Habían entrado a robar en el piso de un señor mayor del barrio del Gancho. El ladrón se había llevado joyas y dinero. No había huellas. El dueño estaba en el hospital y no había visto nada.
El único testigo era un loro. Se llamaba Rufino y tenía cuarenta años.
Durante la inspección, Rufino repetía una y otra vez una frase: ¡Pepe, la caja! ¡Pepe, la caja!
—Es como en Los crímenes de la calle Morgue, de Edgar Allan Poe —dijo Nora—. Allí los testigos oían una voz extraña que nadie entendía.
—En Poe el culpable era un orangután —dijo Vidal—. Espero que esta vez sea más sencillo.
Lo fue. El dueño tenía un sobrino que se llamaba José. En la familia lo llamaban Pepe. Y tenía llave del piso.
Rufino se quedó a vivir en la comisaría una semana. Aprendió a decir: Café, por favor.