El principito (3)
Así lo atormentó bien pronto con su vanidad un poco sombría. Un día, por ejemplo, hablando de las cuatro espinas, dijo al principito:
—¡Ya pueden venir los tigres con sus garras!
—En mi planeta no hay tigres —objetó el principito—; y además, los tigres no comen hierba.
—Yo no soy una hierba —respondió suavemente la flor.
—Perdóname…
—No temo a los tigres, pero siento horror a las corrientes de aire. ¿No tendrías un biombo?
«Horror a las corrientes de aire… No es una suerte para una planta —observó el principito—. Esta flor es bien complicada…»
—Por la noche me meterás bajo un globo. Aquí hace mucho frío. Hay pocas comodidades. Allá, de donde vengo…
Pero se interrumpió. Había venido bajo forma de semilla. No había podido conocer nada de otros mundos. Humillada por haberse dejado sorprender en la preparación de una mentira tan ingenua, tosió dos o tres veces para poner en falta al principito.
—¿Y el biombo?…
—¡Lo iba a buscar, pero como me estabas hablando!…
Entonces la flor forzó la tos para infligirle, aun así, remordimientos.
De este modo, el principito, a pesar de la buena voluntad de su amor, pronto dudó de ella. Había tomado en serio palabras sin importancia y se sentía muy desgraciado.
—No debí haberla escuchado —me confió un día—; nunca hay que escuchar a las flores. Hay que mirarlas y aspirar su aroma. La mía perfumaba mi planeta, pero yo no podía gozar con ello. La historia de las garras, que tanto me había fastidiado, debe de haberme enternecido…
Y me confió aún:
—No supe comprender nada entonces. Debí haberla juzgado por sus actos y no por sus palabras. Me perfumaba y me iluminaba. ¡No debí haber huido jamás! Debí haber adivinado su ternura, detrás de sus pobres astucias. ¡Las flores son tan contradictorias! Pero yo era demasiado joven para saber amarla.
IX
Creo que, para su evasión, aprovechó una migración de pájaros silvestres. La mañana de la partida puso bien en orden su planeta. Deshollinó cuidadosamente los volcanes en actividad.
Poseía dos volcanes en actividad. Era muy cómodo para calentar el desayuno de la mañana. Poseía también un volcán extinguido. Pero, como decía el principito: «¡No se sabe nunca!». Deshollinó, pues, igualmente el volcán extinguido. Si se deshollinan bien los volcanes, arden suave y regularmente, sin erupciones. Las erupciones volcánicas son como el fuego de las chimeneas. Evidentemente, en nuestra tierra, somos demasiado pequeños para deshollinar nuestros volcanes. Por eso nos causan tantos disgustos.
Deshollinó cuidadosamente los volcanes en actividad.
El principito arrancó también, con un poco de melancolía, los últimos brotes de baobabs. Creía que no iba a volver jamás. Pero todos estos trabajos cotidianos le parecieron extremadamente agradables esa mañana. Y cuando regó por última vez la flor, y se dispuso a ponerla al abrigo de su globo, descubrió que tenía deseos de llorar.
—Adiós —dijo a la flor.
Pero la flor no le contestó.
—Adiós —repitió.
La flor tosió. Pero no por el resfriado.
—He sido tonta —le dijo por fin—. Te pido perdón. Procura ser feliz.
Quedó sorprendido por la ausencia de reproches. Permaneció allí, desconcertado, con el globo en la mano. No comprendía esa calma mansedumbre.
—Sí, sí, te quiero —prosiguió la flor—. No has sabido nada, por mi culpa. No tiene importancia. Pero has sido tan tonto como yo. Procura ser feliz… Deja el globo en paz. Ya no lo quiero.
—Pero el viento…
—No estoy tan resfriada como para… El aire fresco de la noche me hará bien. Soy una flor.
—Pero los animales…
—Es preciso que soporte dos o tres orugas si quiero conocer a las mariposas. ¡Parece que es tan hermoso! Si no, ¿quién habrá de visitarme? Tú estarás lejos. En cuanto a los animales grandes, no les temo. Tengo mis garras.
Y mostró ingenuamente sus cuatro espinas. Después agregó:
—No te detengas más, es molesto. Has decidido partir. Vete.
Pues no quería que la viese llorar. Era una flor tan orgullosa…
XSe encontraba en la región de los asteroides 325, 326, 327, 328, 329 y 330. Comenzó, pues, a visitarlos para buscar una ocupación y para instruirse.
El primero estaba habitado por un rey. El rey, vestido de púrpura y armiño, estaba sentado en un trono muy sencillo y sin embargo majestuoso.
—¡Ah! He aquí un súbdito —exclamó el rey cuando vio al principito.
Y el principito se preguntó:
—¿Cómo puede reconocerme si nunca me ha visto antes?
No sabía que para los reyes el mundo está muy simplificado. Todos los hombres son súbditos.
—Acércate para que te vea mejor —le dijo el rey, que estaba orgulloso de ser al fin rey de alguien.
El principito buscó con la mirada un lugar donde sentarse, pero el planeta estaba totalmente cubierto por el magnífico manto de armiño. Quedó, pues, de pie, y como estaba fatigado, bostezó.
—Es contrario al protocolo bostezar en presencia de un rey —le dijo el monarca—. Te lo prohíbo.
—No puedo evitarlo —respondió confuso el principito—. He hecho un largo viaje y no he dormido…
—Entonces —le dijo el rey— te ordeno bostezar. No he visto bostezar a nadie desde hace años. Los bostezos son una curiosidad para mí. ¡Vamos!, bosteza otra vez. Es una orden.
—Eso me intimida…, no puedo… —dijo el principito, enrojeciendo.
—¡Hum! ¡Hum! —respondió el rey—. Entonces te… te ordeno bostezar o no bos…
Farfulló un poco y pareció irritado.
El rey exigía esencialmente que su autoridad fuera respetada. Y no toleraba la desobediencia. Era un monarca absoluto. Pero, como era muy bueno, daba órdenes razonables.
«Si ordeno —decía habitualmente—, si ordeno a un general que se transforme en ave marina y si el general no obedece, no será culpa del general. Será culpa mía.»
—¿Puedo sentarme? —inquirió tímidamente el principito.
—Te ordeno sentarte —le respondió el rey, que recogió majestuosamente un faldón de su manto de armiño.
El principito se sorprendió. El planeta era minúsculo. ¿Sobre qué podía reinar el rey?
—Sire… —le dijo—, os pido perdón por interrogaros…
—Te ordeno interrogarme —se apresuró a decir el rey.
—Sire…, ¿sobre qué reináis?
—Sobre todo —respondió el rey, con gran simplicidad.
—¿Sobre todo?
El rey con un gesto discreto señaló su planeta, los otros planetas y las estrellas.
—¿Sobre todo eso? —dijo el principito.
—Sobre todo eso… —respondió el rey.
Pues no sólo era un monarca absoluto sino un monarca universal.
—¿Y las estrellas os obedecen?
—Por supuesto —le dijo el rey—. Obedecen al instante. No tolero la indisciplina.
Un poder tal maravilló al principito. ¡Si él lo hubiera detentado, habría podido asistir, no a cuarenta y cuatro, sino a setenta y dos, o aun a cien, o aun a doscientas puestas de sol en el mismo día, sin necesidad de mover jamás la silla! Y como se sentía un poco triste por el recuerdo de su pequeño planeta abandonado, se atrevió a solicitar una gracia al rey:
—Quisiera ver una puesta de sol… Dame el gusto… Ordena al sol que se ponga…
—Si ordeno a un general que vuele de flor en flor como una mariposa, o que escriba una tragedia, o que se transforme en ave marina, y si el general no ejecuta la orden recibida, ¿quién, él o yo, estaría en falta?
—Vos —dijo firmemente el principito.
—Exacto. Hay que exigir a cada uno lo que cada uno puede hacer —replicó el rey—. La autoridad reposa, en primer término, sobre la razón. Si ordenas a tu pueblo que vaya a arrojarse al mar, hará una revolución. Tengo derecho a exigir obediencia porque mis órdenes son razonables.
—¿Y mi puesta de sol? —respondió el principito, que jamás olvidaba una pregunta una vez que la había formulado.
—Tendrás tu puesta de sol. Lo exigiré. Pero esperaré, con mi ciencia de gobernante, a que las condiciones sean favorables.
—¿Y esto cuando sucederá? —indagó el principito.
—¡Hem! ¡Hem! —le respondió el rey, que consultó antes un grueso calendario—, ¡hem!, ¡hem!, ¡será a las…, a las…, será esta noche a las siete y cuarenta en punto! ¡Y verás cómo soy obedecido!
El principito bostezó. Lamentaba la pérdida de su puesta de sol. Y como ya se aburría un poco:
—No tengo nada más que hacer aquí —dijo al rey—. ¡Voy a partir!
—No partas —respondió el rey, que estaba muy orgulloso de tener un súbdito—. ¡No partas, te hago ministro!
—¿Ministro de qué?
—De… ¡de justicia!
—¡Pero no hay a quién juzgar!
—No se sabe —le dijo el rey—. Todavía no he visitado mi reino. Soy muy viejo, no tengo lugar para una carroza y me fatiga caminar.
—¡Oh! Pero yo ya lo he visto… —dijo el principito, que se asomó para echar otra mirada hacia el lado opuesto del planeta—. No hay nadie allí, tampoco…
—Te juzgarás a ti mismo —le respondió el rey—. Es lo más difícil. Es mucho más difícil juzgarse a sí mismo que a los demás. Si logras juzgarte bien a ti mismo eres un verdadero sabio.
—Yo —dijo el principito— puedo juzgarme a mí mismo en cualquier parte. No tengo necesidad de vivir aquí.
—¡Hem! ¡Hem! —dijo el rey—. Creo que en algún lugar del planeta hay una vieja rata. La oigo por la noche. Podrás juzgar a la vieja rata. La condenarás a muerte de vez en cuando. Así su vida dependerá de tu justicia. Pero la indultarás cada vez para conservarla. No hay más que una.
—A mí no me gusta condenar a muerte —respondió el principito—. Y creo que me voy.
—No —dijo el rey.
Pero el principito, habiendo concluido sus preparativos, no quiso afligir al viejo monarca:
—Si Vuestra Majestad desea ser obedecido puntualmente podría darme una orden razonable. Podría ordenarme, por ejemplo, que parta antes de un minuto. Me parece que las condiciones son favorables…
Como el rey no respondiera nada, el principito vaciló un momento, y luego, con un suspiro, emprendió la partida.
—Te hago embajador —se apresuró entonces a gritar el rey.
Tenía un aire muy autoritario.
Las personas grandes son bien extrañas, díjose a sí mismo el principito durante el viaje.
XI
El segundo planeta estaba habitado por un vanidoso:
—¡Ah! ¡Ah! ¡He aquí la visita de un admirador! —exclamó desde lejos el vanidoso no bien vio al principito.
Pues, para los vanidosos, los otros hombres son admiradores.
—Buenos días —dijo el principito—. ¡Qué sombrero tan raro tienes!
—Es para saludar —le respondío vanidoso—. Es para saludar cuando me aclaman. Desgraciadamente, nunca pasa nadie por aquí.
—¿Ah, sí? —dijo el principito sin comprender.
—Golpea tus manos, una contra otra —aconsejó el vanidoso.
El principito golpeó sus manos, una contra otra. El vanidoso saludó modestamente, levantando el sombrero.
—Esto es más divertido que la visita al rey —se dijo para sí el principito. Y volvió a golpear sus manos, una contra otra. El vanidoso volvió a saludar, levantando el sombrero.
Después de cinco minutos de ejercicio el principito se cansó de la monotonía del juego:
—¿Y qué hay que hacer para que el sombrero caiga? —preguntó…
Pero el vanidoso no le oyó. Los vanidosos no oyen sino las alabanzas.
—¿Me admiras mucho verdaderamente? —preguntó al principito.
—¿Qué significa admirar?
—Admirar significa reconocer que soy el hombre más hermoso, mejor vestido, más rico y más inteligente del planeta.
—¡Pero si eres la única persona en el planeta!
—¡Dame el placer! ¡Admírame de todos modos!
—Te admiro —dijo el principito, encogiéndose de hombros—. Pero, ¿por qué puede interesarte que te admire?
Y el principito se fue.
Las personas grandes son decididamente muy extrañas, se decía para sus adentros durante el viaje.
XII
El planeta siguiente estaba habitado por un bebedor. Esta visita fue muy breve, pero sumió al principito en una gran melancolía.
—¿Qué haces ahí? —preguntó al bebedor, a quien encontró instalado en silencio, ante una colección de botellas vacías y una colección de botellas llenas.
—Bebo —respondió el bebedor, con aire lúgubre.
—¿Por qué bebes? —preguntóle el principito.
—Para olvidar —respondió el bebedor.
—¿Para olvidar qué? —inquirió el principito, que ya le compadecía.
—Para olvidar que tengo vergüenza —confesó el bebedor bajando la cabeza.
—¿Vergüenza de qué? —indagó el principito, que deseaba socorrerle.
—¡Vergüenza de beber!