Aquella noche, por primera vez desde que todo había empezado, la casa no se movió ni un solo centímetro. A la mañana siguiente, seguía exactamente en el mismo lugar frente a las ruinas de Robledal, como si por fin hubiera encontrado aquello que llevaba tanto tiempo buscando en silencio. Tomás, mirando el paisaje familiar del diario de su padre, convertido ahora en algo real ante sus propios ojos, entendió que la casa nunca había querido asustarlos, sino simplemente devolver a la familia a sus verdaderas raíces antes de que fuera demasiado tarde para recordarlas.