Una tarde, Mateo decidió comerse un libro entero de golpe, en vez de solo un trocito. Era un libro pequeño sobre geografía. Pensó que si un trocito lo hacía más listo, un libro entero sería todavía mejor. Se comió el libro completo, página por página, mientras su cabeza se llenaba de nombres de países, capitales y ríos.
Al terminar, se sintió un poco mareado, pero enseguida se olvidó de esa sensación extraña. Solo pensó en lo mucho que había aprendido.