Sorprendido, Tao entendió por fin que el picapedrero, con su trabajo sencillo y constante, tenía un poder que ni el oro, ni el príncipe, ni el sol, ni la nube, ni la montaña habían tenido nunca de verdad: el poder de transformar las cosas con sus propias manos. Tao llamó al espíritu de la montaña por última vez y le dijo: "Quiero volver a ser picapedrero". En ese momento, Tao volvió a tener su martillo, su casa pequeña y su trabajo duro de siempre. Esta vez, sin embargo, se sintió satisfecho con lo que tenía, entendiendo que no necesitaba nada más.