Profundamente afectado por aquella revelación, Tomás sintió una culpa abrumadora. Comprendió que su deseo egoísta había estado causando, sin que él lo supiera, un sufrimiento real y creciente entre sus propios vecinos. Le pidió entonces al invierno que deshiciera el pacto de inmediato. Estaba dispuesto a renunciar a cualquier privilegio con tal de detener el daño que estaba provocando en toda la comarca.
Sin embargo, el invierno le explicó que el pacto sólo podía romperse mediante una condición específica. Tomás debía renunciar voluntariamente y para siempre a la eternidad de su propio jardín. Esto significaba permitir que el jardín muriera de forma natural, como cualquier otro jardín ordinario de la región.