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Español con Juan, De los nervios

De los nervios

Una de las cosas que más me pone nervioso es…

Bueno, a mí hay muchas cosas que me ponen nervioso, la verdad. Sería más corto y acabaríamos antes si os contara las cosas que no me ponen nervioso…

Pero prefiero hablar de lo que me pone nervioso porque así el podcast es más divertido. Sería muy aburrido hablar de lo que no me pone nervioso, de lo que no me causa ningún tipo de problema, ¿no? Sería superaburrido.

Y además porque contando lo que me pone de los nervios, pues me desahogo. Saco fuera todas mis neurosis, mis conflictos internos, mis obsesiones, mis miedos, mis frustraciones…

En realidad, este podcast para mí es como hacer terapia. Yo aquí cuento mis miedos, mis frustraciones, las cosas que odio, las cosas que me dan vergüenza…

Sí, este podcast es un poco como ir al psicólogo. Cuando vas al psicólogo haces más o menos lo que yo hago aquí: cuentas cómo te va la vida, las cosas que te han pasado, las cosas que odias en tu vida, las cosas que hiciste mal en el pasado, las cosas de las que te arrepientes, lo que no volverías a hacer, lo que ya es demasiado tarde para hacer…

En fin, este podcast para mí, sí, es como ir al psicoanalista.

La diferencia es que los psicoanalistas cuestan un ojo de la cara y este podcast a mí me sale gratis. O sea, me estoy ahorrando una pasta en psicoanalistas gracias a vosotros, chicos.

En realidad, debería pagaros yo a vosotros por escuchar mi podcast.

En fin, a lo que iba, que a mí hay muchas cosas que me ponen muy nervioso, pero una de las cosas que más nervioso me ponen es la gente que hace generalizaciones sobre un país, sobre cómo son las personas de un país.

Hay gente, por ejemplo, que sabe perfectamente cómo son los españoles, su modo de vida, sus costumbres, basándose, por ejemplo, en una visita de fin de semana a Barcelona o quizás después de haber hablado cinco minutos con un tío de Murcia o de Valladolid que han conocido en la parada del autobús.

Si el tío era simpático, joven y alegre, entonces todos los españoles son simpatiquisimos, abiertos, extrovertidos, fiesteros, ruidosos…

Si el tío era antipático y serio, entonces todos los españoles son aburridísimos, tristes, cerrados, introvertidos…

Cuando trabajaba en la universidad, había un profesor inglés que había vivido muchos años en España, en Barcelona. Hablaba español muy bien. Y siempre me decía: “tío, no pareces andaluz. Eres muy serio y los andaluces son muy extrovertidos, muy alegres”.

Claro, yo soy cómo soy. Cada uno es cómo es. Yo no puedo ser alegre y gracioso porque he nacido en Andalucía.

Y yo intentaba explicarle al tío que, bueno, que no todos los andaluces somos alegres, fiesteros y juerguistas…

Pero el tío no me escuchaba. Al tío lo que yo le decía le entraba por un oído y le salía por el otro. El tío seguía erre que erre: “Tú no pareces andaluz. Eres muy serio. Los andaluces son muy graciosos”.

Vamos que, según él, un andaluz nunca puede sentirse triste, ni enfadarse, ni ponerse nervioso… Un andaluz nunca está serio, nunca está mal… Un andaluz está siempre alegre, siempre tiene ganas de juerga, de salir, de ir de copas, de ir de fiesta…

Si a un andaluz se le muere el perro o acaba de enterrar a su madre, da igual. El andaluz se va de bares, se emborracha, se pone a contar chistes, sale con sus amigos…

¡OLE, OLE!

Un día ese profesor de inglés me dijo: “No, es que yo tengo dos amigos de Córdoba. Y son muy divertidos. Tú eres más serio que ellos”.

O sea, el tío conocía a dos andaluces. Dos. De Córdoba. Y como yo no hablaba como ellos, ni era, parece, tan gracioso como ellos, entonces yo no parecía andaluz”.

O sea, este tío tenía, como se dice normalmente, los huevos cuadrados. Los huevos son los cojones. Hablando mal y claro.

Los huevos normalmente tienen esta forma. Forma de huevo. Son redondos.

Y se dice que alguien tiene los cojones cuadrados, o sea los huevos cuadrados, cuando razona de un modo absurdo, cuando dice cosas que no tienen ni pies ni cabeza…

Y para colmo el tío era profesor de inglés y había vivido en España. O sea, alguien que se supone que tenía que tener una mentalidad un poco más abierta, ¿no?

En fin, ese es el tipo de gente que a mí me pone nervioso.

Hace unos años conocí también a un chico italiano aquí en Londres. Otro, otro tío que tenía los cojones cuadrados.

Se llamaba Giovanni. Giovanni odiaba a los franceses, a todos sin excepción y adoraba a todos los argentinos, también a todos, sin excepción.

Decía que los franceses eran sucios, maleducados y muy arrogantes. Los argentinos, en cambio, eran, según él, amables, reservados, bien educados, modestos y tenían un buen nivel de inglés.

Cuándo le pregunté a Giovanni en qué basaba sus opiniones, el tío me dijo que una vez, hacía años, había compartido piso en Londres con dos chicos: uno de París y otro de Buenos Aires.

Me contó que con el francés tuvo más de una bronca (una bronca es una discusión, una pelea, una discusión un poco fuerte, con palabras un poco fuertes) y, eso, Giovanni decía que tuvo una bronca con el chico francés porque el tío no lavaba los platos después de comer, no limpiaba el baño cuando le tocaba, no sacaba la basura por la noche, se duchaba poco y se metía siempre donde no lo llamaban, o sea, que le interesaba la vida privada de los demás y a menudo daba consejos que nadie le había pedido. Además, según Giovanni, el tío de París hablaba inglés con un acento francés muy fuerte y apenas se entendía lo que decía.

Total, que a Giovanni, el francés le caía fatal.

En cambio, el argentino, según Giovanni, era muy limpio y muy ordenado, siempre sonreía, nunca daba consejos que nadie le había pedido, no se metía donde no lo llamaban y hablaba inglés con un acento muy bonito.

O sea, en Francia hay no sé cuántos millones de habitantes, pero Giovanni pretendía saber cómo eran todos los franceses a partir de su experiencia con aquel chico francés con el que había compartido piso durante unos meses.

Y lo mismo de los argentinos. Como le había ido bien con aquel chico argentino, entonces, según él, los no sé cuántos millones de argentinos que hay en el mundo eran todos amables, simpáticos, bien educados, reservados, limpios y hablaban inglés con un acento excelente.

Estoy seguro de que vosotros habéis conocido a gente como Giovanni. De hecho, yo creo que es bastante frecuente hacer este tipo de generalizaciones sin fundamento sobre la gente de otros países.

De hecho, a mí una cosa que me pone muy nervioso es la gente que usa frases del tipo: los españoles son… los italianos son… los alemanes son…

Yo, sinceramente, no entiendo como en el año 2023 se puede todavía usar ese tipo de frases.

Los españoles son, los italianos son, los alemanes son…

Hay un refrán que dice que “cada uno es hijo de su padre y de su madre”, lo que quiere decir que cada persona es diferente, que cada uno de nosotros tiene una experiencia diferente y una forma de ser diferente y particular. Por lo tanto, decir que todas las personas de un determinado país son iguales es, sencillamente, una majadería.

Por supuesto que en cada país hay una cultura diferente, unas costumbres diferentes, una historia diferente, una forma de ver la vida diferente… y que, obviamente, el estilo de vida y la forma de ser y la cultura de, por ejemplo, un país como Japón, claro, es muy diferente de la cultura y el estilo de vida de EEUU o de Italia, por ejemplo. Eso es de cajón. Eso es obvio.

Pero de ahí a pretender conocer la cultura y la forma de ser de todos los japoneses después de haber ido a comer sushi un día en un restaurante japonés, pues, qué queréis que os diga, me parece un poco pasarse. Pasarse tres pueblos, vamos. O sea, una exageración.

Yo entiendo que se hagan este tipo de comentarios sobre las personas de otro país de broma, en plan bueno, bueno, pues, lo que sea, sí, por hacernos unas risas, ¿no? O sea, si tú dices un día con tus amigos, “oye, es que los alemanes nacen con una botella de cerveza en la mano. Y los rusos no beben agua, beben vodka”.

Vale, eso, como chiste, como broma, como algo así informal para pasar el rato, para hacer una gracia, pues, bueno, no pasa nada, lo puedes decir… Pero de broma, no en serio.

El problema del profesor inglés y el problema de Giovanni es que ellos hablaban en serio.

Eso es para ponerse a mear y no echar gotas, tío.

Esto me lleva a hablar de otro tipo de gente que me pone muy nervioso. Otro tipo de gente que me pone de los nervios.

Por ejemplo, seguramente habrá alguien ahora, aquí, escuchando este podcast, alguien de Inglaterra, por ejemplo que se habrá sentido ofendido porque he dicho que el profesor del que hablaba antes era inglés. Y habrá otros que se habrán ofendido porque el tío que hablaba mal de los franceses era italiano. Y habrá gente de Rusia que se habrá ofendido porque he dicho que los rusos beben Vodka. Y habrá alemanes que también se habrán ofendido porque he dicho que los alemanes beben mucha cerveza. Y habrá franceses que se habrán ofendido porque he hablado mal de los franceses…

Y, claro, también habrá gente (me lo estoy imaginando) que se habrán ofendido porque he dicho cojones. Que es una palabrota.

O sea, a mí la gente que no entiende el contexto de una frase, que no entiende la ironía, que no sabe distinguir lo que es serio de lo que es broma, que se toman todo al pie de la letra, literalmente…

Sinceramente a mí ese tipo de gente me parece, como diría mi hermano Pepe: INSOPORTABLE.

Me ponen muy muy de los nervios, tío.

Bueno, chicos, lo dejamos aquí por hoy. Otro día seguimos hablando de gente que me pone de los nervios…

Por cierto… Ahora caigo que tampoco hoy os he contado el chiste del perro gorilero. El mejor chiste de la historia.

En fin, bueno, otra vez será. La próxima semana os contaré el chiste del perro gorilero. El mejor chiste de la historia. El chiste más divertido que jamás he escuchado.

¡Hasta pronto! Nos vemos, no, no nos vemos, nos escuchamos en el próximo episodio de nuestro podcast, aquí en Español Con Juan.

¡Hasta pronto!

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