Durante varias semanas, Elvira reflexionó profundamente sobre las palabras de su sobrina. Recordó con dolor los momentos felices que había compartido junto a su esposo antes de su muerte prematura. Comprendió que, en su intento desesperado por conservar la juventud, había terminado renunciando precisamente a lo que hacía que la vida mereciera realmente ser vivida: los vínculos genuinos, la alegría compartida, los recuerdos construidos junto a otras personas. Aunque el miedo a perder su apariencia juvenil seguía presente, empezó a sentir que quizás valía más la pena arriesgarse a vivir plenamente.
Incluso si eso significaba aceptar finalmente el paso natural del tiempo sobre su propio rostro y su propio cuerpo.