Salud y república (2)
Ella siempre contaba que había entrado en un portal para refugiarse y que allí un señor con sombrero se le acercó por detrás y le dijo en voz baja, al oído: “Señorita, váyase usted a su casa inmediatamente. Cuando estos empiezan a pedir libertad, lo que quieren es el caos, el desorden y hacer lo que les dé la gana sin respeto a la autoridad. Una señorita como usted no debería estar aquí”.
Mi tía entonces se asustó aún más y se fue de allí a paso ligero, casi corriendo.
Ella decía que desde aquel día, el 14 de abril de 1931, para ella la palabra “república” estaba asociada a desorden, caos, peligro, violencia…
Yo entonces todavía no lo sabía, pero luego aprendí que aquel día, el 14 de abril de 1931, fue el día en el que se proclamó la Segunda República. La escena que había vivido mi tía en Granada, y que tanto miedo le había causado, tuvo lugar también en otras muchas ciudades de España.
Aquel mismo día, tan solo unas horas después de que los partidos monárquicos que lo apoyaban sufrieran una gran derrota en las elecciones municipales, el rey Alfonso XIII decidió que era mejor dejar España, al menos durante un tiempo.
En cuanto se supo que el rey había abandonado el país, los partidarios de la República se echaron a la calle en numerosas ciudades para exigir el cambio de régimen.
Esa misma tarde-noche del 14 de abril, mientras el rey partía al exilio, en Madrid se proclamaba oficialmente la República.
Todo se había desarrollado de una forma rápida y trepidante, casi dramática. Había sido una cuestión de horas. España se había acostado una noche siendo monárquica y se había levantado a la mañana siguiente siendo republicana.
Más tarde me enteré de que lo que mi tía había vivido con miedo, con ansiedad, como un peligro, como una amenaza, otros, sin embargo, lo habían vivido como una fiesta, con alegría, como una liberación, como un sueño que finalmente se cumplía: España era, por fin, una república.
A diferencia de mi tía, muchos españoles habían vivido aquel 14 de abril de 1931 con mucha esperanza, con la esperanza de que en el futuro España fuese un país más libre, más justo y más alegre.
Sin embargo, los años siguientes, los años de la Segunda República, no sirvieron para tranquilizar mucho a mi tía, la verdad.
Los diferentes gobiernos de la República intentaron llevar a cabo reformas importantes del país que buscaban la modernización de España a nivel político, económico y social, pero nadie parecía estar contento con estos cambios.
Para la izquierda más radical, estas reformas se quedaban cortas, es decir, eran insuficientes y llegaban demasiado tarde. Los socialistas más radicales, los comunistas y los anarquistas reclamaban cambios más profundos y rápidos, lo que en muchas ocasiones dio lugar a desórdenes callejeros y huelgas violentas, o, como en el caso de Asturias, intentonas revolucionarias que acabarían en un baño de sangre; cada vez eran más frecuentes los enfrentamientos armados entre militantes de extrema derecha y de extrema izquierda, así como la quema de iglesias y conventos y los asesinatos de destacados políticos, como el diputado conservador Joaquín Calvo Sotelo.
Los sectores más derechistas de la población, por su parte, acusaban a los gobiernos de la República de tolerar estos desórdenes o incluso de ser sus cómplices y tenían miedo de que se acabase por romper la unidad de España como nación o que terminase triunfando una revolución comunista. Además, veían muchas de las reformas de los gobiernos republicanos como un ataque a la Iglesia Católica, a la moral y a los valores más tradicionales.
La gente de derechas vivía siempre con la amenaza de que hubiera un revolución comunista o de que el caos y la anarquía se apoderasen completamente del país; la gente de izquierdas, por su parte, temía que el ejército diera un golpe de estado y mucha gente se preguntaba no “SI los militares darían un golpe…”, sino “CUÁNDO darían el golpe…”
De hecho, una buena parte del ejército, animado por la derecha más radical, se sentía responsable del destino de España y muchos militares pensaban que era su deber intervenir por la fuerza si consideraban que los políticos ponían la patria en peligro o no eran capaces de mantener el orden.
Lo que al final, como sabemos, terminó sucediendo: el 18 de julio de 1936 se produjo el levantamiento armado de una parte del ejército contra la República y empezó una Guerra Civil que duraría tres años y desembocaría en la dictadura del general Franco.
Pero de todo eso ya hablaremos otro día.
Por el momento solo quería recordar algo que me parece importante a las personas que se preguntan por qué España es actualmente una monarquía: a la muerte de Franco, muchos españoles pensaban que la forma del Estado debería volver a ser la república. Al fin y al cabo, ese era el sistema de gobierno legítimo contra el que se habían levantado los militares en 1936. Además, muchos recordaban los años de la Segunda República como un tiempo en el que se habían intentado hacer leyes más justas para aliviar las condiciones tan miserables en las que vivían los trabajadores y los campesinos y mejorar la educación y la salud del pueblo, dar el voto a las mujeres, legalizar el divorcio, separar la Iglesia del Estado… En fin, lo que se buscaba era modernizar el país y sacarlo del atraso al que había estado sometido desde hacía siglos por la Monarquía, la Iglesia y las clases altas, que se negaban a ceder sus privilegios.
Sin embargo, también es verdad que había mucha gente conservadora, tradicional, católica, como mi tía la mayor, que no querían ni oír hablar de república y asociaban esta forma de gobierno al caos, al desorden, a la inmoralidad, al ateísmo, a los ataques a la religión, a la revolución comunista y a la violencia política.
Quizás era porque habían vivido los convulsos años de la república de forma traumática, como un periodo caótico lleno de violencia política o, tal vez, porque el franquismo les había lavado el cerebro durante cuarenta años, exagerando y tergiversando lo que en realidad había pasado durante la Segunda República, pero el caso es que mucha gente no estaba dispuesta a tolerar que España fuese de nuevo un país republicano.
Es decir, a la muerte de Franco, cuarenta años después del fin de la Guerra Civil, seguía habiendo dos Españas: una España de derechas, conservadora, religiosa y tradicional y una España de izquierdas, progresista, anticlerical y revolucionaria.
Estas eran las dos Españas que se habían enfrentado en la Guerra Civil que durante tres años, de 1936 a 1939, asoló el país y provocó miles de muertos y represaliados.
Ahora, en 1975, con el dictador desaparecido, el fantasma de un nuevo enfrentamiento armado entre españoles volvía a aparecer y muchos temían que se produjera una nuevo baño de sangre.
Tras la muerte de Franco, eso era lo que había que evitar a toda costa: un nuevo enfrentamiento armado. Eso era lo más urgente en aquellos momentos.
Fue en este contexto que la mayoría de los partidos políticos españoles, incluso los más republicanos, el Partido Socialista y el Partido Comunista de España incluidos, aceptaron que la forma de gobierno en España fuera, al menos de momento, la Monarquía.
Lo fundamental era que hubiera democracia, que volvieran los exiliados, que se amnistiaran y se dejaran en libertad a los presos políticos que había en las cárceles; que se legalizaran todos los partidos, que hubiera elecciones para elegir al gobierno…
En suma, lo verdaderamente importante era que hubiese democracia. Si la forma de gobierno era la República o la Monarquía, eso, por el momento, era secundario.
Los españoles de aquella época, especialmente los partidarios de la República, entendieron que no valía la pena discutir de si era mejor la república o la monarquía y arriesgarse a un nuevo enfrentamiento entre españoles.
Los partidos republicanos continuaron siendo republicanos sobre el papel, pero entendieron que en aquellos momentos no valía la pena empecinarse en ese tema cuando había otras cosas más importantes y más urgentes por hacer, como escribir una Constitución democrática, por ejemplo.
De hecho, los barbudos que mi tía y yo vimos aquel día ondeando la bandera republicana por las calles de Granada no volvieron a verse. Los partidos de izquierda dieron órdenes a sus militantes de no exhibir la bandera tricolor y aceptar en cambio, como única bandera de España, la bandera roja y amarilla, la bandera monárquica.
La bandera tricolor traía malos recuerdos a muchos españoles y podía verse como una provocación por parte del ejército.
El debate sobre la forma del Estado se aplazaba así temporalmente. Más adelante, cuando la situación política fuese más estable, ya intentarían establecer de nuevo la República en España.
Además, Juan Carlos I, aunque había sido nombrado por Franco como su sucesor (y de hecho elogiaba la figura de Franco) había dicho que quería ser el rey de TODOS los españoles.
¿Sería verdad? ¿Sería de verdad Juan Carlos I el rey de TODOS los españoles, incluidos los españoles republicanos, aquellos que perdieron la Guerra Civil?
Bueno, de eso hablaremos otro día.
Por ahora lo dejamos aquí. Ahora tengo que ir a lavar los platos, pasar la aspiradora y poner un poco de orden en la casa que está todo por medio. Está todo hecho un desastre y, como diría mi pobre tía si estuviera aquí y la pudiera ver, tengo la casa que “parece una república”.
¡Un saludo y hasta pronto!