Poco después, Anselmo reapareció inesperadamente en el pueblo. Esto era tal como Elvira siempre había sospechado que ocurriría en algún momento decisivo de su vida. Le explicó que el hechizo original podía deshacerse por completo si ella renunciaba voluntariamente al poder del retrato. Esto significaba aceptar envejecer de forma natural a cambio de vivir plenamente el tiempo que le quedara, sin restricciones ni miedos.
Elvira, sin dudarlo, esta vez aceptó el trato final. Juntos destruyeron el retrato en una pequeña hoguera improvisada en el jardín. Desde aquel día, envejeció como cualquier otra persona. Sin embargo, vivió cada año restante con una intensidad y una alegría que jamás había conocido durante sus largos años de eterna juventud artificial.