Saltar el muro
CARLOS FRAMB: Un día yo abrí la puerta y la oí llorando, sola en su cama. DANIEL ALARCÓN, HOST: Este es Carlos Framb, un escritor colombiano. Y aquí está hablando de su mamá, Luzmila, con quien era extremadamente cercano. En el 2007 Luzmila estaba sufriendo de varias enfermedades. Tenía dolores constantes. Y se estaba quedando ciega. FRAMB: Entonces ya yo me acerqué. Y ella me dijo, llorando: “No, yo así tan ciega no quiero vivir. Negrito, no quiero y no quiero". Yo le dije: "Dígame, mi negra que yo hago lo que usted me diga”. ALARCÓN: Bienvenidos a Radio Ambulante, desde NPR. Soy Daniel Alarcón. Hoy volvemos a nuestros archivos para compartir con ustedes una de nuestras historias favoritas, publicada originalmente en el 2015. Y empezamos con una pregunta, una pregunta bastante complicada: ¿Hay algún caso en el que esté bien ayudar a alguien a morir? Y si sí, ¿bajo qué circunstancias? Nuestra directora adjunta, Camila Segura, viajó a Medellín para conversar con Carlos. CAMILA SEGURA: Carlos nació en Sonsón, un pueblito a unas dos horas y media de Medellín. Un lugar, en esa época, bastante tradicional y católico. El gran trauma de su adolescencia, lo que lo marcaría de alguna manera, fue la muerte de su abuela materna. Carlos tenía como 14 años y a Carmelita —así se llamaba— le dio un cáncer de piel. Ella tenía 85 años y vivía también en Sonsón. Durante meses, sufrió horriblemente. No toleraba el contacto con la ropa, entonces la tenían que envolver en plásticos que, cuando se los quitaban, le arrancaban la piel. FRAMB: Entonces, todo ese suplicio, ese sufrimiento y ver cómo esta anciana tan querida, se iba deshaciendo... la piel, cierto. Se iba quedando en carne viva toda. SEGURA: Carlos sentía que no era justo que una persona sufriera tanto y que tuviera que esperar a que le llegara la muerte para descansar. FRAMB: Y muchas veces a lo largo de la vida, con mi madre, recordamos esa agonía de Carmelita. Y ambos coincidíamos. Pues, no vimos nunca sentido a ese sufrimiento de esta mujer. SEGURA: A pesar de que creció en una familia muy católica, a raíz de esta experiencia Carlos comenzó a separarse de la religión. No entendía por qué el catolicismo podía estar en contra de la eutanasia. Cuando se graduó de bachiller, Carlos se mudó a Medellín a vivir con su papá. Poco después le siguieron su mamá y su hermano. Se dedicó a escribir y llegó a publicar un par de libros de poemas. Vivió feliz durante casi veinte años en una casa grande con sus papás y dos tías. A sus 27 años empezó a trabajar y dejó de escribir. Todo empezó a cambiar en el 2000, cuando su mamá se fracturó una pierna. En un lapso de dos años su papá y sus dos tías se murieron y la salud de Luzmila empezó a deteriorarse. FRAMB: Ya estaba setentona. Y descubrieron una artrosis y osteoporosis. Y, además empezó a perder la visión, rápidamente, tres enfermedades. Entonces mi madre pasó muy rápido de ser una mujer, pues, no diría yo alegre, pero, pues, una mujer activa y socialmente, pues, en movimiento, a ser una mujer triste. SEGURA: Carlos quedó solo con su mamá y un perrito. Había empezado a dictar clases de lectura en un colegio y pasó de vivir en esa casa grande llena de gente, a vivir con su mamá, en un apartamento chiquito. No desagradable, pero sí chiquito. Muy diferente a la vida que tenía antes. Ese espacio tan reducido hizo que algo pasara entre Carlos y Luzmila. FRAMB: Ahí yo descubrí que mi madre y yo éramos más como un par de amigos. Entonces, lo que se dio entre mi madre y yo al final, pues, fue una relación, digamos que muy dependiente, muy cariñosa. A mi me daba como mucho pesar de ella ¿no? De su indefensión, de su impotencia. SEGURA: Su hermano Iván había vuelto a Medellín después de 20 años en Estados Unidos. A pesar de que vivía cerca, el que realmente cuidaba a Luzmila era Carlos. FRAMB: Yo era profesor, ¿no? Entonces la vida mía, básicamente era las clases en el colegio y cuidarla a ella, estar acompañándola. Pasaba mucho tiempo sola, muy adolorida. Empezó, pues, a complicarse. Todos los días era la quejadera, era la... como un mantra, ¿cierto? “¿Cuándo te vas a acordar de mí, diosito? Acuérdate de mí... qué cosa tan horrible. No quiero vivir”. SEGURA: Él salía todos los días temprano para el colegio y desde allá la llamaba un par de veces. Normalmente, Luzmila se quedaba en la cama hasta las 9 o 9:30. Oía radio y rezaba el rosario. Se levantaba, se bañaba, desayunaba y a veces o se volvía a acostar —dependiendo de cómo se sintiera— o se sentaba al lado de la ventana a recibir sol, sin poder ver casi nada. Carlos llegaba a almorzar. FRAMB: Entonces básicamente las tardes eran, o yo quedarme con ella, y le leía mucho, le gustaba que yo le leyera. O salir, salir al médico, o dar una caminada con el perrito, pues, y ella. SEGURA: Pero hasta estas caminatas que tanto le gustaban se le volvieron muy difíciles por el dolor que sentía en todo el cuerpo. Para enero del 2007, ya no veía más que manchas, no distinguía detalles. Y una de las cosas que más le daba tristeza era no poder verle la cara a Carlos. FRAMB: Ella le encantaba ver televisión por las noches y leer, por ejemplo. Perdió esa posibilidad muy rápido. Ya no podía hacer nada en la cocina. Se empezó a sentir muy inútil. SEGURA: En abril del 2007 Luzmila cumplía 82 años y Carlos quería invitarla a un restaurante a comer pero ella no quiso. Así que pidieron algo e improvisaron una celebración, pero Carlos se sintió mal por la simpleza del asunto. FRAMB: Y yo le dije que no se preocupara, que el próximo cumpleaños, yo le iba a traer una serenata, entonces me dijo: “Ay, no, mijito, no lo quiera Dios. Yo sé que no paso de este año. No quiero”. SEGURA: Luzmila se pasaba diciendo cosas parecidas, pero las ideas de Carlos sobre el derecho a morir dignamente estaban relativamente claras desde que vio cómo se murió su abuela materna. Después —ya de grande— leyó filósofos y otros que ayudaron a reforzar sus ideas. Un libro en particular lo impactó mucho. Se llama Final Exit. FRAMB: El libro es una investigación de las maneras de suicidarse buscando aquella que sea la más efectiva, rápida y dulce. Y ahí lo tenía. Entonces él recomienda ahí una mezcla de somníferos potentes, barbitúricos, con morfina ¿no? Como letal. SEGURA: El libro lo consiguió en los noventas, a raíz de que un amigo muy cercano trató de suicidarse con pastillas pero falló. Lo leyó cuando su mamá aún no estaba enferma. Y este detalle es importante. Pues lo que queda claro es que Carlos, desde hacía mucho tiempo, estaba pensando en maneras dignas y dulces —como dice él— de morir. FRAMB: Yo tuve incluso, durante años en un gabinete de mi escritorio, la dosis. Ahí la tenía: las pastillas, las cajas y la morfina. Hasta que las boté pensando que ya estaban vencidas. SEGURA: Para Carlos, tener la dosis letal en su escritorio era cuestión sencillamente de ser precavido. Como quien tiene una aspirina para el dolor de cabeza o una curita por si uno se corta. FRAMB: Era un seguro, digamos, que yo tenía ahí. La sensatez aconseja estar preparado, no esperar a que uno quede cuadrapléjico para ver qué se hace ¿no? Y yo creo que debería en este momento —así yo no piense en suicidarme hoy o mañana—, yo debería tener esos medicamentos al alcance porque puede suceder cualquier cosa. SEGURA: Entonces Carlos —enfrentado todos los días al sufrimiento de su mamá, a su deseo explícito de morir— como en mayo del 2007, empezó a hablar con ella sobre el tema de una manera más directa. FRAMB: Mi madre insistía en que a ella le parecía que Dios era el que daba y quitaba la vida. SEGURA: Pero él le dejaba saber muy claramente FRAMB: Que yo, viéndome en una situación de invalidez, yo me suicidaría, de una manera —eso sí— dulce y tranquila. Las píldoras, las pastillas, la inyección, lo que fuera. SEGURA: Carlos conversaba con ella de este y muchos otros temas: el aborto, la homosexualidad, la eutanasia. Me dijo que su mamá era una persona que, a pesar de su ser muy religiosa, tenía tendencias liberales: muchas veces coincidía con las visiones de Carlos. Lo que no es poca cosa, si se considera de dónde venía, su edad, su generación. Carlos me contó que le tradujo a su mamá partes del libro Final Exit y que le llevó un par de películas en las que un ser querido ayuda a otro a morir. FRAMB: Ella me acompañó, pues, recostadita a mí, porque no la podía ver, pero yo le iba contando. Y curioso, mi madre, ¿el desenlace? : “Perfecto, y claro, muy bien”. SEGURA: Pero el libro, las películas… este proceso que Carlos describe de manera tan inocente, algunos podrían llamarlo “manipulación”. Cuando le mencioné esta interpretación, me respondió de la siguiente forma: FRAMB: Pues, yo no creo que sea la palabra. Pero más fácil, diría yo que es la religión la que te manipula, pero no, uno nace y le abrochan de una vez tal o cual creencia. SEGURA: Pero Carlos siempre respetó las creencias religiosas de Luzmila. FRAMB: La religiosidad o la religión era para mi madre una compañía, un consuelo. Entonces no se trataba de eso, sino como llevarla a una noción de un Dios compasivo, el Dios misericordioso, ¿no? SEGURA: Unos meses después de cumplir sus 82 años, en septiembre del 2007, el oftalmólogo de Luzmila le sugirió que se operara de las cataratas. No le aseguró que fuera a funcionar pero era la última esperanza que tenía de volver a ver algo. Ella no quería pero Carlos la convenció. La operación fue un fracaso. FRAMB: Yo creo que ese fue el punto, porque, a pesar de que ella estaba muy adolorida, lo que más le mortificaba era la ceguera. SEGURA: Un día, poco después de la operación, Carlos pidió permiso del colegio para salir más temprano. FRAMB: Ella no supo. Y yo abrí la puerta y la oí llorando, sola en su cama. Entonces ya yo me acerqué y ella me dijo llorando: “No, yo así tan ciega no quiero vivir, negrito. No quiero y no quiero". Entonces yo le dije: “Dígame, mi negra que yo hago lo que usted me diga". SEGURA: Y unos días después, Luzmila le dijo a Carlos explícitamente que ya, que estaba lista. FRAMB: Entonces, ella me dijo: “Bueno, consiga lo que necesite”. Entonces yo sentí que eso era ya... yo supe ya que los días nuestros estaban contados. SEGURA: Dijo “nuestros”. Y es que Carlos no le había contado algo a su mamá. FRAMB: Yo ya había tomado la determinación también de… sin que ella lo supiera, de que si ella aceptaba, yo también tomaría el coctel... coctel letal. Ahora, eso sí, mi madre no tenía la menor idea de que yo planeaba acompañarla. No lo habría permitido, de ningún modo. Pero yo sí... yo sí deseaba ese fin con ella, ese desenlace con ella. SEGURA: Y es que Carlos, en esa época, estaba también pasando por una etapa muy difícil. Tenía 42 años y llevaba seis trabajando en un colegio y no lo disfrutaba. Había dejado de escribir a los 20s y se sentía perdido, desmotivado. FRAMB: El trabajo, mi madre tan enfermita. Yo no tenía una pareja, por decir algo, ni hijos, ni nexos, ni lazos. Pero también la ausencia de ella, que se había vuelto pues como mi razón de ser… Entonces como que esa burbuja se iba a reventar, ¿cierto? Y yo no estaba como dispuesto a sobrellevar esa soledad. SEGURA: Carlos empezó a dejar todo en orden.