos máquinas? "Yes, often, and bigger, but what does that matter if we have machines?" Y si no las tenemos, si hemos de utilizar la pala para cavar y la espalda para cargar, es posible que los hombres sean más rápidos, pero las mujeres son más resistentes... Cuántas veces he deseado tener la resistencia de una mujer. And if we don't have them, if we have to use the shovel to dig and the back to carry, men may be faster, but women are more resistant... How many times have I wished I had the resistance of a woman.

Kimoe, habitualmente cortés y comedido, clavó en Shevek una mirada escandalizada.

—Pero la pérdida de... de todo lo femenino... de la delicadeza... Ningún hombre podría respetarse a sí mismo. "But the loss of... of everything feminine... of finesse... No man could respect himself." No pretenderá, por cierto, en el trabajo de usted, que las mujeres son iguales. ¿En física, en matemáticas, en el intelecto? No pretenderá rebajarse constantemente al nivel de ellas. He will not seek to constantly lower himself to their level.

Shevek se sentó en el sillón blando y confortable y miró alrededor. Shevek sat down in the soft, comfortable chair and looked around. En la pantalla la curva brillante de Urras colgaba aún en el espacio negro como un ópalo azul. Durante los últimos días se había familiarizado con aquella imagen encantadora, y aun con la sala de oficiales, pero ahora los colores brillantes, los asientos curvilíneos, las luces veladas, las mesas de juego, las pantallas de televisión y las alfombras mullidas, todo le parecía tan extraño como cuando lo viera por primera vez.

—No creo pretender demasiado, Kimoe —dijo.

—Por supuesto, he conocido mujeres capaces de pensar como un hombre —se apresuró a decir el médico, consciente de que había estado hablando a los gritos, como aporreando con las manos, pensó Shevek, una puerta cerrada. "Of course, I've known women who can think like a man," the doctor said quickly, aware that he had been shouting, as if he were pounding with his hands, Shevek thought, on a closed door.

Shevek cambió de tema. La cuestión de la superioridad y la inferioridad parecía tener gran importancia en la vida social de los urrasti. Si para respetarse a sí mismo Kimoe tenía necesidad de considerar que la mitad del género humano era inferior a él, ¿cómo harían las mujeres para respetarse ellas mismas? ¿Acaso considerarían inferiores a los hombres? ¿Y de qué modo afectaría todo eso la vida sexual de los urrasti? Sabía por los escritos de Odo que doscientos años atrás las instituciones sexuales más importantes de los urrasti eran el «matrimonio», una asociación autorizada y reforzada por sanciones legales y económicas, y la «prostitución», un término que al parecer sólo se diferenciaba del primero por una mayor liberalidad: la copulación dentro de un contexto económico.

Odo había condenado una y otra, y sin embargo Odo había estado «casada». Odo had condemned both, and yet Odo had been 'married'. De todos modos, era posible que las instituciones hubiesen cambiado considerablemente en doscientos años. Si iba a vivir en Urras y con los urrasti, le convenía informarse.

Le parecía extraño que hasta el sexo, fuente de tanto solaz y deleite durante muchos años, pudiese transformarse de la noche a la mañana en un territorio desconocido, en el que tendría que pisar con cautela, consciente de su ignorancia, pero era así. No sólo los insólitos estallidos de sarcasmo y de furia de Kimoe lo habían puesto en guardia, sino también una oscura impresión anterior, que el incidente entre ellos había iluminado de algún modo. Not only had Kimoe's unusual outbursts of sarcasm and fury put him on guard, but also an earlier dark impression, which the incident between them had somewhat illuminated. Cuando se encontró a bordo de la nave, en los primeros días, durante las largas horas de fiebre y desesperación, lo había sorprendido la blandura complaciente de la cama, una sensación a ratos placentera, a ratos irritante. Aunque no era más que una tarima, el colchón se hundía bajo su cuerpo con una elasticidad acariciadora. Se hundía, cedía con tanta insistencia que todavía ahora, mientras se dormía, tenía siempre conciencia de aquella molicie. It sank in, yielded so insistently that even now, as he slept, he was always aware of that softness. Y tanto el placer como la irritación eran de naturaleza claramente erótica. También el artefacto aquel, la boquilla-toalla: el mismo efecto. Un cosquilleo. Y el diseño del mobiliario en la sala de oficiales, las curvas suaves impuestas a la dureza de la madera y el metal, la tersura y la delicadeza de las superficies y texturas: ¿no eran también vaga, sutilmente eróticas? Shevek se conocía lo bastante como para saber que unos pocos días sin Takver, incluso bajo los efectos de una gran tensión, no podían ser suficientes para que se excitara al punto de sentir una mujer en la superficie pulida de cada mesa. Shevek knew himself well enough to know that a few days without Takver, even under great stress, could not be enough to make him aroused to the point of feeling a woman on the polished surface of every table. No a menos que la mujer estuviese realmente presente.

¿Serían célibes todos los ebanistas urrasti? Would all Urrasti cabinetmakers be celibate?

Renunció a dilucidar el enigma; no tardaría en resolverlo en Urras.

Momentos antes de que volvieran a atarlo para el descenso, el médico fue a la cabina a verificar los progresos de las diversas inmunizaciones, la última de las cuales, la inoculación de una peste, había dejado a Shevek mareado y con náuseas. Kimoe le dio una nueva píldora.

—Esto lo reanimará para el aterrizaje. —Estoico, Shevek tragó la píldora. El médico buscó algo en el botiquín y de pronto se puso a hablar, agriadamente:

—Doctor Shevek, no creo que se me permita volver a atenderlo, aunque quizá... pero aun así quería decirle que... que yo, que ha sido un inmenso privilegio para mí. No porque... sino porque he aprendido a respetar... a apreciar... simplemente como ser humano, la bondad, la genuina bondad que hay en usted...

No encontrando una respuesta adecuada, atormentado por el dolor de cabeza, Shevek se adelantó, tomó la mano de Kimoe, y dijo:

—¡Entonces volvamos a vernos, hermano! "Then let's meet again, brother!"

Kimoe le estrechó la mano nerviosamente, a la usanza urrasti, y salió de prisa de la cabina. Kimoe shook his hand nervously, Urrasti fashion, and hurried out of the cabin.