Aquella condición sumió a Tomás en una profunda indecisión durante varios días. El jardín representaba para él mucho más que simples plantas. Era el último vínculo tangible que le quedaba con su esposa fallecida. Ella lo había plantado y cuidado con sus propias manos años atrás, antes de enfermar gravemente.
La idea de dejarlo morir le resultaba casi tan dolorosa como la propia pérdida de su esposa. Durante varias noches, se debatió entre su amor por el recuerdo vivo y su creciente preocupación por el sufrimiento real que estaba causando entre las familias de todo el pueblo.