Doña Pura llamó a Vidal a su móvil personal, en voz muy baja.
—Inspectora, tengo en casa a dos hombres. Dicen que son de la compañía de la luz. Quieren revisar el contador. Pero yo no he pedido nada.
—¿Dónde están ahora?
—En la cocina. Les he hecho un café. Uno me está pidiendo los datos del banco.
Vidal salió corriendo con Castillo. Mientras tanto, doña Pura hizo algo increíble: les sacó magdalenas, les enseñó fotos de sus hijos en Alemania, les contó la historia de su boda. Durante veinte minutos.
Cuando Vidal llegó, los dos falsos técnicos seguían en la cocina, comiendo magdalenas, sin entender por qué no podían irse.
Los detuvieron en la mesa.
—Doña Pura —dijo Castillo—, usted debería trabajar con nosotros.
—Ya lo sé, hijo —dijo ella—. Llevo años diciéndolo.