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Español con Juan, Un trauma (1)

Un trauma (1)

Hola, chicos, ¿qué tal?

¿Qué tal va todo? ¿Cómo va la semana?

Espero que (subjuntivo), espero que todo vaya muy bien.

Estamos ya en febrero y supongo que a estas alturas del año ya os habréis dado cuenta de que el año 2023 es un año de mierda, el mismo año de mierda de siempre.

¿Os acordáis de todos esos buenos deseos, de todos esos deseos de paz y de amor que hicimos en las fiestas de Navidad? Todo a la mierda.

¿Os acordáis de todos los buenos propósitos que hicimos al principio del año? Ir al gimnasio, estudiar español todos los días, comer menos chocolate, leer más, comer menos comida basura…

Todo a la mierda.

El año 2023 es el mismo año de mierda de siempre, con una diferencia, con solo una GRAN diferencia respecto al año pasado: somos un año más viejos.

Nada más. El resto, todo igual.

En fin, bueno, perdonad que empiece el episodio de hoy de esta manera, pero es que, de verdad, no veo cómo se puede empezar el año de otro modo. Basta leer los periódicos por la mañana para darse cuenta de que las cosas van de mal en peor…

¿Conocéis esa expresión? De mal en peor. Muy bonita.

Todo va de mal en peor, esto va de mal en peor…

O sea, que una situación que está mal se está haciendo cada vez peor.

Muy bonita expresión que, por desgracia, también es muy útil porque la podéis usar para describir un montón de situaciones diferentes:

Si estáis viendo las noticias en la televisión, podéis decir, por ejemplo, “el mundo va de mal en peor”.

Si vais a hacer la compra al supermercado y veis que los precios de la carne, del pescado o de la verdura están por las nubes, cada vez más caros, podéis decir… “Esto va de mal en peor”. La economía, la inflación, todo va de mal en peor…

POR CIERTO, POR CIERTO…

Acabo de acordarme de algo…

Chicos, chicos, chicos… Acabo de acordarme de algo que había olvidado, algo que había puesto en algún rincón oscuro de mi memoria porque no quería recordarlo…

Pero acabo de… acabo de caer en la cuenta de que… Sí, hace unos días, hace dos o tres días fui a una tienda de comestibles, a un supermercado que hay aquí en mi barrio…

Es un supermercado en el que venden de todo: fruta, verdura, arroz, huevos, leche… Pero es un supermercado independiente, o sea, no es una gran cadena…

Total, lo que quiero decir es que en este supermercado venden productos que son un poco tipo Delicatessen…

No sé si se puede usar esta palabra en español, la verdad. DELICATESSEN. Seguramente sí, seguramente se puede usar porque es una palabra francesa relacionada con la comida y las palabras francesas relacionadas con la cocina se usan mucho en España.

En fin, no sé, no estoy completamente seguro, pero vosotros me entendéis, ¿no? Es una tienda en la que venden muchas cosas muy buenas, pero muy caras.

Y, jo, lo que estaba diciendo, que fui hace unos días a este supermercado Delicatessen porque quería comprar un poco de fruta, tomates…

Chicos, ¿Sabéis cuánto costaban los tomates?

Los tomates costaban ocho Libras, ¡Ocho libras esterlinas el kilo de tomates!

¿Sabéis cuánto costaban las cerezas? ¡16 Libras! ¡16 Libras el kilo de cerezas!

Me quedé estupefacto. Me quedé de piedra. Me quedé patidifuso.

Pero eso no es lo peor…

Lo que ya me dejó totalmente patitieso, absolutamente turulato, fue el precio de los higos…

A mí me han gustado mucho siempre los higos. En verano o en septiembre, mmmmm, no sé cuándo es el tiempo de los higos, pero, yo, de niño, comía a veces higos y me encantaban.. Son muy dulces, ¿no?

Total, los higos de la Delicatessen, a lo que iba, ¿vosotros sabéis cuánto costaban los higos en aquella tienda de comestibles?

Si estáis de pie, por favor, sentaos, coged una silla o un sillón y sentaos porque os podéis caer de espaldas y tener un accidente.. Sentaos, senados…

¿Sabéis cuánto costaban los higos? ¡Una libra! ¡Una libra! ¡Un higo, una libra! No un kilo, no medio kilo… No… ¡Cada higo costaba una libra!

Chicos, chicos, a mí esto me parece IN-DE-CEN-TE.

O sea, ¿pero cómo va a costar un higo una libra?

Pero lo peor, lo peor, en mi opinión, no es que vendan (subjuntivo) higos a una libra. No. ¡Lo peor es que haya gente que los compre! (subjuntivo)

Es que un amigo me decía, “Bueno, yo creo que nadie comprará fruta o verdura a esos precios… ¿Quién va a comprar higos a una libra cada higo?”

Bueno, yo estoy convencido de que hay gente que los compra. Estoy seguro de ello porque si no, si la gente no comprara a esos precios, si no hubiera clientes capaces de pagar esos precios, si la tienda no vendiera los higos a una libra cada uno o los tomates a ocho libras el kilo, si no hubiera gente que comprara, la tienda no tendría esos productos a la venta. ¿No?

Eso es DE CAJÓN.

ESO ES DE CAJÓN.

Esa, por cierto, es una expresión muy bonita, muy tradicional, de España. Algo de cajón es algo obvio.

Si alguien te dice algo que para ti es obvio, pues, tú le puedes decir, “eso es de cajón”.

Pues, bueno, en fin, para mí es de cajón que si en esa tienda tienen higos a una libra cada uno, tomates a 9 libras el kilo y cerezas a 16 libras el kilo… es, es porque los venden… es porque hay gente que compra a esos precios…

Yo, de verdad, quisiera ver qué tipo de gente compra a esos precios…

Total, que me quedé patidifuso, me quedé turulato, me quedé estupefacto…

Me quedé de piedra.

No me sorprendía tanto de algo desde…

Bueno, yo creo que desde aquella vez que intenté ligar con una chica española en el metro de Londres.

Creo que no os lo he contado nunca, pero eso fue una experiencia, una experiencia traumática para mí que me marcó y cambió el resto de mi vida para siempre.

Resulta que yo estaba en el metro, en el andén, esperando a que llegase el metro, ¿no?

Y mientras esperaba, vi que cerca de mí había una chica muy guapa.

Estoy hablando de hace unos veinte años, más o menos, ¿eh?

Yo llevaba en Londres, no sé, quizás llevaba cinco o seis años aquí en Londres.

Total, que vi a aquella chica muy guapa cerca de mí. Era una chica morena, con el pelo largo. Bajita. No guapísima, tampoco es que fuese guapísima, pero, en fin, a mí me gustaba…

Total, que me fijé en ella, ¿no? Me llamó la atención.

Lo que más me llamó la atención es que era española. Claro, vosotros diréis, ¿cómo sabes que era española?

Pues, bueno, no sé, había algo en la forma en la que se movía, en la forma en que sonreía, en la forma en la que cruzaba las piernas… Había algo en la forma en la que movía las manos, en los gestos de la cara… Había algo que me hacía pensar que aquella chica era española.

Es un poco difícil de explicar, pero yo sí, yo tenía la impresión de que era española… Tenía algo, tenía algo…

Bueno, algo que también me hacía pensar que era española es que estaba leyendo El País, que es un periódico español, claro.

Alguien que lee El País en Londres solo puede ser de España…

O sea, no es que yo fuera un genio, tampoco. Las cosas como son. Era de cajón. Era de cajón que era una chica española.

Total, que yo, como me gustaba mucho aquella chica, hice algo que normalmente nunca hago: intentar ligar con ella.

O sea, yo, jamás, jamás he intentado ligar con nadie en la calle o en un bar… No es mi estilo. Soy muy tímido y, bueno, no me gusta eso de acercarme a una mujer, a una chica, para intentar ligar con ella… No, no es lo que yo suelo hacer.

PERO aquel día, no sé, aquel día, aquella chica me gustaba tanto, no sé…

Fue algo impulsivo, algo que hice sin pensar.

Me fui hacia ella y le dije, así, de sopetón, “¿Eres española?”

La tía, claro, dejó de leer el periódico, levantó la cabeza hacia mí y me dijo sonriendo:

—¡Sí! Soy de Madrid.

A mí en cuanto aquella tía me miró con aquella sonrisa me empezaron a temblar las piernas, os lo digo de verdad.

Y me quedé en blanco. O sea, no sabía qué decirle.

“¿Y ahora qué le digo?” pensé yo. ¿No? Porque todo había sido un impulso. Me había acercado a ella de forma impulsiva, sin pensar, sin un plan…

No tenía ningún plan, no sabía qué decirle ni hacia dónde llevar la conversación…

Y, entonces, bueno, le pregunté la única cosa que se me ocurrió en aquel momento:

“Perdona, ¿sabes dónde hay una buena escuela de inglés?”

No tengo ni idea de por qué le pregunté eso, pero eso fue lo que le pregunté. Si conocía una buena escuela de inglés.

Y a la tía, claro, bueno, se le iluminó la cara, me sonrió y empezó a explicarme donde había buenas escuelas para aprender inglés, las que eran más baratas, las que estaba mejor… Y, bueno, nada, empezamos a hablar de Londres, de lo difícil que era aprender inglés para los españoles, del tiempo tan feo que hace en Inglaterra, de lo que echábamos de menos de España…

Total, que conectamos un poco, ¿no? Había química, como se suele decir, había química entre nosotros.

Y nada, llegó el metro y nos subimos.

Yo estaba nervioso, pero contento porque íbamos en la misma dirección, ¿no? O sea, bueno, yo ya me estaba haciendo ilusiones y estaba, en fin, planeando qué hacer o qué decirle, para quedar con ella, ¿no? Yo lo que quería era quedar con la tía y, bueno, empecé a darle vueltas en la cabeza… Mientras ella me hablaba, yo la verdad es que casi no hacía mucho caso de lo que me decía, no la escuchaba, porque iba pensando todo el tiempo en qué decirle para quedar con ella, qué excusa le podía dar para quedar con ella algún día…

Y de repente… de repente pasó algo que me hundió completamente, chicos. Algo que no me esperaba y que me dejó completamente chafado, hundido…

Resulta que en un cierto momento, veo que la tía se para, deja de hablar, se calla y me mira. Me mira como si fuera la primera vez que me veía, como si realmente no me hubiera visto hasta ese momento…

Y entonces, le cambia la cara. Pierde la sonrisa, deja de sonreír. Le cambia la voz. Se pone más seria y al cabo de un rato me dice…

—”Pero usted… ¿Usted cuánto tiempo lleva viviendo en Londres?”

Chicos, chicos… Aquel “usted”, aquel “usted” que me dijo aquella chica fue como un cuchillo, cuando me dijo “usted” fue como si me hubiera clavado un cuchillo en el corazón.

Me quedé hecho pedazos, me quedé hecho mierda, me quedé hecho polvo…

De repente, fui consciente de que yo ya no era joven, de repente me hice viejo. En un instante me sentí viejo. Pasé de ser joven a viejo en cuestión de segundos.

Fue terrible.

Me di cuenta de que aquella chica no me veía como a alguien cercano, como a alguien de su edad, sino como a un viejo, como alguien mucho mayor que ella.

Me sentí ridículo. Me sentí estúpido.

Y nada, me sentí tan mal que le dije que me tenía que bajar, que me había acordado de que tenía que hacer algo y que me tenía que bajar en la siguiente estación… Y eso hice. Me daba tanta vergüenza continuar allí en el metro hablando con ella, que decidí que me tenía que bajar en la siguiente estación.

¡Qué vergüenza! ¡Qué vergüenza me dio, chicos!

Es que, además, era la primera vez que alguien me llamaba de usted.

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