Seis meses después de jubilarse, Carmen descubrió que no podía vivir sin tocar. Tocaba en casa, pero los vecinos se quejaban. Tocaba poco tiempo y con el volumen bajo, y eso no era tocar. Era una tortura.
Un día vio un anuncio en el tablón de una cafetería: Se alquila sala con piano, precio razonable, calle Bordadores 7. Fue a verla esa misma tarde. Era una sala pequeña, con una ventana que daba a un patio interior y un piano vertical algo desafinado. Era perfecta.
La alquiló sin pensarlo.