El principito (6)
Puesto que es ella la rosa que puse bajo un globo. Puesto que es ella la rosa que abrigué con el biombo. Puesto que es ella la rosa cuyas orugas maté (salvo las dos o tres que se hicieron mariposas). Puesto que es ella la rosa a la que escuché quejarse, o alabarse, o aun, algunas veces, callarse. Porque ella es mi rosa.
Y volvió hacia el zorro:
—Adiós —dijo.
—Adiós —dijo el zorro—. He aquí mi secreto. Es muy simple: no se ve bien sino con el corazón. Lo esencial es invisible a los ojos.
—Lo esencial es invisible a los ojos —repitió el principito, a fin de acordarse.
—El tiempo que perdiste por tu rosa hace que tu rosa sea tan importante.
—El tiempo que perdí por mi rosa… —dijo el principito, a fin de acordarse.
—Los hombres han olvidado esta verdad —dijo el zorro—. Pero tú no debes olvidarla. Eres responsable para siempre de lo que has domesticado. Eres responsable de tu rosa…
—Soy responsable de mi rosa… —repitió el principito, a fin de acordarse.
XXII
—Buenos días —dijo el principito.
—Buenos días —dijo el guardagujas.
—¿Qué haces aquí? —dijo el principito.
—Clasifico a los viajeros por paquetes de mil —dijo el guardaagujas—. Despacho los trenes que los llevan, tanto hacia la derecha como hacia la izquierda.
Y un rápido iluminado, rugiendo como el trueno, hizo temblar la cabina de las agujas.
—Llevan mucha prisa —dijo el principito—. ¿Qué buscan?
—Hasta el hombre de la locomotora lo ignora —dijo el guardaagujas.
Y un segundo rápido iluminado rugió, en sentido inverso.
—¿Vuelven ya? —preguntó el principito.
—No son los mismos —dijo el guardaagujas—. Es un cambio.
—¿No estaban contentos donde estaban?
—Nadie está nunca contento donde está —dijo el guardaagujas. Y rugió el trueno de un tercer rápido iluminado.
—¿Persiguen a los primeros viajeros? —preguntó el principito.
—No persiguen absolutamente nada —dijo el guardaagujas—. Ahí adentro duermen o bostezan. Sólo los niños aplastan sus narices contra los vidrios.
—Sólo los niños saben lo que buscan —dijo el principito—. Pierden tiempo por una muñeca de trapo y la muñeca se transforma en algo muy importante, y si se les quita la muñeca, lloran…
—Tienen suerte —dijo el guardaagujas.
XXIII
—Buenos días —dijo el principito.
—Buenos días —dijo el mercader.
Era un mercader de píldoras especiales que aplacan la sed. Se toma una por semana y ya no se siente necesidad de beber.
—¿Por qué vendes eso? —dijo el principito.
—Es una gran economía de tiempo —dijo el mercader—. Los expertos han hecho cálculos. Se ahorran cincuenta y tres minutos por semana.
—¿Y qué se hace con esos cincuenta y tres minutos?
—Se hace lo que se quiere…
«Yo —se dijo el principito—, si tuviera cincuenta y tres minutos para gastar, caminaría tranquilamente hacia una fuente…»
XXIV
Estábamos en el octavo día de mi avería en el desierto y había escuchado la historia del mercader bebiendo la última gota de mi provisión de agua.
—¡Ah! —dije al principito—. Tus recuerdos son muy bonitos, pero todavía no he reparado mi avión, no tengo nada para beber y yo también sería feliz si pudiera caminar tranquilamente hacia una fuente.
—Mi amigo el zorro… —me dijo.
—Mi pequeño hombrecito, ¡ya no se trata del zorro!
—¿Por qué?
—Porque nos vamos a morir de sed…
No comprendió mi razonamiento y respondió:
—Es bueno haber tenido un amigo, aun si vamos a morir. Yo estoy muy contento de haber tenido un amigo zorro…
«No mide el peligro —me dije—. Jamás tiene hambre ni sed. Un poco de sol le basta…»
Pero me miró y respondió a mi pensamiento:
—Tengo sed también… Busquemos un pozo…
Tuve un gesto de cansancio: es absurdo buscar un pozo, al azar, en la inmensidad del desierto. Sin embargo, nos pusimos en marcha.
Cuando hubimos caminado horas en silencio, cayó la noche y las estrellas comenzaron a brillar. Las veía como en sueños, con un poco de fiebre, a causa de mi sed. Las palabras del principito danzaban en mi memoria:
—¿También tú tienes sed? —le pregunté.
Pero no respondió a mi pregunta. Me dijo simplemente:
—El agua puede también ser buena para el corazón…
No comprendí su respuesta, pero me callé… Sabía bien que no había que interrogarlo.
Estaba fatigado. Se sentó. Me senté cerca de él. Y, después de un silencio, dijo aún:
—Las estrellas son bellas, por una flor que no se ve…
Respondí «por supuesto» y, sin hablar, miré los pliegues de la arena bajo la luna.
—El desierto es bello —agregó.
Es verdad. Siempre he amado el desierto. Puede uno sentarse sobre un médano de arena. No se ve nada. No se oye nada. Y sin embargo, algo resplandece en el silencio…
—Lo que embellece al desierto —dijo el principito— es que esconde un pozo en cualquier parte…
Me sorprendí al comprender de pronto el misterioso resplandor de la arena. Cuando era muchachito vivía yo en una antigua casa y la leyenda contaba que allí había un tesoro escondido. Sin duda, nadie supo descubrirlo y quizá nadie lo buscó. Pero encantaba toda la casa. Mi casa guardaba un secreto en el fondo de su corazón…
—Sí —dije al principito—; ya se trate de la casa, de las estrellas o del desierto, lo que los embellece es invisible.
—Me gusta que estés de acuerdo con mi zorro —dijo.
Como el principito se durmiera, lo tomé en mis brazos y volví a ponerme en camino. Estaba emocionado. Me parecía cargar un frágil tesoro. Me parecía también que no había nada más frágil sobre la Tierra. A la luz de la luna, miré su frente pálida, sus ojos cerrados, sus mechones de cabellos que temblaban al viento, y me dije: «Lo que veo aquí es sólo una corteza. Lo más importante es invisible…».
Como sus labios entreabiertos esbozaran una media sonrisa, me dije aún: «Lo que me emociona tanto en este principito dormido es su fidelidad por una flor, es la imagen de una rosa que resplandece en él como la llama de una lámpara, aun cuando duerme…». Y lo sentí más frágil todavía. Es necesario proteger a las lámparas; un golpe de viento puede apagarlas…
Caminando así, descubrí el pozo al nacer el día.
XXV
—Los hombres —dijo el principito— se encierran en los “rápidos” pero no saben lo que buscan. Entonces se agitan y dan vueltas.
Y agregó:
—No vale la pena…
El pozo al cual habíamos llegado no se parecía a los pozos del Sahara. Los pozos del Sahara son simples agujeros cavados en la arena. Éste se parecía a un pozo de aldea. Pero ahí no había ninguna aldea y yo creía soñar.
—Es extraño —dije al principito—. Todo está listo: la roldana, el balde y la cuerda…
Rió, tocó la cuerda, e hizo mover la roldana.
Y la roldana gimió como gime una vieja veleta cuando el viento ha dormido mucho.
Rió, tocó la cuerda, e hizo mover la roldana.
—¿Oyes? —dijo el principito—. Hemos despertado al pozo y el pozo canta…
—Déjame a mí —le dije—. Es demasiado pesado para ti.
Icé lentamente el balde hasta el brocal. Lo asenté bien. En mis oídos seguía cantando la roldana, y en el agua, que temblaba aún, vi temblar el sol.
—Tengo sed de esta agua —dijo el principito—. Dame de beber…
Y comprendí lo que había buscado.
Levanté el balde hasta sus labios. Bebió con los ojos cerrados. Todo era bello como una fiesta. El agua no era un alimento. Había nacido de la marcha bajo las estrellas, del canto de la roldana, del esfuerzo de mis brazos. Era buena para el corazón, como un regalo. Cuando yo era pequeño, la luz del árbol de Navidad, la música de la misa de medianoche, la dulzura de las sonrisas, formaban todo el resplandor del regalo de Navidad que recibía.
—En tu tierra —dijo el principito— los hombres cultivan cinco mil rosas en un mismo jardín… Y no encuentran lo que buscan…
—No lo encuentran… —respondí.
—Y, sin embargo, lo que buscan podría encontrarse en una sola rosa o en un poco de agua…
—Seguramente —respondí.
Y el principito agregó:
—Pero los ojos están ciegos. Es necesario buscar con el corazón.
Yo había bebido. Respiraba bien. La arena, al nacer el día, estaba de color de miel. Me sentía feliz también con ese color de miel. ¿Por qué habría de apenarme?
—Es necesario que cumplas tu promesa —me dijo suavemente el principito, que de nuevo se había sentado cerca de mí.
—¿Qué promesa?
—Tú lo sabes…, un bozal para mi cordero…, ¡soy responsable de esa flor!
Saqué del bolsillo mis bosquejos de dibujo. El principito los vio y dijo riendo:
—Tus baobabs se parecen un poco a los repollos…
—¡Oh!
¡Yo que estaba tan orgulloso de los baobabs!
—Tu zorro…, las orejas… parecen cuernos… ¡y son demasiado largas!
Y rió aún.
—Eres injusto, hombrecito; yo no sabía dibujar más que las boas cerradas y las boas abiertas.
—¡Oh, está bien! —dijo—. Los niños saben.
Dibujé, pues, un bozal. Y sentí el corazón oprimido cuando se lo di.
—Tienes proyectos que ignoro…
Pero no me respondió, y me dijo:
—Sabes, mi caída sobre la Tierra… mañana será el aniversario…
Luego, después de un silencio, dijo aún:
—Caí muy cerca de aquí.
Y se sonrojó.
Y de nuevo, sin comprender por qué, sentí un extraño pesar. Sin embargo, se me ocurrió preguntar:
—Entonces, no te paseabas por casualidad la mañana que te conocí, hace ocho días, así, solo, a mil millas de todas las regiones habitadas. ¿Volvías hacia el punto de tu caída?
El principito enrojeció otra vez. Y agregué, vacilando:
—¿Tal vez, por el aniversario…?
El principito enrojeció de nuevo. Jamás respondía a las preguntas, pero cuando uno se enrojece significa «sí», ¿no es cierto?
—¡Ah! —le dije—. Temo…
Pero me respondió:
—Debes trabajar ahora. Debes volver a tu máquina. Te espero aquí. Vuelve mañana por la tarde…
Pero yo no estaba muy tranquilo. Me acordaba del zorro. Si uno se deja domesticar, corre el riesgo de llorar un poco…
XXVI
Ahora, vete… —dijo—. ¡Quiero volver a descender!
Al lado del pozo había una ruina de un viejo muro de piedra. Cuando volví de mi trabajo, por la tarde del día siguiente, vi de lejos al principito sentado allí arriba, con las piernas colgando. Y oí que hablaba:
—¿No te acuerdas? —decía—. ¡No es exactamente aquí! Otra voz le respondió sin duda, puesto que contestó:
—¡Sí! ¡Sí! Es el día, pero el lugar no es aquí…
Continué mi camino hacia el muro. Seguía sin ver ni oír a nadie. Sin embargo, el principito replicó de nuevo:
—… Seguro. Verás dónde comienza mi rastro en la arena. No tienes más que esperarme allí. Estaré allí esta noche.
Yo estaba a veinte metros del muro y seguía sin ver nada. El principito dijo aún, después de un silencio:
—¿Tienes buen veneno? ¿Estás segura de no hacerme sufrir mucho tiempo?
Me detuve, con el corazón oprimido, pero seguía sin comprender.
—Ahora, vete… —dijo—. ¡Quiero volver a descender!
Entonces bajé yo mismo los ojos hacia el pie del muro y ¡di un brinco! Estaba allí, erguida hacia el principito, una de ésas serpientes amarillas que os ejecutan en treinta segundos. Comencé a correr, mientras buscaba el revólver en mi bolsillo, pero, al oír el ruido que hice, la serpiente se dejó deslizar suavemente por la arena, como un chorro de agua que muere, y, sin apresurarse demasiado, se escurrió entre las piedras con un ligero sonido metálico.
Llegué al muro justo a tiempo para recibir en brazos a mi hombrecito, pálido como la nieve.
—¿Qué historia es ésta? ¿Ahora hablas con las serpientes?
Aflojé su eterna bufanda de oro. Le mojé las sienes y le hice beber. Y no me atreví a preguntarle nada. Me miró gravemente y rodeó mi cuello con sus brazos. Sentía latir su corazón como el de un pájaro que muere, herido por una carabina. Y me dijo:
—Estoy contento de que hayas encontrado lo que faltaba a tu máquina.