El invierno, sin mostrar ningún signo de arrepentimiento, confesó finalmente la verdad completa. Ningún lugar podía escapar por completo al paso natural del tiempo sin que ese equilibrio se compensara en algún otro punto cercano. En este caso, el precio de la eternidad del jardín de Tomás había recaído directamente sobre los campos y los cultivos de toda la región circundante. El equilibrio siempre se cobra, explicó la entidad con frialdad.
Y tú elegiste, aunque no lo supieras entonces, que fueran otros quienes pagaran ese precio en tu lugar durante todo este tiempo.