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NPR Radio Ambulante, El Mago (2)

El Mago (2)

Olmedo le dijo a la señora que había leído un poco sobre él, a lo que ella le dijo:

RENTERÍA: “Tú te llamas Olmedo, ¿por qué no te pones Olmedini?”.

ARÉVALO: A él le gustó este juego de palabras y desde ese día…

RENTERÍA: Dije: “Pues mi nombre va a ser Olmedini”, y mandé a hacer tarjetas con el nombre de Olmedini. Mi… El eslogan de mi tarjeta era: “Magia y sonrisa, con Olmedini”.

ARÉVALO: Pasaron los años y Olmedini era cada vez más cotizado y famoso. Salió en varios programas de televisión y se presentó con artistas nacionales muy importantes, como el actor y comediante Ernesto Albán o el cantante de pasillos Julio Jaramillo.

A inicios de los setentas, Olmedini hacía varios trucos que sorprendieron: en uno, con una varita mágica, hacía que una mujer desapareciera de una jaula y en su lugar apareciera un perro dóberman. Y en otro, dividía a una mujer en dos con una sierra. Cada vez era más ambicioso: llegó hasta meter a su asistente en una caja en llamas y sacarla ilesa, y en otro también la hizo levitar. Eran trucos que, para la época, deslumbraban a cualquiera.

En ese tiempo Olmedini se hizo papá: tuvo un hijo con su novia de entonces pero la relación no funcionó y se separaron después de dos años. Pero poco tiempo después, conoció a su esposa, con quien tuvo dos hijos más. Los cuatro vivían en Guayaquil y su vida giraba en torno a la vida de Olmedini y sus espectáculos.

Olmedini hizo magia en su país desde finales de los cincuentas hasta finales de los ochentas. Y a pesar de toda la fama que tenía en Ecuador, en 1990, y con 50 años, cuando estaba en la cima de su carrera, tomó una decisión drástica: dejarlo todo y empezar de cero en los Estados Unidos.

RENTERÍA: Quería ser un mago famoso internacionalmente. Yo quería salir en esos programas que yo veía en la televisión. El mago tal o el mago tal en Las Vegas. Pues yo dije: “Yo quiero ser como ellos”. Entonces, ese fue el sueño que tuve y vine para acá, para Nueva York.

ARÉVALO: El plan era establecerse en el nuevo país con su esposa y luego traer a sus hijos de 7 y 12 años, que se habían quedado en Guayaquil con sus abuelos.

En febrero de 1990, Olmedini aterrizó en Nueva York.

RENTERÍA: Mi maleta vino cargada de ilusiones, con sueños de triunfos, con sueños de ser grande, con sueños de lograr poner mi nombre donde yo quería. Yo quería aparecer en la revista Genii.

ARÉVALO: Genii es la revista más grande e importante del mundo de la magia. Ahí han aparecido los grandes magos de la historia: David Copperfield, Lance Burton, David Devant.

Olmedini no sabía dónde iba a vivir y no sabía inglés.

RENTERÍA: Los primeros seis meses yo sufrí muchísimo. Primero, que vine sin conocer a nadie. No tenía dónde llegar, ¿ya? No tenía amigos.

ARÉVALO: Logró conseguir un cuarto para vivir con su esposa en el Bronx y pagaban el arriendo con los ahorros que habían traído de Ecuador.

En tres meses se le acabaron los ahorros y no encontraba dónde trabajar. Fue a todos los restaurantes, clubes y bares hispanos que pudo para ofrecer su show de magia, pero no lo contrataban.

Lo que sí logró en ese tiempo fue aplicar para tener un permiso de trabajo en Estados Unidos. Aunque esto le permitía estar legalmente en el país, no lo ayudó a conseguir trabajo en ningún teatro. Por lo que buscó otra alternativa.

RENTERÍA: Opté por trabajar las calles de Nueva York, andando en el downtown, o sea, en el centro de Nueva York.

ARÉVALO: Había visto un par de magos en diferentes lugares de la ciudad y decidió que él también podía hacerlo. Investigó un poco cuál sería el mejor lugar para presentarse y eligió Times Square, uno de los puntos más turísticos de la ciudad. Como no hablaba inglés, compró un equipo de sonido barato para llamar la atención de la gente y empezó a actuar en las calles.

Hacía trucos sencillos, ligeros, que cabían en un maletín pequeño o en su bolsillo, como el truco del pañuelo que desaparece por ejemplo. También se presentó cerca de la estación de trenes Penn Station y en Wall Street. Hacía su show desde las diez de la mañana hasta las seis de la tarde todos los días.

Le iba bien en sus presentaciones callejeras. Le daba suficiente dinero para comer y pagar la renta. Pero cuando llegó el invierno se le hacía cada vez más difícil pasar todo el día afuera soportando un frío que nunca antes había experimentado.

Uno de esos primeros días helados, se estaba presentando afuera de un cine y una señora que lo vio le dijo que por qué no se metía a una estación de metro para así resguardarse del frío.

Olmedini le hizo caso y, a pesar de que ahí tenía mucho más público, no era exactamente lo que se había imaginado para él en Nueva York. Ya tenía 50 años y alcanzar su sueño le parecía cada vez más lejano.

RENTERÍA: Me sentí muy infeliz, muy humillado. Porque yo pensaba en Guayaquil, yo estaba haciendo esto y esto, Dios mío, ¿por qué estoy aquí? ¿Por qué? Llamé a mi hijo mayor y le dije: “Hijo, no estoy bien en Nueva York. Me voy a regresar a Guayaquil”.

ARÉVALO: A lo que su hijo, de 23 años, le contestó:

RENTERÍA: “Papá, lo que pasa es que usted lo ha tenido todo en bandeja de plata aquí. Amárrese los cinturones y aprenda a vivir. No se venga”.

ARÉVALO: Las palabras de su hijo fueron importantes para Olmedini, y aunque fue una decisión difícil, se quedó en Nueva York.

Pasaron los años y Olmedini siguió presentándose en las estaciones del metro. Hasta que un día de junio, en 1994, decidió subirse en uno de los vagones del tren para presentarse ahí.

RENTERÍA: Hice dos trucos sencillitos y la gente se paraba y me metía dinero en el bolsillo.

ARÉVALO: Y lo aplaudieron sin parar. Su show fue tan bien recibido, que al llegar a su casa decidió dejar el equipo de sonido y buscar trucos portátiles.

RENTERÍA: Empecé a idearme cómo hago, cómo hago, cómo hago, qué hago. Entonces se me vino a la mente hacer un carrito fácil de transportar y que yo pudiera caminar con el carrito por medio del vagón. Hice un cajoncito, lo decore bien, puse una paloma, puse un conejo y un pañuelo y me fui al tren.

ARÉVALO: El carrito era rojo, rectangular, con ruedas. Pintó un letrero blanco con las letras “N” y “Y”, las siglas de Nueva York, al lado de un corazón rojo y la palabra magic. Conoció a una señora en el tren y le ofreció ser su asistente a cambio de llevarse la mitad de las ganancias. Ella aceptó. Apenas se subían al vagón, Olmedini empezaba a silbar.

RENTERÍA: Con ese silbido le llamaba la atención al público. Hacía el truco de la aparición de la paloma. Hacía la aparición del conejo y luego la aparición de un pañuelo que dice “Thank you”.

ARÉVALO: Si alguna vez han viajado en el metro de Nueva York o incluso han visto películas, seguro están familiarizados con la variedad de artistas que se presentan. Hay músicos, cantantes, bailarines de break dance, poetas. Y esto es algo que ya forma parte de la identidad del mundo subterráneo de la ciudad. Pero en esa época, los noventas, difícilmente se encontraba a un mago haciendo trucos en un tren en pleno movimiento.

Por eso los medios lo comenzaron a notar. Y siete años después de haber llegado a Nueva York…

(SOUNDBITE DE ARCHIVO)

PERIODISTA: Sus escenarios se han reducido, pero Olmedini dice haber aprendido mucho durante estos largos siete años.

ARÉVALO: Un canal de televisión sacó una nota sobre él después de haberlo seguido en el tren mientras hacía sus trucos.

(SOUNDBITE DE ARCHIVO)

PERIODISTA: Ha aprendido a trabajar cerca su público, a reconocer las sonrisas, a sorprender en dos minutos de espectáculos con la aparición de palomas y conejos. Y muy por sobre todas las cosas ha aprendido a nunca rendirse ni perder las esperanzas.

ARÉVALO: Este medio no fue el único en reportar sobre Olmedini: en el 2001, el New York Times sacó un reportaje sobre él y su show de magia en el tren.

A pesar de que a la mayoría de la gente le fascinaban los trucos de Olmedini, no eran todos. Había personas que cuando lo veían haciendo magia en el tren se echaban la bendición y se iban.

RENTERÍA: Hay otros… me dicen que el diablo me va a llevar. Hay otros que dicen que voy a morir de cáncer. Hay otros que dicen que eso es malo, que lo que estoy haciendo es diabólico.

ARÉVALO: Y es que para muchos creyentes, la magia es algo oscuro, que viene del mismísimo demonio. Pero a él no le afectaron estos comentarios y siguió trabajando.

De todas formas a Olmedini le iba mejor presentándose en el tren que en las estaciones del metro o las calles de Nueva York. Iba por lo menos cuatro horas todos los días. Y el dinero que ganaba era suficiente para comer, transportarse y pagar la renta de un departamento pequeño en Queens donde vivía solo. Unos años antes, su esposa había tenido que regresar a Guayaquil a ver a sus hijos, porque estaban teniendo problemas en el colegio y con los abuelos.

Ella después ya no pudo regresar a Nueva York y, a partir de entonces, Olmedini se quedó solo en la nueva ciudad.

Olmedini sentía que finalmente estaba más cerca de conseguir lo que siempre quiso: a la gente le gustaba lo que él hacía, le pedían su tarjeta de presentación y a veces le daban las suyas. Luego lo llamaban para contratarlo en diferentes escenarios: llegó a presentarse en la estación de metro Grand Central y a colaborar con otros magos en Nueva York para presentarse en clubes elegantes de la ciudad. Pero, además, también lo contactaron para que hiciera su show en el aniversario número 50 de las Naciones Unidas y para una celebración con el gobernador de Nueva York de entonces.

ALARCÓN: Pasaron los años, quince desde que salió en la televisión, y Olmedini siguió presentándose en el tren y comenzó a ser conocido como “el mago del metro de Nueva York”.

Hasta un día de diciembre del 2012. Estaba a punto de hacer una presentación y antes de su show fue a la refrigeradora.

RENTERÍA: Y busqué un refresco. Abrí la nevera, me agacho, cojo el refresco, cierro la nevera y me levanto y dije: ¿Quién apagó la luz?

ALARCÓN: Justo cuando parecía que las cosas empezaban a mejorar para él en Nueva York, Olmedini se había quedado ciego.

Una pausa y volvemos.

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