Un hombre de setenta años había muerto en su casa, solo. Los médicos pensaban que había sido un infarto. Beltrán quería cerrar el caso rápido.
Vidal no estaba segura, pero no encontraba nada raro. La casa estaba ordenada. No faltaba nada. No había señales de violencia.
Nora entró en la cocina y se quedó mucho tiempo mirando la mesa. Había dos tazas de café en el fregadero, lavadas. Pero el hombre vivía solo y, según su hija, nunca recibía visitas.
—¿Quién lava dos tazas si vive solo? —preguntó Nora.
Vidal la miró. Era exactamente la pregunta que ella habría hecho veinte años antes.
La segunda taza tenía restos de un medicamento para dormir. La autopsia confirmó el resto.
En el coche, Vidal quiso decirle a su hija que lo había hecho muy bien. Abrió la boca. La cerró.
Puso la radio.