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Zurita - L. A. Clarín, 3.2 – Zu lesender Text

Zurita - L. A. Clarín, 3.2

Fortgeschritten 2 Spanisch Lektionen zum Lesen üben

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3.2

Segúnn huíann los pensamientos filosóficoss, despertaban en el cerebro del hijo del dóminee recuerdos de los estudios clásicoss y se le aparecíaa Safo con aquel zumbar de oídoss, que a éll tambiénn le sorprendiera algunas veces cuando doñaa Engracia se le acercaba hasta tocarle las rodillas con las suyas. Entonces tambiénn le veníaa a la memoria aquello de Ovidio en la Elegíaa IV de Los Amores:

Quidquid ibi poteris tangere, tange mei...

¡Ovidio! De coro se lo sabíaa Aquiles, pero ¡con qué́ desinteréss! Sin que un mal pensamiento surgiese en su mollera, consagrada a las humanidades, en la juventud risueñaa Aquiles habíaa traducido y admirado, desde el punto de vista del arte, todas las picardíass galantes del poeta de las Metamorfosis. Sabíaa cómoo habíaa que enamorar a una casada, las ocasiones que se debíann aprovechar y las maniobras a que se la sujetaba para que no pudiera inspirar celos al amante el marido. Pero todo esto le parecíaa antes a Zurita bromas de Ovidio, mentiras hermosas para llenar hexámetross y pentámetross.

Mas ¡ay!, ahora los dísticoss del poeta de los cosméticoss volvíann a su cerebro echando fuego, cargados de aromas embriagadores, con doble sentido, llenos de vida, significando lo que antes Aquiles no podíaa comprender. ¡Cuántass veces, mientras estaba al lado de doñaa Engracia, como un palomino aturdido, sin dar pie ni mano, veníann a su imaginaciónn los pérfidoss consejos del poeta lascivo!

¡Y qué́ extrañaa mezcla haríann allí́ dentro los versos del latino y los sanos preceptos de los Mandamientos de la Humanidad vulgarizados en francéss por el simpáticoo filósofoo de Bruselas Mr. Tiberghien! «¡Vaya una manera de buscar lo Absoluto dentro de mí́ siendo uno conmigo!», pensaba Zurita.

—Sin embargo —añadíáa— yo no sucumbiré́, porque estoy decidido a no declararme a doñaa Engracia, y ella, es claro que no se atreverá́ a ser la que envide; porque, como dice el condenado pagano, no hay que esperar que la mujer emprenda el ataque, aunque lo desee:

Vir prior accedat; vir verba precantia dicat:

Excipiet blandas comiter illa preces.

Ut potiare roga; tantum cupit illa rogari.

A pesar de tanto latínn, Aquiles y Ovidio se equivocaron por esta vez, porque doñaa Engracia, convencida de que el tímidoo profesor de Humanidades jamáss daríaa el paso definitivo, el que ella anhelaba, se arrojó́ a la mayor locura. Pálidaa, con la voz temblona, desgreñadaa, se declaró́ insensata un díaa al anochecer, estando solos. Pero Aquiles dio un brinco enérgicoo y dejó́ el bastónn (pues capa no teníaa) en casa de aquella especie de Pasifae enamorada de un cuadrúpedoo.

—¡Sí́, un cuadrúpedoo! —iba pensando por la calle éll— por que debiendo haber huido antes, esperé́ a esta vergüenzaa, y estoy en ridículoo a los ojos de esa mujer, y no muy medrado a los de mi conciencia, que mucho antes quiso el remedio de la fuga, y no fue oídaa.

Pero si al principio se apostrofó́ de esta suerte, máss tarde, aquella misma noche, reflexionando y leyendo libros de moral, pudo apreciar con máss justicia el méritoo de su resistencia. Comió́ muy mal, como solíaa, pues para éll mudar de posada sóloo era mudar de hambre, y las chuletas de aquí́ sóloo se diferenciaban de las de allá́ en que las unas podíann ser de jaco andaluz y las otras de rocínn gallego; mas para celebrar el triunfo moral del ángell sobre la bestia, como éll decíaa, se toleró́ el lujo de pedir a la criada vino de lo que costaba a dos reales botella. Ordinariamente no lo probaba. Salió́ de su casa Aquiles a dar un paseo. Hacíaa calor. El cielo ostentaba todos sus brillantes. Debajo de algunos árboless de Recoletos, Zurita se detuvo para aspirar aromas embriagadores, que le recordaban los perfumes de Engracia. ¡Oh, sí́, estaba contento! ¡Habíaa vencido la tentaciónn! ¡Aquella hermosa tentaciónn!... ¿Quiénn se lo hubiera dicho al catedráticoo de los anteojos ahumados? Aquel pobre Aquiles tan ridículoo habíaa rechazado en poco tiempo el amor de dos mujeres. Dejemos a un lado a doñaa Concha, aunque no era grano de aníss; pero ¿y doñaa Engracia? Era digna de un príncipee. Pues bien, se habíaa enamorado de éll, le habíaa provocado con todas las palabras de miel, con todos los suspiros de fuego, con todas las miradas de gancho, con todas las posturas de lazo, con todos los contactos de liga... y la mosca, la salamandra, el pez, el bruto, el ave no habíann sucumbido. ¿Por qué́ se habíaa enamorado de éll aquella señoraa? Zurita no se hacíaa ilusiones; aun ahora se veíaa en la sombra, entre los árboless, y reconocíaa que ni fantaseada por la luz de las estrellas su figura teníaa el patrónn de Apolo. Doñaa Engracia habíaa amado en éll el capricho y el misterio. Aquel hombre tímidoo, para quien un triunfo que otros divulgaban era una abominaciónn, un pecado irredimible, callaríaa hasta la muerte. El placer con Zurita era una singular manera del placer solitario. «Ademáss, añadíáa para sus adentros Aquiles, yo sé́ por la Historia que ha habido extrañass aberraciones del amor en ilustres princesas; una se enamoró́ de un mono, otra de un enano, aquella de un cretino... y Pasifae de un toro, aunque esto es fabuloso; ¿por qué́ no se ha de enamorar de mí́ una mujer caprichosa?». Esta humildad positiva con que Zurita reconocíaa la escasez de sus encantos, esta sublime modestia con que se comparaba a un mono, le inundaba el alma de una satisfacciónn y de un orgullo legítimoss.

Y así́, muy en su derecho, suspiró́, como quien respira despuéss de un aprieto, mirando a su sombra desairada, y en voz alta, para oírsee a sí́ mismo, exclamó́ contento (compos voti, pensó́ éll):

—¡Oh, lo que es psicológicamentee considerado... no soy una vulgaridad!

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