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Harry Potter y la piedra filosofal, 1- El niño que vivió. – Zu lesender Text

Harry Potter y la piedra filosofal, 1- El niño que vivió.

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1- El niño que vivió.

El señorr y la señoraa Dursley, que vivíann en el númeroo 4 de Privet Drive, estaban orgullosos de decir que eran muy normales, afortunadamente. Eran las últimass personas que se esperaríaa encontrar relacionadas con algo extrañoo o misterioso, porque no estaban para tales tonteríass.

El señorr Dursley era el director de una empresa llamada Grunnings, que fabricaba taladros. Era un hombre corpulento y rollizo, casi sin cuello, aunque con un bigote inmenso. La señoraa Dursley era delgada, rubia y teníaa un cuello casi el doble de largo de lo habitual, lo que le resultaba muy útill, ya que pasaba la mayor parte del tiempo estirándoloo por encima de la valla de los jardines para espiar a sus vecinos. Los Dursley teníann un hijo pequeñoo llamado Dudley, y para ellos no habíaa un niñoo mejor que éll.

Los Dursley teníann todo lo que queríann, pero tambiénn teníann un secreto, y su mayor temor era que lo descubriesen: no habríann soportado que se supiera lo de los Potter.

La señoraa Potter era hermana de la señoraa Dursley, pero no se veíann desde hacíaa añoss; tanto era así́ que la señoraa Dursley fingíaa que no teníaa hermana, porque su hermana y su marido, un completo inútill, eran lo máss opuesto a los Dursley que se pudiera imaginar. Los Dursley se estremecíann al pensar qué́ diríann los vecinos si los Potter apareciesen por la acera. Sabíann que los Potter tambiénn teníann un hijo pequeñoo, pero nunca lo habíann visto. El niñoo era otra buena razónn para mantener alejados a los Potter: no queríann que Dudley se juntara con un niñoo como aquéll.

Nuestra historia comienza cuando el señorr y la señoraa Dursley se despertaron un martes, con un cielo cubierto de nubes grises que amenazaban tormenta. Pero nada habíaa en aquel nublado cielo que sugiriera los acontecimientos extrañoss y misteriosos que poco despuéss tendríann lugar en toda la regiónn. El señorr Dursley canturreaba mientras se poníaa su corbata máss sosa para ir al trabajo, y la señoraa Dursley parloteaba alegremente mientras instalaba al ruidoso Dudley en la silla alta.

Ninguno vio la gran lechuza parda que pasaba volando por la ventana.

A las ocho y media, el señorr Dursley cogió́ su maletínn, besó́ a la señoraa Dursley en la mejilla y trató́ de despedirse de Dudley con un beso, aunque no pudo, ya que el niñoo teníaa un berrinche y estaba arrojando los cereales contra las paredes. «Tunante», dijo entre dientes el señorr Dursley mientras salíaa de la casa. Se metió́ en su coche y se alejó́ del númeroo 4.

Al llegar a la esquina percibió́ el primer indicio de que sucedíaa algo raro: un gato estaba mirando un plano de la ciudad. Durante un segundo, el señorr Dursley no se dio cuenta de lo que habíaa visto, pero luego volvió́ la cabeza para mirar otra vez. Sí́ habíaa un gato atigrado en la esquina de Privet Drive, pero no vio ningúnn plano. ¿En qué́ habíaa estado pensando? Debíaa de haber sido una ilusiónn ópticaa. El señorr Dursley parpadeó́ y contempló́ al gato. Éstee le devolvió́ la mirada. Mientras el señorr Dursley daba la vuelta a la esquina y subíaa por la calle, observó́ al gato por el espejo retrovisor: en aquel momento el felino estaba leyendo el rótuloo que decíaa «Privet Drive» (no podíaa ser, los gatos no saben leer los rótuloss ni los planos). El señorr Dursley meneó́ la cabeza y alejó́ al gato de sus pensamientos. Mientras iba a la ciudad en coche no pensó́ máss que en los pedidos de taladros que esperaba conseguir aquel díaa.

Pero en las afueras ocurrió́ algo que apartó́ los taladros de su mente. Mientras esperaba en el habitual embotellamiento matutino, no pudo dejar de advertir una gran cantidad de gente vestida de forma extrañaa. Individuos con capa. El señorr Dursley no soportaba a la gente que llevaba ropa ridículaa. ¡Ah, los conjuntos que llevaban los jóveness! Supuso que debíaa de ser una moda nueva. Tamborileó́ con los dedos sobre el volante y su mirada se posó́ en unos extrañoss que estaban cerca de éll. Cuchicheaban entre sí́, muy excitados. El señorr Dursley se enfureció́ al darse cuenta de que dos de los desconocidos no eran jóveness. Vamos, uno era incluso mayor que éll, ¡y vestíaa una capa verde esmeralda! ¡Qué́ valor! Pero entonces se le ocurrió́ que debíaa de ser alguna tonteríaa publicitaria; era evidente que aquella gente hacíaa una colecta para algo. Sí́, teníaa que ser eso. El tráficoo avanzó́ y, unos minutos máss tarde, el señorr Dursley llegó́ al aparcamiento de Grunnings, pensando nuevamente en los taladros.

El señorr Dursley siempre se sentaba de espaldas a la ventana, en su oficina del noveno piso. Si no lo hubiera hecho así́, aquella mañanaa le habríaa costado concentrarse en los taladros. No vio las lechuzas que volaban en pleno díaa, aunque en la calle sí́ que las veíann y las señalabann con la boca abierta, mientras las aves desfilaban una tras otra. La mayoríaa de aquellas personas no habíaa visto una lechuza ni siquiera de noche. Sin embargo, el señorr Dursley tuvo una mañanaa perfectamente normal, sin lechuzas. Gritó́ a cinco personas. Hizo llamadas telefónicass importantes y volvió́ a gritar. Estuvo de muy buen humor hasta la hora de la comida, cuando decidió́ estirar las piernas y dirigirse a la panaderíaa que estaba en la acera de enfrente.

Habíaa olvidado a la gente con capa hasta que pasó́ cerca de un grupo que estaba al lado de la panaderíaa. Al pasar los miró́ enfadado. No sabíaa por qué́, pero le poníann nervioso. Aquel grupo tambiénn susurraba con agitaciónn y no llevaba ni una hucha. Cuando regresaba con un donut gigante en una bolsa de papel, alcanzó́ a oírr unas pocas palabras de su conversaciónn.

—Los Potter, eso es, eso es lo que he oídoo... —Sí́, su hijo, Harry... El señorr Dursley se quedó́ petrificado. El temor lo invadió́. Se volvió́ hacia los que murmuraban, como si quisiera decirles algo, pero se contuvo.

Se apresuró́ a cruzar la calle y echó́ a correr hasta su oficina. Dijo a gritos a su secretaria que no queríaa que le molestaran, cogió́ el teléfonoo y, cuando casi habíaa terminado de marcar los númeross de su casa, cambió́ de idea.

Dejó́ el aparato y se atusó́ los bigotes mientras pensaba... No, se estaba comportando como un estúpidoo. Potter no era un apellido tan especial. Estaba seguro de que habíaa muchísimass personas que se llamaban Potter y que teníann un hijo llamado Harry. Y pensándoloo mejor, ni siquiera estaba seguro de que su sobrino se llamara Harry. Nunca habíaa visto al niñoo. Podríaa llamarse Harvey o Harold. No teníaa sentido preocupar a la señoraa Dursley, siempre se trastornaba mucho ante cualquier menciónn de su hermana. Y no podíaa reprochárseloo. ¡Si éll hubiera tenido una hermana así́...! Pero de todos modos, aquella gente de la capa...

Aquella tarde le costó́ concentrarse en los taladros, y cuando dejó́ el edificio, a las cinco en punto, estaba todavíaa tan preocupado que, sin darse cuenta, chocó́ con un hombre que estaba en la puerta.

—Perdónn —gruñóó, mientras el diminuto viejo se tambaleaba y casi caíaa al suelo. Segundos despuéss, el señorr Dursley se dio cuenta de que el hombre llevaba una capa violeta. No parecíaa disgustado por el empujónn. Al contrario, su rostro se iluminó́ con una amplia sonrisa, mientras decíaa con una voz tan chillona que llamaba la atenciónn de los que pasaban:

—¡No se disculpe, mi querido señorr, porque hoy nada puede molestarme! ¡Hay que alegrarse, porque Quien-usted-sabe finalmente se ha ido! ¡Hasta los muggles como usted deberíann celebrar este feliz díaa!

Y el anciano abrazó́ al señorr Dursley y se alejó́.

El señorr Dursley se quedó́ completamente helado. Lo habíaa abrazado un desconocido. Y por si fuera poco le habíaa llamado muggle, no importaba lo que eso fuera. Estaba desconcertado. Se apresuró́ a subir a su coche y a dirigirse hacia su casa, deseando que todo fueran imaginaciones suyas (algo que nunca habíaa deseado antes, porque no aprobaba la imaginaciónn).

Cuando entró́ en el camino del númeroo 4, lo primero que vio (y eso no mejoró́ su humor) fue el gato atigrado que se habíaa encontrado por la mañanaa. En aquel momento estaba sentado en la pared de su jardínn. Estaba seguro de que era el mismo, pues teníaa unas líneass idénticass alrededor de los ojos.

—¡Fuera! —dijo el señorr Dursley en voz alta.

El gato no se movió́. Sóloo le dirigió́ una mirada severa. El señorr Dursley se preguntó́ si aquéllaa era una conducta normal en un gato. Trató́ de calmarse y entró́ en la casa. Todavíaa seguíaa decidido a no decirle nada a su esposa.

La señoraa Dursley habíaa tenido un díaa bueno y normal. Mientras comíann, le informó́ de los problemas de la señoraa Puerta Contigua con su hija, y le contó́ que Dudley habíaa aprendido una nueva frase («¡no lo haré́!»). El señorr Dursley trató́ de comportarse con normalidad. Una vez que acostaron a Dudley, fue al salónn a tiempo para ver el informativo de la noche.

—Y por últimoo, observadores de pájaross de todas partes han informado de que hoy las lechuzas de la naciónn han tenido una conducta poco habitual. Pese a que las lechuzas habitualmente cazan durante la noche y es muy difícill verlas a la luz del díaa, se han producido cientos de avisos sobre el vuelo de estas aves en todas direcciones, desde la salida del sol. Los expertos son incapaces de explicar la causa por la que las lechuzas han cambiado sus horarios de sueñoo. —El locutor se permitió́ una mueca irónicaa—. Muy misterioso. Y ahora, de nuevo con Jim McGuffin y el pronósticoo del tiempo. ¿Habrá́ máss lluvias de lechuzas esta noche, Jim?

—Bueno, Ted —dijo el meteorólogoo—, eso no lo sé́, pero no sóloo las lechuzas han tenido hoy una actitud extrañaa. Telespectadores de lugares tan apartados como Kent, Yorkshire y Dundee han telefoneado para decirme que en lugar de la lluvia que prometí́ ayer ¡tuvieron un chaparrónn de estrellas fugaces! Tal vez la gente ha comenzado a celebrar antes de tiempo la Noche de las Hogueras. ¡Es la semana que viene, señoress! Pero puedo prometerles una noche lluviosa.

El señorr Dursley se quedó́ congelado en su sillónn. ¿Estrellas fugaces por toda Gran Bretañaa? ¿Lechuzas volando a la luz del díaa? Y aquel rumor, aquel cuchicheo sobre los Potter...

La señoraa Dursley entró́ en el comedor con dos tazas de té́. Aquello no iba bien. Teníaa que decirle algo a su esposa. Se aclaró́ la garganta con nerviosismo.

—Eh... Petunia, querida, ¿has sabido últimamentee algo sobre tu hermana? Como habíaa esperado, la señoraa Dursley pareció́ molesta y enfadada. Despuéss de todo, normalmente ellos fingíann que ella no teníaa hermana. —No —respondió́ en tono cortante—. ¿Por qué́? —Hay cosas muy extrañass en las noticias —masculló́ el señorr Dursley—.

Lechuzas... estrellas fugaces... y hoy habíaa en la ciudad una cantidad de gente con aspecto raro...

—¿Y qué́? —interrumpió́ bruscamente la señoraa Dursley —Bueno, pensé́... quizá́... que podríaa tener algo que ver con... ya sabes... su grupo. La señoraa Dursley bebió́ su té́ con los labios fruncidos.

El señorr Dursley se preguntó́ si se atreveríaa a decirle que habíaa oídoo el apellido «Potter». No, no se atreveríaa. En lugar de eso, dijo, tratando de parecer despreocupado:

—El hijo de ellos... debe de tener la edad de Dudley, ¿no? —Eso creo —respondió́ la señoraa Dursley con rigidez. —¿Y cómoo se llamaba? Howard, ¿no? —Harry. Un nombre vulgar y horrible, si quieres mi opiniónn. —Oh, sí́—dijo el señorr Dursley, con una espantosa sensaciónn de abatimiento—.

Sí́, estoy de acuerdo. No dijo nada máss sobre el tema, y subieron a acostarse.

Mientras la señoraa Dursley estaba en el cuarto de bañoo, el señorr Dursley se acercó́ lentamente hasta la ventana del dormitorio y escudriñóó el jardínn delantero. El gato todavíaa estaba allí́. Miraba con atenciónn hacia Privet Drive, como si estuviera esperando algo.

¿Se estaba imaginando cosas? ¿O podríaa todo aquello tener algo que ver con los Potter? Si fuera así́... si se descubríaa que ellos eran parientes de unos..

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